Monday, October 15, 2007

Patria, o sea

Las palabras de Paolo se acomodan bien con mi modo de pensar y sentir en estas cuestiones. En circunstancias normales uno aceptaría esa definición de patriotismo con toda su imprecisión y ejercería de español relajada y esporádicamente, como ha venido haciendo; pero estas no son circunstancias normales: se nos ha planteado un reto y conviene responder de la mejor manera. El nacionalismo separatista ha logrado una posición de poder importante, si no definitiva, y muestra sus cartas abiertamente para lo que tiene toda la pinta de ser un final de partida. Es momento (al menos para los que creemos en una cierta exigencia de rigor intelectual) de depurar los argumentos propios y blindarlos, de renunciar a aquello que no funcione y que por pereza no hubiéramos cuestionado nunca.

Mirando al arsenal del oponente vemos (hemos visto siempre) lo endeble de sus apelaciones a supuestas esencias, la trampa evidente de sus apriorismos, el abuso de los elementos sentimentales, la confusión entre público y privado: ¿vamos entonces a jugar a ese juego? Creo que son ganas de salir escaldado. Los sentimientos de pertenencia son libres e individuales, y no dependen (no dependen en absoluto, créanme, es importante que se acepte eso) de la veracidad de las interpretaciones históricas o las lecturas de hechos actuales en que se basen o digan basarse. Contraponer un patriotismo a otro, exhortar al orgullo patrio es perfectamente inútil para quien pone esos sentimientos en una patria distinta. Laporta pide a sus jugadores que no se desgasten defendiendo camisetas de patrias que se la sudan, pero les exigiría hasta la última gota de sudor por la única en la que cree: eso es irracional, ¿creen que Laporta no lo sabe? Ocurre que él y los que son como él se encuentran a gusto en el terreno de la irracionalidad.

Estimo más conveniente, en lugar de oponer unas banderas a otras, sacarlas a todas (sacar las esencias, la historia, los vínculos afectivos) del tablero. No porque no existan, sino porque no valen, ya no. Ofrecer en cambio, frente a la aldea excluyente, una patria laica en la que se puede vivir sin sentirla como propia (y no creo que haya que inventarla, creo que mi patria es ya así, una madre moderna y despegada frente a las bernardas alba que amamantan de negra leche a maulets y gudaris), y convencer a los convencibles, que alguno habrá, de que entre dos opciones siempre será mejor la que no excluye a la otra. Desde esa perspectiva he defendido el componente liberador del famoso me la suda. Encuentro que es una fórmula excelente para replantear el juego, y si me obliga a meter mis propios sentimientos en la nevera, pues ahí los pondré.

Sostiene Paolo que sin la llamada a un proyecto común, sin un mínimo de vínculo sentimental a la idea de España el juguete se nos deshará entre las manos. Y puede que así sea, pero entonces, ¿qué vamos a hacerle? Si hay ciudadanos que no creen en el proyecto común, si hay compatriotas nuestros que quieren, en la acertada fórmula de Dion, convertirnos en extranjeros, no los vamos a hacer cambiar a banderazos. Sólo se puede insistir en que aquí cabemos todos mientras que en las patrias que ellos quieren sobra la mitad, sólo queda afirmarse en la ley vigente y no aceptar nada que no pase por los mecanismos previstos.

Discrepo por otra parte de Berlín Smith (con respeto), y del PSOE actual (con acendrado desprecio), en la idea de que haya que cambiar el sistema para responder a este reto. El sistema ya está diseñado para ello, es un sistema extraordinariamente atento a las sensibilidades nacionalistas y funciona con un grado cero de opresión identitaria. A quien proteste debería bastar con remitirle al reglamento; el problema (pero eso ya lo sabemos, no hace falta insistir) es que nuestro gobierno ha dejado de creer en el reglamento.

39 Comments:

Blogger Paolo said...

El planteamiento me parece impecable. Lo único que yo le añado es que, habida cuenta de que no vivimos en una situación corriente, de que el desafío independentista ya es abierto, hasta el punto de que se amenaza con sobrepasar la ley incluso desde las instituciones, y habida cuenta de que, ante eso, nuestro Gobierno se mueve con una ambigüedad en el terreno de los procedimientos, para mí por completo indeseable, no está de más que los que sí creemos en el proyecto común lo digamos sin complejos, que puestos a ver quién la tiene más larga no tenemos ningún motivo para avergonzarnos de los símbolos que nos representan a todos ni tenemos por qué escondernos debajo de las piedras por decir que sentimos afecto por el proyecto común de una España que es diversa, pero una y no 17.

7:17 PM  
Blogger Alberich el Negro said...

That's the question Paolo, (que siempre te me adelantas). De ahí surgió mi discrepancia primera con Ignacio a proposito de su apoyo a las desafortunadas expresiones de Savater que se comentaron en el blog de Enrique Baltanás (apoyo que ahora vuelve a reiterar). Precisamente de ahí; porque en estos críticos momentos —me echo a temblar cuando oigo a quienes me llaman tremendista— hay que ser precavido y no descuidar absolutamente ningún frente; ni siquiera el de cuestiones que podrían parecer tan inocuas y baladíes como decir que “España me la suda” o “me la sopla”. En este punto del enfrentamiento, amigos míos, también el lenguaje es sumamente importante (como bien se ha venido viendo en estos treinta años); el lenguaje y los símbolos (es cierto, Paolo); de ahí que ellos (los malos de la película) no hayan descuidado ni un solo instante ninguna de las dos cosas. En cuanto a la Historia, Ignacio, la Historia también es fundamental para toda esta cuestión. Y precisamente porque lo ha sido y se la hemos entregado en bandeja a los separatistas para que la diseccionen y la manipulen a su antojo, nos vemos como nos vemos. No hay más que ver la edad de quienes aparecían quemando los retratos del rey.

Saludos desde el Nibelheim.

9:47 PM  
Blogger Francisco Sianes said...

Creo que es necesario deslindar el apego afectivo de la defensa racional de normas políticas.

Un nacionalista vasco puede llorar al ver ondear la ikurriña. Un español puede ponerse de rodillas ante una bandera de España. ¿Se les debe exigir "razones" para ese comportamiento? Mi temperamente me obliga a exigírselas; pero me temo que obtendría vagedades tan descorazonadoras como: "es mi patria"; "es mi bandera"; "es un sentimiento que tú no puedes entender" ("mataría por ella", sería la versión siniestra). La cuestión es que son actitudes tan modificables como el apego al color azul.

No es ése el camino, como bien dice Ignacio.

El argumento es: "Ame usted su patria o su bandera, llore con ellas, postrérnese ante ellas; pero respete las leyes". El patriotismo (palabra que no acaba de gustarme) que yo estoy dispuesto a asumir es el respeto de unas normas políticas (en este caso, la Constitución) que a todos nos incumben. El hecho de que nuestra Constitución sea modificable mediante procedimientos políticos la blinda, además, contra el lloriqueo del fanático.

¿Por qué creen que los nacionalistas nunca plantean la cuestión en términos estrictamente políticos? Porque, moviéndose en el campo del sentimiento, tienen "razones". Si los no nacionalistas no entráramos al trapo sentimental, no tendrían más remedio que limitarse al campo legal. Y saben que ahí están en minoría. Jugando a su juego les damos oxígeno.

Estricto respeto a las leyes: lo demás es retórica.

10:06 PM  
Blogger Ignacio said...

Lo que me parece que no acaba de aceptar usted, Alberich, es que en democracia las razones por las que el votante elija su postura son indiferentes: vale lo mismo el voto de quien elige por unas cejas coquetamente picudas que el de quien se entrega a sesudas reflexiones. Y valdría lo mismo, en un referéndum de secesión, el del delirante adoctrinado o no que el del historiador.

Pero ni siquiera ese argumento es necesario para descartar a la Historia del debate. Simplemente ocurre que no nos obliga, que lo que ha sido de una manera puede pasar a ser de otra si así lo decidimos entre todos. Y que es legítimo plantear secesiones no porque sea históricamente coherente o no, no porque la reivindicación se apoye en bases sólidas o gaseosas, sino porque es legítimo en sí: complicado de cuadrar, tautológico y endeble, casi imposible de sacar adelante, pero legítimo.

¿Qué haría usted si en un futuro el ochenta por ciento de los catalanes se mostrara favorable a la independencia? ¿Atizarles con Menéndez Pidal?

A mí me parece más productivo dejarles a los nacionalistas sus cositas de jugar (sus acampadas, sus himnos, su folclore, sus historias inventadas) y tener firme en las de verdad, en la ley, en los derechos y deberes, en la soberanía.

9:31 AM  
Blogger Ignacio said...

En cuanto a la apuesta de Paolo por no avergonzarnos y mostrar con naturalidad nuestro apego a la patria común, ¿cómo no estar de acuerdo? Sólo faltara que nos tuviéramos que esconder.

Pero (siempre hay un pero) lo que no quisiera por nada del mundo es situar ahí el debate. Porque ahí está perdido antes de empezar. Se preocupa Alberich por los símbolos y el lenguaje, dice que estamos perdiendo esa batalla; pues bien, yo propongo no pelearla. Enseñar la bandera un día, como aviso de que estamos ahí y somos muchos, vale. Pero que sea un día.

Todo esto estaría bastante más claro si no tuviéramos un gobierno esquizofrénico que ve la bandera nacional como una amenaza. Qué le vamos a hacer.

9:40 AM  
Blogger Paolo said...

No sé si se le termina de adjudicar a la Historia el espacio que en realidad le corresponde. La Historia es algo que no se para. Está haciéndose, eso ya lo sabemos, pero ha conformado una realidad, la que es, interpretable sólo hasta cierto punto, sobrepasado el cual se distorsiona. Uno de los grandes problemas de este Gobierno, y en general de casi todo el pensamiento de izquierda que ha quedado después de la caída del muro, es la incapacidad para aceptar la existencia de la realidad con todas sus implicaciones, políticas y morales. Que la realidad es cambiante, por supuesto. Y en ese sentido me parece perfecto señalarles a los que quieran cambiarla los procedimientos legales dispuestos a tal efecto. No he propuesto nunca otra cosa, como bien sabes.

Ese es un flanco de la cuestión. Puede que el fundamental. Ahora bien, si no pasamos de ahí, corremos el riesgo de hacer ver que en el fondo el hecho de que las cosas cambien o no nos resulta por completo indiferente, que solo es un asunto de esperar a que los del lado de allá consigan una mayoría suficiente para cambiarlas. Y yo creo que eso, para los que no queremos el tipo de cambios que proponen los nacionalistas, es un error, Ignacio. Que si llega ese momento pues habrá que aguantarse (como nos hemos aguantado en tantas cosas), pero yo no quiero que llegue. Y para que no llegue pienso que sí hay batallas que librar (la del lenguaje, por supuesto), aunque sea buscando un terreno diferente al que los nacionalistas proponen. Que no, que ya sé que la batalla no es estar dando la murga todo el día con la banderita o contando los milenios de existencia de los pueblos, pero sí destacando y enfatizando cuantas veces sea conveniente todo aquello que nos une y defendiendo (sin alharacas innecesarias ni estridencias, pero defendiéndolos) los símbolos que representan nuestra unidad, nuestras libertades, nuestros derechos. Se trata nada más y nada menos que de eso.

3:11 PM  
Blogger Ignacio said...

Tres cosas, Paolo; paso rápido por las dos primeras, para retomarlas luego si acaso:

-De acuerdo en sustituir Historia por Realidad, creo que no tiene sentido acudir a una y lo tiene todo el atenerse a la otra.
-De acuerdo en señalar y denunciar la neutralidad ante los supuestos legítimos. Es el gran error conceptual de Zapatero y de otros que valen más que él. Si en algún momento he dado la impresión de que sólo importa contar votos, quede aquí mi rectificación: creo firmemente que sobre cada asunto hay opciones mejores y peores y que la discusión política ha de consistir en esas valoraciones o mejor cerramos el kiosco.

-Pero lo que me importa señalar de tu último mensaje es un equívoco bastante llamativo. Hablas de enfatizar los símbolos que representan nuestra unidad, nuestras libertades, nuestros derechos. Y el problema de esa afirmación es que unidad, libertades y derechos son indiferentes de la patria en que se ejerzan, y perfectamente predicables de una patria catalana o vasca. Los símbolos patrios se refieren a ese algo más de que hablabas tú en tus textos, previo a las libertades e independiente de ellas, (algo que de hecho existía antes de que hubiera libertades y no dejó de existir cuando estuvieron suprimidas), el sustrato de vínculos y afectos que hacen de España un hecho real y no una entelequia. Y es con ese algo más (y no con los derechos y libertades, que en principio concederé que quieren también para sus patrias) con lo que están en desacuerdo los nacionalistas.

Entonces, cuando enarbolas la bandera no estás defendiendo específicamente los derechos y libertades, estás defendiendo la unidad. Lo cual está muy bien, pero es lo que es: y cuando a los nacionalistas que odian esa bandera, o a los progres que tienen para mí incomprensibles melindres con ella les argumentas que es un símbolo de libertad y convivencia, creo que no les estás diciendo la verdad. Como no la diría un catalán si arguyera lo propio de la suya: que les pregunten a los que se cepillaba Roger de Llauria por los derechos y la convivencia que representaba entonces la de las barras.

Puede ser cierto que la bandera simboliza ahora un régimen de libertades, pero eso es circunstancial. Si hubiese una dictadura atroz en España la bandera seguiría simbolizando lo mismo, el vínculo común por el cual si esa dictadura ejecutase a un señor de Gerona yo lo sentiría como una canallada hecha a un compatriota, como algo propio contra lo que luchar (mientras que un nacionalista catalán vería mi ejecución como la de un extranjero, injusta y dolorosa pero ajena en último término a sus problemas).

Por eso creo que las banderas son una pésima herramienta de debate, por eso insisto en que el mensaje correcto al independentista no es que usted tiene que sentir por cojones que es mi compatriota como yo lo siento de usted porque es un hecho que lo somos y usted delira, sino más bien , qué problema tiene usted en permanecer en esta patria nuestra –de usted y mía- que entre todos –entre usted y yo- hemos hecho tan cómoda e inclusiva que se puede vivir en ella, como viene haciendo usted –y muy bien- sin el menor sentimiento de pertenencia. Y cuando lo nieguen y se manifiesten oprimidos contrastar ese delirio con hechos.

7:52 PM  
Blogger Francisco Sianes said...

Paolo,

"destacando y enfatizando cuantas veces sea conveniente todo aquello que nos une"

Lo que de verdad nos une (legalmente) es la Constitución: a la que se ha llegado por deriva histórica y cultural: por ideología. Fuera del marco legal, cualquier tipo de unidad (por mucho que pueda uno justificarla) no puede ser vinculante: "¿Qué tiene que ver usted culturalmente conmigo?", podría decirme un vasco nacionalista. Y con razón. Precisamente de ahí el empeño de Ibarretxe o Rovira por hablar de "culturas diferenciales".

"y defendiendo (sin alharacas innecesarias ni estridencias, pero defendiéndolos) los símbolos que representan nuestra unidad, nuestras libertades, nuestros derechos"

Defender la lengua, la historia, la cultura o la bandera de España puede provocar intensas vinculaciones emotivas entre correligionarios; pero si esa defensa de la lengua, la historia, la cultura o la bandera de España no implica una defensa metonímica del marco legal queda en efusión sentimental sin vinculaciones políticas.

Ése es el error de muchos "antinacionalistas" (y no me refiero a usted): batirse en el duelo de la oratoria sentimentaloide. Cualquier defensa del patriotismo que no se apoye en argumentos políticos me parece sumamente peligrosa. Ahí se mueven tantos nacionalistas. Y ahí es donde no deberían encontrarnos.

¿Cómo se puede justificar entonces el "sentimiento de unidad"? En el compromiso con un marco político y legal determinado. Entre un ganadero vasco y un arquitecto murciano puede haber muy pocos vínculos culturales en común; pero puede unirlos firmemente el respeto a unas normas de convivencia.

Desde ahí creo que deberíamos argumentar. Y procurar que los nacionalistas no eludan debatir dentro de ese marco político.

Un cordial saludo.

8:05 PM  
Anonymous Alberich el Negro said...

Sólo un par de preguntas (dirigidas especialmente a Ignacio y a Francisco Sianes):

1ª) ¿Consideran ustedes que el grado de beligerancia separatista y el sentimiento antiespañol de los nacionalismos periféricos es igual de intenso ahora que cuando estos movimientos surgieron, allá por las últimas décadas del siglo XIX, o siquiera semejante al que existía al comienzo de la Transición?

2ª) ¿A qué causas creen ustedes que se debe esta evolución (si es que piensan que la ha habido)?

SDEN.

9:27 PM  
Blogger Paolo said...

Ignacio, si me lees otra vez te darás cuenta de que yo no hablo de enfatizar (el uso de) símbolos, sino de defenderlos.

En último término, yo no estoy nada interesado en pegarme por cuestiones sentimentales con quienes no comparten mi forma de entender la realidad (me parece perfecto que el patriota vasco, catalán, almeriense o extremeño crean en una realidad de banderas, derechos y libertades particulares y quieran construirla políticamente) ni de obligar a nadie a sentir nada (creí que esto lo había dejado claro ya, pero en fin). Lo único que trato de hacer ver (y parece que no consigo del todo) es que los proyectos políticos, aun legítimos, no son todos equivalentes, y que pienso que es llegado el momento de que los que estamos del lado de acá y creemos en unos principios muy básicos (que incluyen por supuesto la unidad, reflejan nuestras leyes y representan nuestros símbolos) los opongamos sin más complejos a los del lado de allá (utilizados los adverbios sin ánimo de ofensa), que después de treinta años, ya está bien de flujos unidireccionales, de gemidos y de victimismo permanente. El tiempo del dejar hacer porque "nunca pasa nada" me parece que ha pasado ya, caro Ignacio.

11:10 AM  
Blogger Paolo said...

Francisco Sianes,

me temo que no estoy de acuerdo en el concepto que usted tiene de la ideología (¿deriva histórica y cultural?) ni de la cultura. Para mí es evidente que son muchísimos más los rasgos culturales que unen a un almeriense con un vasco que los que los separan, pero lo mismo podría decirle de un onubense y un berlinés, así que ahí no parece estar la cuestión. Simplemente, cuando los nacionalistas apelan a la cultura para marcar sus diferencias y justificar su postura política no tienen razón. ¿Eso le quita legitimidad a su proyecto? No, pero lo iguala con el de un grupo de habitantes de Talavera de la Reina que decidieran mañana fundar un partido independentista local apelando a la calidad de sus cerámicas o a la especial textura de sus quesos de oveja.

Yo no tengo ninguna intención de batirme en ninguna retórica sentimentaloide. Simplemente no estoy dispuesto a dejar pasar sin crítica ni una sola de las falacias conceptuales que los nacionalistas pretenden que los demás aceptemos como principios indiscutibles.

Tampoco entiendo qué quiere decir con que "fuera del marco legal, ninguno tipo de unidad puede ser vinculante". España como realidad política es previa al marco legal actual. Sólo desde el adanismo del actual presidente Zapatero (que llegó a afirmar que durante el franquismo no había españoles y se quedó tan tranquilo) puede pensarse algo diferente. El marco legal es el que es. Si mañana cambia, habrá otro, pero siempre existirá uno, salvo que se crea en la utopía anarcoliberal que algunos tratan de poner de moda, esa de sujetos libres y virginales, alojados en el limbo, antes de decidir si fundar su Estado con los de la acera de enfrente o con los de la derecha, con los rubios o con los morenos. Es lo que tienen la realidad y los marcos legales, que imponen limitaciones.

11:37 AM  
Blogger Francisco Sianes said...

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8:59 PM  
Blogger Francisco Sianes said...

Alberich,

Creo (corríjame si me equivoco) que las preguntas que hay escondidas en sus dos cuestiones son: desde la llegada de la democracia ¿se han aplicado políticas de connivencia con los exigencias y la ideología nacionalistas?, ¿se ha cedido en exceso?, ¿se han alentado incluso esa ideología y esas exigencias? Yo diría que sí.

Añado: es lo que han querido no sólo los nacionalistas: así lo han permitido los demás españoles; dando unos su apoyo a los partidos nacionalistas, dando otros su apoyo a los partidos conniventes con los nacionalistas (incluyo al PP, en su primera legislatura).

Esta evolución no es tal. Siempre ha habido independentistas vascos y catalanes (como también los hay navarros, gallegos o -poquísimos- andaluces): sólo que en las últimas décadas han encontrado campo abierto y manga ancha. Nos guste o no (y a mí no me gusta) es la política que entre unos y otros hemos apoyado.

Un cordial saludo.

***

Paolo,

Estamos de acuerdo en que apelar a las identidades culturales es espinoso.

Tampoco yo debo de haberme explicado bien, porque opino lo mismo que usted: los nacionalistas se equivocan al apelar a la cultura común, ¡pero también los españoles que utilizan ese discurso! Le aseguro que un vasco puede justificar su "excepción" cultural tanto como un andaluz su "unidad" cultural con él. Pero no es ésa la cuestión. Un vasco y un gallego no son españoles o no españoles por compartir o no unas coordenadas culturales: lo son porque han decidido compartir el mismo marco legal.

Creo que parte del error (o quizá es que lo malinterpreto) de que las naciones preexisten a la voluntad de sus ciudadanos. No. Lo que existe previamente al deseo de los individuos es la cultura. Usted no puede decidir tener como lengua materna el español; pero sí puede defender un marco legal que permita a Talavera ser ciudad-Estado. ¿Que una cultura común está en la base de la mayoría de las naciones? Obvio. Ahora bien: ¿la propuesta de Talavera es un disparate político? Dependerá de la voluntad de los ciudadanos dentro del marco legal existente (también el derecho se impone a la fuerza; pero es otro tema).

Quiero decir con esto que la única defensa política racional de la unidad de España no debería proceder de la apelación a una cultura común: sino del marco legal común que hemos acordado. ¿Quién niega la importancia de nuestro marco legal? Todo lo contrario. Nuestro marco legal es el patriotismo que yo defiendo.

Yo no necesito defender mi cultura de los nacionalistas que la desprecian o ignoran (sí considero que debo señalar la idiotez de despreciar lo que no merece el desprecio). Lo que yo defiendo es la Constitución que nos convierte en ciudadanos en igualdad de derechos y deberes. Y defiendo que si un grupo de ciudadanos comprometidos legalmente con esa Constitución desea cambiarla debe hacerlo por los procedimientos políticos legales.

La actitud que considero más sensata ante un nacionalista es: "Explique usted sus razones y propuestas políticas y déjese de apelaciones culturales".

Si me pregunta: ¿y en qué se fundamenta su discurso frente al discurso nacionalista? No en la apelación a esencias o unidades culturales (eso es precisamente lo que critico a los nacionalistas), sino en la defensa de unos principios políticos que considero más justos que los suyos.

Un cordial saludo.

9:06 PM  
Blogger Ignacio said...

"Un vasco y un gallego no son españoles o no españoles por compartir o no unas coordenadas culturales: lo son porque han decidido compartir el mismo marco legal".
Ni hablar. Ahí estoy con Paolo y no con usted. Lo son porque lo son. España es un hecho, una realidad sobre la que se predica un régimen concreto, no una decisión que como bien reduce Paolo al absurdo se tome por ciudadanos flotantes en el vacío.

O sea: claro que las naciones preexisten a la voluntad de los ciudadanos.

Mañana me meteré con Paolo, es que hoy es su cumple ;-)

12:17 AM  
Anonymous Alberich el Negro said...

Felicidades, Paolo.

2:04 AM  
Blogger Alberich el Negro said...

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4:46 AM  
Blogger lola said...

Francisco: Sin acritud (es que no nos conocemos y puede haber malentendidos; me interesa muchísimo esta discusión y la voy siguiendo). Dices entre paréntesis: "también el derecho se impone a la fuerza, pero es otro tema".
Yo creo que es el tema por excelencia, la bicha a la que nadie quiere (ni siquiera en la discusión) llegar y andamos (de un lado y de otro: nacionalistas, no nacionalista...) dando rodeos. Pero, allí está, agazapada, la fuerza.

Y, luego, una anécdota muy ilustrativa, y aún cómica, sobre la nación y el sentimiento de pertenencia a ella como algo previo a todo tipo de marco legal. Visto en la televisión, en las últimas elecciones vascas:
Una encuesta a pie de urna; un señor de mediana edad, bien vestido, burgués (probablemente), del PNV (probablemente; yo no tengo ninguna duda, vamos), dice, preguntado acerca de su voto:

"¿Que si lo tengo claro? ¡Clarísimo! ¡Clarísmo desde que nací!"

Saludos cordiales.

Lola

9:24 AM  
Blogger Paolo said...

Francisco,

se me ha adelantado Ignacio, pero le diré algo más acerca de esa cuestión, que me parece crucial, pues si no se entiende eso no se entiende nada. Le decía ayer que la realidad impone restricciones, y tantas... Nacemos donde nos toca: no escogemos padres ni familia ni barrio ni ciudad ni nación. A lo largo de nuestra vida tendremos algunas ocasiones de escoger esas cosas (en función de muchas variables, no todas controlables) y también de desarrollar sentimientos de afecto, amor o pertenencia hacia todo ese entorno o solo hacia una parte de él o sentimientos de odio hacia todo o hacia a una parte o una mezcla de amor y de odio y de todos los sentimientos intermedios que podamos imaginar. Uno es español porque ha nacido en España, y ya está, tampoco tiene mayor importancia la cuestión.

Los españoles vivos no han decidido crear una nación llamada España (y los que diseñaron y aprobaron la Constitución del 78, vivos o muertos, tampoco). La nación existía cuando todos ellos nacieron. Y lo que me interesa destacar es que eso no presupone otorgar a España una categoría metafísica. España existe por el normal desenvolvimiento de los seres humanos a lo largo de la historia, por sus formas de asociarse y de pelearse, por el desarrollo de estructuras políticas en momentos concretos y su evolución posterior. Las cosas son así. España se ha configurado por una cantidad extraordinaria de hechos concretos que se han ido sucediendo y relacionando de forma complejísima a lo largo de miles de años. Por la geografía, por relaciones de poder y de sumisión, por acciones de guerra y de pillaje, por matanzas indiscriminadas, por actos de heroísmo y de cobardía, por migraciones y catástrofes varias, por intereses comunes, incluso por acontecimientos fortuitos, es decir, por todo aquello que constituye la naturaleza del ser humano y de sus relaciones con otros seres humanos. Y a la realidad política que surge de todo eso llamamos nación, simplemente. La nación española podría ocupar hoy toda la Península Ibérica, pero no lo hace. Cataluña podría ser hoy parte de Francia o una nación independiente, pero es parte de España, aunque pueda no serlo dentro de 300 años. Nadie decide libremente crear una nación (sólo en las comunas de hippies pasaba eso): uno nace con la nación a cuestas, aunque luego la aborrezca o pueda cambiarla o incluso su propia nación pueda convertirse en otra cosa a lo largo de su vida. La Constitución no es un acuerdo para fundar una nación, es un acuerdo para organizar la convivencia en la nación preexistente. Las cosas son así y ya está.

Pero para mí eso no resulta especialmente importante. Los nacionalistas otorgan a la nación una categoría absoluta, esencial, sin la cual la vida individual se vacía de su propio contenido. Para mí lo verdaderamente importante es que mi nación me reconozca mis derechos de ser libre e independiente en igualdad con todos mis compatriotas. La diferencia entre nacer en España o en Mauritania es básicamente esa. El nacionalista mauritano dirá que no, que a su existencia sólo le da sentido la existencia de Mauritania, aunque mañana un juez mauritano ordene que le corten la mano derecha por confundirlo con un ladrón. Si yo defiendo la unidad de España es sencillamente porque pienso que es lo mejor para mí y para las personas a las que quiero, porque en toda esa larga historia de encuentros y de desencuentros de esa realidad llamada España se han creado unos lazos que no creo que salga gratis deshacer, no precisamente ahora, cuando por fin vivimos en una nación de ciudadanos libres e iguales (esto último, relativo y mejorable: por mejorarlo, trabajaré). Me parece perfectamente legítimo que haya quien piense de otra forma y quiera crear otra realidad política, pero desde luego no tengo pensado acomplejarme ante la demagogia y el uso de la falacia conceptual a la que suele recurrir (en el mejor de los casos) el nacionalista de turno para defender su proyecto.

11:35 AM  
Anonymous francisco sianes said...

Rapidísimamente,

Pues sí: mal me explico.

Aunque leyendo la cita que recoge Ignacio, entiendo en parte la confusión.

No sostengo que España (o Mauritania) sólo existan por decisión permanente de sus ciudadanos. Claro que España existía cuando yo nací sin necesidad de mi voluntad. Quise decir que España SIGUE EXISTIENDO por voluntad de sus ciudadanos (si mañana acordamos entre todos que se dividirá en 10 países, habrá desaparecido).

Insisto: yo alerto contra los esencialismos culturales. Un vasco, un murciano y un andaluz son españoles hoy porque hemos llegado históricamente (por los prodecimientos que explica Paolo) a esa estructural legal, no porque seamos "hijos de la misma cultura" o por "armonía genética".

Insisto: con los nacionalistas, hay que mantenerse en el discurso estrictamente político y defender el marco legal de la Constitución.

Ignacio: "España es un hecho, una realidad sobre la que se predica un régimen concreto, no una decisión". No, Ignacio: España no es una realidad sobre la que se predican diferentes regímenes legales. La nación española es una creación política que puede desaparecer por decisión política. Ojo con los resabios metafísicos (o quizá yo lo malinterpreto).

Un cordial saludo a los dos.

***

Lola,

Tema esencial, sin duda, el de la fuerza como CREADORA del derecho.

Cuando tenga más tiempo, si le apetece, seguimos tirando del hilo.

Un cordial saludo.

11:55 AM  
Blogger Alberich el Negro said...

Estimado Francisco

Antes que nada deseo darle las gracias por atender a mi solicitud y molestarse en intentar responder a lo que le planteaba a usted y a Ignacio. Debo decirle, sin embargo, que con mis preguntas no pretendía ir tan lejos como usted cree, y que en ellas no se hallan implícitas esas cuestiones que ha creído detectar, aunque podría haber sido perfectamente así, como podrá comprobar por mi respuesta.

Verá, en mi primera intervención yo pretendía destacar el importante papel que la Historia puede jugar a la hora de ser empleada como herramienta útil para acometer y desmontar las construcciones míticas y falaces que los separatistas han construido y que vienen esgrimiendo para acabar con la idea de España como nación. Ignacio —me parece que él y yo estamos abocados a no entendernos, aunque en el fondo no nos hallemos tan lejos el uno del otro—, ha utilizado lo que yo decía para retratarme como un potencial energúmeno que ni entiende el funcionamiento de la democracia, ni acepta la decisión de las mayorías, y que además estaría dipuesto a sacudir a los nacionalistas con un martillo forjado con diatribas historicistas de signo castellanófilo. Pero verá, yo intentaré aclararle a usted mi postura (ya que ha tenido a bien responderme): lo único que pretendía hacerles ver con mis preguntas es que la exacerbación que han venido experimentando los nacionalismos periféricos españoles, especialmente desde el inicio de la Transición, se ha debido, en buena medida, al hecho de que los diferentes gobiernos centrales han descuidado, entre otras cosas, la enseñanza de una historia objetiva, equilibrada e integradora de España, centrada en mostrar su indiscutible realidad histórica como nación y en destacar todos aquellos elementos que nos unen. Es decir: no se han preocupado en crear conciencia de nación. Antes al contrario; pues en su lugar, lo que se ha ido consintiendo —primero desde la ingenuidad y luego desde la conveniencia politica y electoral— es dejar en manos de los separatistas esa grave responsabilidad, que ellos han aprovechado para hacer todo lo contrario: esto es, despertar y aguzar los sentimientos antiespañoles y crear, a partir de ficciones pseudohistóricas hechas a la medida de sus necesidades políticas, una conciencia nacional propia que enfrentar a la común española.

Pues bien, dicho esto me parece a mí que ha llegado el momento de empezar a utilizar complementariamente otros instrumentos al margen de los políticos o legales, que son en los que tanto insisten usted e Ignacio (y que también a mí me parecen fundamentales). Uno de ellos, creo yo, debería ser devolver al Estado Central las competencias en educación que ha ido cediendo durante estos años de democracia (de ahí mis referencias a la Historia). Otro radicaría en la necesidad de empezar a dar de lado al ninguneo de lo español que los separatistas —con la connivencia de la izquierda, todo sea dicho— han ido imponiendo en nuestra sociedad, empleando sin complejos términos como España, patria o nación sin necesidad de que por ello le acusen a uno de estar anclado en el pasado (de ahí mis observaciones sobre lo de no descuidar el lenguaje). Existirían otros más, como el de la perentoria necesidad de realizar una reforma electoral que reduzca el excesivo e injusto protagonismo que los separatismos tienen, pero eso ya es entrar en otro tema.

En cuanto a la segunda de mis preguntas: ¿de verdad cree que el independentismo siempre ha sido una constante de los movimientos nacionalistas españoles desde sus orígenes? ¿Incluso en los casos navarro, gallego o andaluz? ¿Ni siquiera considera la posibilidad de que la razón que acabo de darle arriba ha contribuido, de manera decisiva, en los últimos treinta años a exacerbar un sentimiento separatista que, en mi opinión, no fue un elemento nuclear en el origen de los nacionalismos periféricos españoles (el vasco quizá sería un caso aparte)?

SDEN.

12:29 PM  
Anonymous Francisco Sianes said...

Alberich,

Como no sé cuándo voy a poder volver a conectarme, le respondo sumarísimamente que estoy de acuerdo en casi todo lo que dice, salvo en un par de matices de los que le hablaré cuando entre de nuevo aquí.

Muy rápidamente: volver al centralismo o reformar la ley electoral también son medidas políticas.

Le confieso que eso de utilizar otras medidas "al margen de las políticas y las LEGALES" me producen una profunda inquietud. Imagino que no es lo que quería decir, sino que se modificara la política respecto a las competencias autonómicas.

Respecto a los nacionalismo, claro que no todos nacieron reivindicando la independencia. Aplico esto al catalán y sobre todo al vasco. Y sí: los partidos "nacionales" (lo dije en mi primera intervención) han alentado (o, como mínimo, no han cuestionado) algunos delirios nacionalistas.

Y no tiene que agradecer que le conteste, hombre. Faltaría más...

Un cordial saludo.

2:47 PM  
Blogger Alberich el Negro said...

Francisco, tranquilícese porque evidentemente no quería decir que sea necesario vulneral la ley para oponerse a los separatismos. Cuando me expresé así lo que pretendía señalar es que ha llegado el momento de empezar a utilizar sin tapujos ni prejuicios otros elementos al margen de los estrictamente políticos. Y me estaba refiriendo, en concreto, al de las ideas, de manera que empecemos a oponer la ideología “española” (democrática e integradora) a las ideologías separatistas (intolerantes y excluyentes), intentando reforzar con ella ese marco constitucional que nos acoge y protege a todos —seamos separatistas o no— y en el que la mayoría nos encontramos muy, muy a gusto. Es decir, no es ya sólo una cuestión de argumentos políticos, sino también de reactivación de sentimientos; de legítimos sentimientos que se asientan en una verdad histórica —el hecho de España como nación (que se podrá cambiar o no, pero que es irrebatible)—, y que han encontrado un sólido apoyo en un edificio político democrático construido y deseado por la mayoría de los españoles. En definitiva: como ha señalado acertadamente Iñaki Ezkerra en un artículo que ya recomendé a Ignacio, se trataría «de reivindicar no sólo el sentido sino también el sentimiento de España, cosas ambas que han sufrido una escandalosa censura en el último cuarto de siglo correspondiente curiosamente a la etapa democrática» [I. EZKERRA, «Del sentido y del sentimiento de España», en F. GARCÍA DE CORTÁZAR (coord.), La nación española: historia y presente, pp. 19-39, la cita en p. 20]. Y todo ello, no tanto con el objetivo de utilizar la Historia como arma dialéctica arrojadiza en la discusión con los actuales separatistas —que es lo que me achacaba Ignacio— cuanto con la idea de usarla didácticamente para inculcar a las nuevas generaciones de españoles un sano sentimiento de pertenencia "nacional". Preferiblemente a los más jóvenes, pero no sólo a ellos. En cuanto a los separatistas convencidos, esos me parece a mí que ya no tienen remedio y son irrecuperables. En resumen: hacer pedagogía patriótica (que no patriotera).

Hoy día, por muy diversos motivos, estamos mejor preparados que nunca para llevar a cabo esa tarea, pues vivimos en un Estado plural y democrático y, sobre todo, tenemos una ciencia histórica que ha avanzado lo suficiente, tanto metodológica como ideológicamente, como para despojarse de antañones prejuicios y ofrecernos una variedad tan amplia de visiones e interpretaciones que nos permita conocer los hechos históricos con un nivel de objetividad lo suficientemente aceptable (aunque venga limitado, claro está, por la subjetividad propia de cada historiador).

Creo que podría (y debería) hacerse lo que propongo. Sólo sería necesaria (ahí es ná) la voluntad de los responsables políticos de los partidos mayoritarios, dejar de pasarles la mano por el lomo a los nacionalistas y afrontar con firmeza su cólera (que iba a ser morrocotuda). ¿Pero y qué iban a hacer para contrarrestar la medida? ¿Echarse al monte? Ya se vio lo que hicieron para afrontar la firme política antinacionalista de Aznar: nada.

SDEN.

6:01 PM  
Blogger Ignacio said...

Antes que nada, una curiosidad: ¿en qué consistió exactamente la firme política antinacionalista de Aznar?

Dicho esto, y visto que nos movemos en un amplio margen de acuerdo, intentaré acotar lo que no me suena bien. Veamos: a mí me parece que una de las falacias más irrisorias del nacionalismo es la de asociar independencia con bienes sin cuento, prosperidad, grados siempre incrementados de libertad y felicidad. En la mente enfermiza del nacionalista su nación es sinónimo del bien, y cuando algo que lleve el sello de ésta sea inequívocamente malo será porque en el fondo es extranjero (de paso, esa estupidez bientintencionada de no son vascos, son hijos de puta, coreada en toda España, es prueba de cómo se infiltran esas cosas).

Pues bien, mal puedo reirme de ese concepto primitivo si luego voy a decir que mi bandera es símbolo de los derechos y las libertades. Eso es lo que quiero deslindar: los símbolos nacionales lo son de la nación, y están muy bien (de paso, a mí las llamadas a no avergonzarme de ellos me resbalan porque nunca se me ha ocurrido avergonzarme), y como tales absolutamente inútiles para oponerlos a los de otras ideas de nación por más que sean inventadas.

Y si los elegimos para representar el régimen actual (comparativamente estupendo) el nacionalista nos dirá que ellos van a tener uno igual o mejor.

En fin, que no veo qué utilidad pueden tener las banderas en esto.

9:27 PM  
Blogger Paolo said...

Vamos a ver, Ignacio. Deja ya de manosear el tema de las banderitas. La bandera es símbolo de la legalidad, sencillamente. Entiendo que para alguien que pasa todos los días por calle Larios no tenga mayor importancia, pero para el que vive en la Guipúzcoa profunda y cree en el Estado y no en la tribu la cosa cambia.

11:04 AM  
Blogger Alberich el Negro said...

This comment has been removed by the author.

4:09 AM  
Blogger Alberich el Negro said...

Buenos días y perdón por el retraso en mi respuesta, pero es que he tenido un problemilla con la conexión a Internet… (eso ha sido la larga mano de Pepino Bianco o del gabinete del Presi en Moncloa).

Vamos a ver Ignacio. Respecto a lo de la política de Aznar, una vez publicado el post, y a raíz de su respuesta, me he percatado de que en la frase final de mi última intervención falta un elemento que precisaría su sentido de la manera siguiente:

«Ya se vio lo que hicieron para afrontar la firme política antinacionalista de Aznar durante su segunda legislatura».

No me negará usted que de todos los presidentes de gobierno que han pasado por la Moncloa ha sido Aznar el que se ha mostrado más enérgico contra los nacionalismos; sobre todo contra el PNV. Por cierto, ello le supuso un fuerte desgaste político y personal, pues la izquierda —alineándose de nuevo con los quejumbrosos postulados nacionalistas— no se cansó de repetir que lo único que estaba haciendo con dicha política era crispar y fomentar la confrontación. Será porque la vacua política del talante y del diálogo ha dado mejores resultados… En fin. Me pregunta usted cuáles fueron las medidas que Aznar adoptó al respecto. Hombre, entre otras podría recordarle las siguientes:

a) reformó la ley para perseguir la lucha callejera en Vascongadas —que, según algunos, no podía evitarse—, endureciéndola y trasladando a los padres de los jóvenes gudaris la responsabilidad penal de los actos delictivos cometidos por éstos cuando eran menores de edad (lo que no era infrecuente);
b) la firma del llamado Pacto de Estella y el acuerdo de colaboración de gobierno entre Ibarreche y HB le sirvieron a Aznar como pretexto para iniciar un proceso de aislamiento del PNV que se materializó en la salida “voluntaria” de este partido del Grupo Popular Europeo (en el año 1999) y en su posterior expulsión de la Internacional Democristiana, lo que se consiguió por mayoría abrumadora de sus miembros (año 2000). Sólo obtuvieron el apoyo de pocos de ellos, incluidos dos delegados de Convergència Democràtica de Catalunya. Después de pasar por el grupo de Los verdes, finalmente han terminado integrándose en el denominado Grupo de la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (¡ya ven ustedes, los del PNV en el grupo de “demócratas” y “liberales”! ¡Lo que hay que ver!), del que también forma parte la citada CDC;
c) prorrogó automáticamente el llamado Concierto Económico Vasco en el año 2001, al no llegar a un acuerdo con el PNV, que exigía imponer la presencia del gobierno vasco en Bruselas al mismo nivel que el gobierno español. Desde Madrid se les dijo que o lo tomaban o lo dejaban, ¿y sabe usted lo que hicieron al final?;
d) en septiembre de 2001, y ante la renovación del Consejo General del Poder Judicial, dejó fuera de dicho órgano al PNV, al bloquear el nombramiento del candidato propuesto por este partido. Aunque el PSOE se opuso primero a la medida, finalmente la aceptó;
e) excluyó al PNV de la Mesa del Congreso en el año 2000;
d) puso en marcha, aunque la iniciativa fuera del ínclito Rodríguez que ahora nos (des)gobierna, el Pacto por las libertades y contra el terrorismo (luego se ha descubierto que mientras el traidor del talante propugnaba la medida estaba negociando con ETA);
f) consiguió la inclusión de HB en listas internacionales de organizaciones terroristas;
g) también intentó llevar a cabo una reforma del Código Penal que buscaba el cumplimiento íntegro de las penas por parte de los culpables por delitos de terrorismo; reforma que, todo sea dicho, no pudo salir adelante porque el PSOE se negó a dar su apoyo (de Izquierda Unida ya ni hablo, de tan perdida como está);
h) propuso una profunda reestructuración del sistema educativo, impulsada primero por Esperanza Aguirre y luego por Pilar del Castillo al frente del Ministerio de Educación, con el objeto de conseguir lo que yo decía en mi anterior mensaje: devolver al Estado Central competencias en materia de educación. Bajo el mandato de la primera se presentó un Plan de Mejora de la Enseñanza de las Humanidades en el Sistema Educativo, así como un Proyecto de Real Decreto que buscaban establecer (e incluso incrementar) unas enseñanzas mínimas en las áreas de Ciencias Sociales, Geografía e Historia, Lengua Castellana y Literatura. Todos sabíamos que el proyecto iba a encontrar el rechazo frontal de las fuerzas políticas nacionalistas. Pero lo peor de todo es que tampoco obtuvo el apoyo del PSOE que, incluso, también levantó la voz ante el informe que la Real Academia de la Historia hizo público, denunciando la manipulación que desde las comunidades autónomas separatistas se estaba haciendo de la historia de España.

En fin, me parece a mí que estas medidas que le acabo de enumerar son suficientes como para considerar que Aznar fue bastante activo a la hora de neutralizar un tanto al nacionalismo, no sólo en su faceta delictiva (ETA), sino en su vertiente ideológica.

En cuanto a la segunda parte de su respuesta, no sé qué decirle, la verdad, porque es que yo no he hablado en mis mensajes del tema de los símbolos y, más concretamente, de la bandera. De todas formas, ya que lo ha mencionado —y con el permiso de Paolo— me gustaría ofrecerle algunas reflexiones al respecto, a ver qué opina de ellas (las hago extensivas al resto de bloggeros).

Asociar o identificar, como hacen los separatistas, una posible situación de independencia con una especie de feliz Arcadia y decir que en ella se va a vivir muchísimo mejor no me parece lo más condenable de los separatismos. Ciertamente, y como usted señala, es un argumento falaz con el que se intenta convencer a los propios parroquianos, pero creo que incluso puede ser una aspiración legítima. Yo pienso, más bien (y seguro que usted también), que la maldad de los separatismos radica en su intrínseca insaciabilidad, en su victimismo permanente y en el hecho de que para intentar conseguir ese objetivo de independencia siempre terminan tomando el camino más corto y acaban por traspasar el margen de la legalidad. Empiezan, entonces, a vulnerar abiertamente las leyes (vgr. convocatoria de referendum por el caudillo Ibarreche), a pisotear los derechos y libertades de otros conciudadanos (obligación de rotular en catalán, imposibilidad de escolarizar en castellano) y a utilizar su utópica idea de independencia para agudizar el sentimiento de alteridad (manipulación de la Historia), fomentando actitudes xenófobas y disgregadoras que propician el odio contra “el otro”, que es todo aquél que no piensa como él (concepto del ”maketo”, desprecio hacia el andaluz, etc.). Los separatismos —al menos los españoles, que son los que mejor conozco— se apoyan en un concepto etnicista o antropológico (y no político o ideológico) de la identidad nacional, basan sus exigencias en un supuesto derecho de la nación o del pueblo preexistente al de los individuos y conciben el territorio como algo multisecular y eterno. Es decir, tienen un componente disgregador, confrontador y generador de conflictos del que carece lo que yo vengo llamando el “sano patriotismo democrático español” (tenga en cuenta que lo importante del concepto está, precisamente, en la tercera palabra). Por estas razones, me parece que no se puede poner al mismo nivel lo que yo considero que son dos realidades (políticas e históricas) completamente distintas: una, España y el patriotismo español, completamente reivindicables; la otra, las “nacioncitas” provinciales periféricas y sus nacionalismos, desechables por completo (al menos tal y como han demostrado ser).

Digo todo esto porque lo quiero poner en relación con el tema de las banderas, como he señalado antes. Una bandera, coincidirá conmigo, es un símbolo y la importancia de los símbolos radica en la trascendencia, legitimidad y valor que posee lo que éstos encarnan. Es decir, lo significativo no es la tela, sino lo que con ella se quiere representar. Así pues, y teniendo en cuenta los dos modelos de convivencia que están simbolizados, respectivamente, por la bandera española y por las respectivas enseñas nacionalistas, no entiendo el motivo por el que usted no podría decirle a los separatistas que nuestra bandera común representa derechos y libertades, si en el fondo es así. Ya sé yo que ellos piensan justamente lo contrario; y también sé que no podemos estar arrojándonos todo el día los símbolos a la cabeza. En ambas cosas estoy de acuerdo con usted, Ignacio. Pero tenga presente siempre que no todas las banderas —e igual cabe decir de las naciones o de los proyectos políticos que éstas encarnan— tienen el mismo soporte histórico, ni son iguales en los objetivos que persiguen, ni representan los mismos valores, ni poseen idéntica legitimidad. En esto vuelvo a estar de acuerdo con Paolo en su última intervención cuando habla de la “legalidad”; porque lo verdaderamente grave de todo este problema —como señala él— reside en el hecho de que hay españoles que ni siquiera pueden elegir si hacen o no proselitismo con los símbolos, sencillamente porque carecen de la libertad mínima necesaria para ello. Eso es lo realmente intolerable; y eso es lo que han traído los nacionalismos periféricos españoles: volvamos la vista, si no, a las Vascongadas, a Cataluña, a Galicia, a Baleares… Y es en este contexto de falta de libertad donde, por ejemplo, cobra toda su relevancia lo que está haciendo una persona como Regina Otaola, que viene a ser como una sublimación del por qué es útil (e incluso necesario) hoy día hacer uso de los símbolos españoles (que no sólo representan a una nación, como usted afirma, Ignacio). Y lo es, porque cuando esta mujer se juega la vida por izar nuestra bandera no lo hace porque quiera envolverse en ella —como se la ha acusado de manera injusta, errónea e interesada por parte de algunos—, o porque sea una maniática del cumplimiento de las leyes (que quizá lo sea), sino porque con su gesto sabe que está diciéndole no sólo a quienes la increpan y amenazan de muerte, sino también a quienes se sienten españoles en Vasconia que allí siguen vigentes la legalidad y los derechos democráticos representados precisamente en el concepto de España que esa bandera simboliza, aunque no puedan ejercerse con libertad. Y hacer eso, en el fondo, es defender los derechos de todos nosotros, incluso aunque no vivamos en Guipúzcoa.

En fin, creo que esto era todo.

S(cordiales)DEN.

4:17 AM  
Blogger Ignacio said...

Pues voy a seguir manoseando las banderitas, con permiso de Paolo.

Cómo negar que la bandera española en Lizarza se cargue de significados: claro que allí representa la ley frente a la barbarie. Pero eso es un simbolismo sobrevenido por unas circunstancias atroces: en general la bandera no puede representar un régimen o unas leyes, no está para eso. Pregúntenle a cualquiera de los muchos argentinos que viven aquí si para ellos su bandera representa a la reata de sinvergüenzas que los han gobernado, si las banderas que agitaban cuando ganaron el mundial en casa representaban por asomo al siniestro Videla y sus secuaces.

No, hombre no: las banderas precisamente simbolizan lo que permanece bajo distintos regímenes y situaciones, el sustrato común, lo que nos hace llamarnos compatriotas. Y ese sustrato, Alberich, no es bueno ni malo, no es un proyecto que se pueda defender como mejor que otros.

No estoy diciendo más que la siguiente obviedad: los derechos y libertades no vienen pegados a las naciones, hay que implantarlos y defenderlos en ellas. La idea de España no es de suyo democrática, benevolente y respetuosa con las personas, como no lo es la de Cantabria. Ni tampoco lo contrario. La idea de España es la constatación de una realidad; no es un proyecto, no es un deseo, es algo que nos encontramos dado, algo que no sé a ustedes, pero a mí me resulta moralmente neutro. No encuentro a favor del mantenimiento de nuestra unidad más argumentos que los de continuidad. España debe ser porque España es, y hacer que deje de ser tiene unos costes para los que no vislumbro compensación alguna (no me valdría, desde luego, la satisfacción de delirios ajenos, ni siquiera la tranquilidad de que me dejaran en paz de una vez: tendría yo que ver qué saco de eso).

9:12 AM  
Blogger Paolo said...

Acabáramos. Coño, Ignacio, claro. Llevo diciendo desde el principio que lo ideal es que a las banderas no haga falta hacerles mucho caso. El problema es cuando te encuentras con quienes las utilizan para insultarte, para humillarte, para desafiar la legalidad en la que se fundan tus derechos y, como colofón, para justificar tu asesinato. ¿Hay que defender la bandera en ese caso como símbolo de una nación fundada en la ley y los derechos individuales?, ¿vivimos un momento así? Esas son las preguntas que conviene responder. Creo que en el resto estamos absolutamente de acuerdo, incluido lo de la inercia histórica.

1:23 PM  
Blogger Alberich el Negro said...

Hombre, Ignacio, yo no estoy tan seguro de que las banderas nacionales representen «lo que permanece bajo distintos regímenes» en cada nación (claro, que quizá esté equivocado). Yo creo, más bien, que lo que hacen es simbolizar lo que en cada momento histórico o político es el país al que representan y la imagen que éste quiere dar de sí mismo. De ahí que las propias banderas o los símbolos que éstas portan cambien ante ciertas situaciones (cuando no ocurre así, generalmente es porque se da una estabilidad o continuidad institucional: vgr. el caso de EE.UU, Francia, Gran Bretaña, etc.). Y precisamente el caso de nuestra enseña es paradigmático al respecto: si hubiera representado sólo lo “permanente” con toda seguridad no se habría modificado ni una sola vez desde los tiempos de Carlos III, que fue quien impuso el diseño rojo y gualda. Sin embargo, se sustituyó en la II República, la recuperó modificada el régimen de Franco y lo ha vuelto a hacer la actual monarquía parlamentaria. Y lo mismo ocurriría si hubiera ahora un cambio de régimen (estoy convencido). De modo que, me parece a mí, al hacer eso lo que se deseaba en cada coyuntura histórica era decir qué nación y qué régimen político se estaba representando con cada una de esas banderas. Otra cosa bien distinta es lo que cada uno de nosotros queramos ver en ellas —merced al valor polisémico de los símbolos—, y en que las carguemos con todo tipo de significados (lúdico, histórico, sentimental, etc.). De ahí que para los militares argentinos la enseña azul y blanca con el sol significara una cosa y para los aficionados argentinos al fútbol otra. En cualquier caso, lo que nuestra enseña nacional representa ahora —y es por lo que a mí me interesa— es un régimen plural y democrático (por supuesto también que una historia, unas costumbres, etc., pero sobre todo lo ya dicho). Por esa misma razón hablaba yo de la significancia que tiene nuestra bandera en estos momentos. Y de ahí, también, que le dijera que no son comparables todas las enseñas, porque no siempre simbolizan valores legítimos y aceptables.

«La idea de España no es de suyo democrática», dice usted. Bueno, me parece que yo no he dicho nada de eso (precisamente porque no creo en la preeexistencia e inmutabilidad de las naciones, ni de los regímenes políticos). Lo que me he limitado a constatar es que sí lo es el proyecto político democrático representado en la idea de nuestra actual España. Y lo es porque la democracia, la benevolencia y el respeto hacia las personas constituyen una parte esencial del conjunto de valores de aquellos individuos que conformamos la actual nación española (bueno, desgraciadamente, no de todos, sino sólo de la mayoría). Precisamente por tal razón yo me identifico con la bandera que representa todo esto —con ella, ojo, y no con otras anteriores— y me siento contento e incluso orgulloso de ser español (dejando al margen otras razones de tipo sentimental). Por cierto, todo esto me hace pensar que quizá es aquí, precisamente, donde radica el problema de percepción que una buena parte de la izquierda (la mayoría diría yo) tiene respecto al concepto de España: en el hecho de que sus acólitos son incapaces de entender que dicho concepto ha cambiado con el tiempo, como lo han hecho sus habitantes, por lo que ya no representa los valores que nuestros antecesores (antiguos o inmediatos) defendieron en el pasado. Desde este punto de vista da la sensación de que quienes de verdad creen en un concepto de nación inmutable son, precisamente, quienes más la rechazan.

Dice usted también que la idea de España «no es un proyecto, no es un deseo, es algo que nos encontramos dado». Ello es cierto sólo a medias, puesto que si bien es verdad que cada uno viene al mundo en un país que en principio no elige, también lo es que éste se mantiene y sigue adelante porque en sus habitantes se da una voluntad expresa de que esto siga siendo así. Frente a lo que usted opina, yo sí creo que la idea de España como nación puede —y de hecho debe ser— entendida como un proyecto. En caso contrario, si en quienes la integran no hay deseo expreso de permanencia y de llevarlo adelante, resultará muy difícil que la nación perviva, precisamente porque no habrá nadie que la defienda y se verá sometida a todo tipo de agresiones y vaivenes. Eso es lo que yo quiero que deje de pasar, pues eso es precisamente lo que ha venido ocurriendo en nuestro país desde el inicio de la Transición: que nadie lo ha defendido. Y ahí está el riesgo que veo yo en la propuesta de equidistancia respecto al concepto de nación o de patria que defienden tanto usted como Francisco Sianes: en ese laisser faire porque la ley está de nuestro lado. No lo manoseemos, no lo defendamos, dejemos a los nacionalistas jugar con sus cositas, manejemos sólo argumentos constitucionales y políticos… Y mientras tanto, ellos creando ideología “nacional(ista)” y desintegradora. Eso no puede seguir siendo así. Ya no. Ha llegado la hora de empezar a combatir con sus propias armas, sin dejar por ello de emplear las que han sido nuestras desde siempre (política, Constitución, leyes, etc.). De ahí que esté cada vez más convencido de que debemos empezar a combatir a la ideología con la ideología, a los símbolos con los símbolos, al lenguaje con el lenguaje y a la pseudohistoria mítica con la Historia científica. No hay nada de malo en ello. Y les aseguro que tanto manoseo de los símbolos sería innecesario si ellos no estuvieran agrediéndonos continuamente con los suyos. Y volvería a serlo si la situación se normalizara. No ha sido la sociedad democrática española precisamente muy patriotera, me parece a mí. Con todo, lo peor es que esta necesidad de combatir se ha hecho verdaderamente más perentoria en el momento en que el sistema ha empezado a ser dinamitado desde su propio núcleo por aquél que más debería haber hecho por garantizarlo: el Gobierno de la nación. La situación es gravísima y cualquier instrumento (legal, por supuesto) que tengamos a mano ha de ser empleado ahora.

En cuanto al concepto de España o de patria española, me confieso algo menos utilitarista que usted, Ignacio, y reconozco que dicho concepto “me pone”. No voy a mesarme las barbas, ni me desgarro las carnes, ni me echo ceniza por la cabeza y tampoco estaría dispuesto a lanzarme como un energúmeno contra quien no lo comparta, pero ciertamente “me pone”. Es decir, no puedo evitar sentir cierta emoción y una clara afinidad sentimental cuando recuerdo que a Unamuno le “dolía España”, o cuando leo las hermosas páginas que Azorín, Machado, Maeztu o el propio don Miguel dedicaron a nuestro país. Y tampoco puedo dejar de identificarme mucho más con nuestra historia que con la de los franceses, aun siendo ambas tan próximas y comunes. Por ello insisto en que no vendría nada mal, como propone el ya citado Iñaki Ezkerra, volver a poner un poco de sentimiento en todo esto. Otra cosa bien distinta es que en los análisis (y así ocurre con los míos) se procure tener siempre claro cuál es la parte afectiva y cuál la racional. Por eso le reconozco, sí, que para afrontar la ofensiva separatista que nos afecta no se puede acudir únicamente al argumento sensiblero. Pero permítame pensar que ya no nos vale sólo con las armas estrictamente políticas y legales, sino que ha llegado el momento de volver a emplear otras que estaban un tanto olvidadas (como las ideológicas).

SDEN.

5:14 PM  
Blogger Francisco Sianes said...

Alberich,

Conforme con usted en todo el comienzo de su exposición. La bandera no simboliza una entidad metafísica o histórica: sino un régimen legal. ¿Qué representaría si no? ¿Toda la historia de España (¿desde cuándo?)? ¿El "ser" de España?

Conforme con sus críticas a los partidos nacionales respecto a su connivencia (amparo y apoyo) con la política nacionalista. En esto, el PP ha defendido una propuesta política más solidaria entre las comunidades españolas, quizá por razones distintas de las que a mí me moverían.

Todo esto lo he venido argumentando en mis anteriores comentarios.

Me sorprende, sin embargo, que usted me tilde de "equidistante". ¿Cuándo he afirmado que no hay que "defender" nuestro sistema legal? Todo lo contrario: he sostenido una y otra vez que, si algún patriotismo me resulta defendible, es el apoyo a un ordenamiento legal que uno considera especialmente justo o al menos (éste es mi caso) más justo que aquellos que se ofrecen como alternativas.

Coincido con usted a medias cuando propone que hay que "combatir" el ideario nacionalista. El lenguaje es clave (lo saben los nacionalistas) y jugar al juego de la defensa y el combate es precisamente lo que desean. No. Yo no quiero combatir con los nacionalistas en su terreno. Es ese juego ideológico (metafísico, sentimentaloide, acrítico) el que cuestiono. Yo creo que los valores políticos que defienden los partidos nacionales -no sé bien cuáles- son más democráticos y justos que los valores políticos nacionalistas; que el concepto de nación que defienden es más integrador. No son jauja: pero los prefiero a los nacionalistas.

¿Eso es tibieza? No para mí, desde luego. Me preocupa ver que los defensores de la legalidad constitucional empiecen a comportarse como los "ibarretxes" y los "rovira" que tanto denuestan.

La verdad es que el tema de las banderas me preocupa poco. Jamás he ondeado una bandera ni me veo haciéndolo. Hay formas más sensatas y profundas de defender unos valores politicos. Porque insisto, se trata de defender unos principios POLÍTICOS. E intentar demostrar que los principios que uno defiende son mejores que los demás. Si por eso entiende usted "recursos ideológico", perfecto.

Que usted se emocione con los lamentos de Unamuno nada dice de su posición política: a Unamuno le dolía una España distinta de la que hoy existe. En cuestiones de emoción cultural no entro. Me es indiferente que a alguien le emocione más Azorín que Rosalía de Castro o más Atxaga que Cela. De hecho, a mí me emocionan y me "ponen" más Schubert, Vermeer o Kafka que el 99% de los creadores españoles. Me gusta más Venecia que Madrid y no cambiaría la Patagonia por ningún paisaje de la Península. ¿Esto me hace menos "español"? Ni idea. Si algún español tiene un especial interés en que sobrevivan sus afinidades culturales, que intente convencer a los demás de su excelsitud.

Defiendo unas ideas políticas. Frente a la estolidez de ciertas propuestas nacionalistas: el desvelamiento del disparate; ante la falsificación: las aclaraciones y la denuncia; ante la violanción de la legalidad: la ley. Y, culturalmente, me empeño en difundir lo que creo que merece la pena ser difundido: sea español o ruso. Lo haré con Cervantes, Tomás Luis de Victoria y Goya (no por ser españoles, sino porque de verdad me entusiasman); pero no me verá alabando a Pereda, a Fernando VII o los toros (no por ser españoles, sino porque me desagradan).

El problema no es que a uno "le ponga" o "se la sude" España: el problema es que son tomas de posición en los lugares equivocados. No son posturas políticas, sino sentimentales. Y, añadiría, desorientadas cuando quieren hacerse pasar por argumentos políticos.

Un cordial saludo.

***

Lola,

A la espera de que abra usted el hilo de la fuerza como fuente del Derecho.

Lamento mucho no poder leer su blog. No entiendo el catalán.

Un cordial saludo.

9:51 PM  
Blogger Francisco Sianes said...

(Cuando digo que el tema de las banderas me preocupa poco no justifico la quema ni la desparición de banderas españolas en zonas ultranacionalistas: faltaría más. Son lo que son: un símbolo que sólo que hay que defender cuando su destrucción o solpamiento se convierten en proyectos de destrucción o solapamiento de la legalidad simbolizada. Esa legalidad, positivamente, no creo que haya que alabarla con banderas, sino con argumentos políticos)

9:57 PM  
Blogger lola said...

Francisco:

Abro fuego, entonces. Sin disquisiciones teóricas sobre filosofía del derecho, más allá de nuestras posibilidades en un blog, y considerando que la tesis (la fuerza como fundamento y guardián de la legalidad) es casi axiomática, aterrizo en nuestra Constitución, en donde el ejército se reconoce como salvaguarda última de la unidad de España, al servicio del Jefe del Estado, y con la obligación de intervenir si la situación así lo requiere.
Creo que fue precisamente en esta misma casa de Ignacio en donde ya hace tiempo comenté unos ensayos de Sabino Fernández Campos (tan culto y educado, casi se podría decir tan plácido) al respecto: Sin lugar a dudas y puestos en la situación de que, por puro tacticismo electoral (está escrito mucho antes del "destroyer" ZP), esté en peligro la unidad, hay que intervenir militarmente.
Esa cláusula no se dá en otras constituciones de nuestro entorno; la entiendo fruto de nuestra historia, conflictiva, tan conflictiva que, como se ha señalado, ni siquiera ha dado para una bandera por encima de regimenes políticos. Y da, nuestra historia, para más de una interpretación científica, incluyendo las secesionistas.

Aunque yo no estoy por la labor, vengo de una familia independentista catalana, y creo poder comprender qué está en juego. Para llegar a mi posición personal (si sirve de algo mi ejemplo) la cuestión de no poner en peligro la legalidad, el estado de derecho, ha sido clave; pero no sólo. También debo de reconocer que (quizá debido a la enseñanza impuesta, a la fuerza "encore", en tiempos franquistas; el tema de la enseñanza es clave) España, su cultura, su paisaje, su lengua castellana, no me es indiferente. No quiero poner en peligro un sistema democrático, pero tampoco quiero dejar de ser española. Me duele España.

Pero los valores de un independentista catalán pueden ser igual de democráticos y justos que los actualmente vigentes, ¿por qué no? De hecho,lo son, aunque -pequeño problema- sólo en potencia. Y sólo forzando mucho (de nuevo, la fuerza) las circunstancias podrían llegar a acto, con lo cual caen fácilmente del nefasto lado leninista del "cuánto peor, mejor". Pero nunca, nunca, llegaríamos a convencer a un independentista apelando a una mayor justicia y democracia; negará la mayor. La unidad política de España es, para él, en sí misma una injusticia intolerable y un torpedo en la linea de flotación de la supervivencia de su patria. Nada menos. Y no se trata de un delirio paranoico. Se sustenta en siglos de conflictos y desencuentros, del famoso (para hacerlo rápido) "hay que bombardear Barcelona cada cincuenta años". Yo, que procuro ser muy ponderada en esta cuestión tan espinosa, tengo serias dudas acerca de la salud del idioma catalán en el contexto del Estado español.



Lola

9:53 AM  
Blogger Alberich el Negro said...

Vamos a ver Francisco: decir “equidistancia” no implica necesariamente “despreocupación” o “tibieza” por parte suya y de Ignacio respecto al problema de que tratamos. El hecho de que estemos discutiendo significa, precisamente, todo lo contrario. Cuando yo aplico dicho término lo hago pensando en que ustedes dos, al parecer, están tan lejos de las opciones separatistas como de lo que yo he venido llamando el “sano patriotismo democrático español”, por la sencilla razón de que no creen tampoco en este último (o, al menos, eso es lo que he entendido yo). Es en este punto, precisamente, donde pienso que está la discrepancia fundamental entre su postura y la mía: en la parte afectiva e ideológica del problema que yo veo útil e incluso necesaria en la actualidad, aunque no la considere fundamental si estuviésemos en otra coyuntura de mayor normalidad política y social.

Yo querría hacerles ver que para defender a España hoy día —o al sistema político que ésta representa, si prefiere esa perífrasis— ya no basta sólo con acudir a los instrumentos políticos y dejar hacer a los separatistas, sino que es necesario algo más. Verá; preguntaba usted en una de sus anteriores intervenciones: «¿Por qué creen que los nacionalistas nunca plantean la cuestión en términos estrictamente políticos?». Y yo me atrevería a contestarle: pues porque todavía no los tienen del todo a su favor, ya que aún se hallan en la primera fase de su ofensiva rupturista: la ideologización de sus respectivas sociedades (de todas formas eso de que no lo hacen es bastante subjetivo, pues yo creo que combinan hábilmente sus armas de ataque, pero bueno…). Ahora bien, no dude usted que cuando el deseo de independencia, por ejemplo, se haya convertido en la aspiración de una mayoría de la población, por mínima que ésta sea, en regiones como Vascongadas, Cataluña o Galicia, entonces los líderes separatistas no tardarán en golpearnos también con esos términos políticos de los que usted habla. ¡Pero hombre, si lo están haciendo ya y todavía no tienen todas las cartas ganadoras en la mano! Y para entonces, me temo, ya sí que no tendremos nada más a qué aferrarnos y ninguna base desde la que poder argumentar contra ellos. En este sentido, tiene razón Lola cuando en su último mensaje afirma que a un independentista nunca se le convencerá apelando a la democracia y a la justicia de nuestras leyes. Se opondrá a ellas, y cuando vea que no tiene otra solución para seguir adelante por que le estorban —como ya está ocurriendo— sencillamente las incumplirá. Es cierto que, entonces, habrá que aplicárselas en todo su alcance y vigor —de hecho es lo que debería ocurrir, aunque no ocurre—, pero ya tendrá ahí el siguiente argumento al que asirse para gritarle a sus prosélitos: ¡ved cómo nos oprimen en el Estado Español! ¡Ved que no hay libertades! ¡Ved lo necesario que es independizarse!

Por otro parte, ¿cómo cree usted que los separatistas han conseguido ir imponiendo la idea de que sus respectivos proyectos nacionales son una realidad semptiterna que se ha visto sojuzgada a lo largo del tiempo? Pues, en primer lugar, porque han sabido manejar con habilidad el lenguaje destacando lo que deseaban y silenciando lo que era molesto: me limito a recordarles la omnipresente paráfrasis “Estado español” que emplean hasta la saciedad para evitar decir “España” (lo paradójico del tema es que se trata de una denominación acuñada por el Franquismo). En segundo lugar, manipulando nuestra Historia común para enseñar a las nuevas generaciones de potenciales separatistas sólo aquella parte de la misma que les interesa que conozcan. ¿Con qué piensan, si no, que han sido y están siendo amamantados los futuros miembros activos de esas sociedades en las que gobiernan los separatistas, sino con una historia particularista envenenada, victimista y llena de odio hacia la idea de España? Con ambos instrumentos, repito, los nacionalistas periféricos han conseguido enterrar en el desván del olvido la idea de “nación española” hasta el punto de hacer creer a muchas personas —y no hablo sólo de los habitantes de Vascongadas, Cataluña, Galicia, Valencia, Baleares…— que ésta no ha existido nunca, a no ser en los delirios de Franco y de cuatro fachas nostálgicos y recalcitrantes; es decir, hasta lograr imponer la falacia ahistórica que algunos denominan la “España plurinacional”.

Pues bien, como ya ha pasado suficiente tiempo, como tenemos perspectiva de sobra, como hemos sido todo lo comprensivos que se podía ser y como se ha comprobado que no hay nada más que hacer —porque el independentismo es insaciable— creo que ha llegado la hora de adoptar otras medidas, al margen de las estrictamente políticas. Basta ya de asepsia democrática. Una de las ideas que más le gusta manejar a Rosa Díez es la de que resulta necesaria más “pedagogía democrática”. Y yo estoy de acuerdo con ella; pero creo que además debemos ir un poco más allá y empezar a hacer también “pedagogía de España”. Es necesario concienciar ideológicamente a las nuevas generaciones (y a las actuales, si ello fuera posible), enseñándoles lo que es y ha sido nuestro país (con sus virtudes y sus defectos) y de tener exquisito cuidado con el lenguaje (sí, volvemos a lo mismo). Es decir: enseñando una Historia lo más ajustada posible a la realidad de los hechos (que no es, ni por asomo, la que dibujan los separatistas en sus delirantes sueños). Y todo ello, no con la intención de enfrentarnos a librazos los unos con los otros, sino con el único e ineludible objetivo de homogeneizar siquiera un poco esta sociedad nuestra, enferma de particularismo. Pero quizá se preguntará usted: ¿entonces, lo que Alberich está propugnando no es más que un soez adoctrinamiento de nuestra población (especialmente de los niños)? Hombre, si lo plantea en esos términos tan crudos y negativos… Yo creo que la ideología no tiene por qué encerrar el componente peyorativo que usted parece atribuirle en su mensaje cuando dice de ella que es metafísica, sentimentaloide y acrítica. Al fin y al cabo, la interacción del hombre con el mundo se hace a través de ideologías, que no sólo son políticas, sino también religiosas, culturales, morales, etc. Todo depende de los valores que se pretenda inculcar con ellas. Al fin y al cabo es eso, ideologizar, lo que se ha venido haciendo con la Historia desde sus inicios. Y es lo que se hace aún en muchos países democráticos cercanos a nosotros: Francia, Gran Bretaña, EE. UU, Italia, Alemania, etc. Y no parece que les vaya tan mal.

Y voy concluyendo: ¡Madre, mía! ¡Qué bárbaridad! ¡Es nombrar los sentimientos… y cómo se pone usted! Si lo llego a a saber ni miento a la bicha. Vamos a ver, Francisco, ¿pero ha leído entero mi último párrafo? ¡Porque es que me lleva las cosas a un extremo que…! Creo yo que de mi fugaz referencia a los escritores noventayochistas sólo ha entendido lo que le convenía, y además lo ha convertido en categoría quasi axiomática de mi manera de pensar. Y eso que yo creía que no habría problema alguno en comprender que si los tomaba como ejemplo era porque fueron, por encima de cualesquiera otros de los españoles, los que más han reflexionado sobre el problema de España, tanto poética como políticamente. Desde este punto de vista, me parece que ha descontextualizado usted bastante mi referencia a ellos, sin tener en cuenta el contexto en el que estaba incluida. Para empezar, no deseaba dar la impresión de que soy un proteccionista de la cultura española, que es la imagen que transmite usted de mis palabras. Yo también prefiero a Bach, a Verdi o a Wagner antes que a Cabezón, a Albéniz o a Chapí; y a Shakespeare antes que a Lope de Vega o Calderón. Me gusta más Roma que Madrid; sin embargo prefiero el buen jamón ibérico (preferiblemente de bellota, claro) a cualquier plato cocinado del mundo que se me pueda ofrecer. Por cierto, con lo de Schubert estoy de acuerdo, pero no así con lo de Vermeer o Kafka.

Al margen de las bromas, pensaba que al hacer esas referencias a los autores del 98 iba a quedar lo suficientemente claro que estaba haciendo un guiño
poético desde el subjetivo albero de los sentimientos, que son exclusivamente míos, y no un elemento racional para el análisis del problema. Sólo pretendía contraponer dichos sentimientos al utilitarismo o pragmatismo de que hace gala Ignacio cuando habla de España como patria, lo que no significa que tratara de convertir este recurso retórico-poético en categoría imperativa de mi argumentación. Usted, sin embargo, Francisco, se me ha “subido a la parra” y me bombardea dialécticamente hablando de preferencias culturales, de si uno se cree más o menos español por esto y por lo otro, de si hay que difundir la cultura porque sea buena y de calidad y no por el hecho de que sea española… En fin, de cosas a las que yo no me he referido ni por asomo y en las que estoy de acuerdo con usted.

S(cordiales)DEN.

7:33 PM  
Blogger Francisco Sianes said...

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10:07 PM  
Blogger Francisco Sianes said...

Alberich,

Me temo (y se lo digo con la mejor intención posible) que estamos manteniendo un diálogo de sordos.

Usted siente que yo lo malinterpreto y yo siento que usted me malinterpreta.

Brevísimamente: cuando pregunto "¿soy por eso menos español?" no sostengo que usted haya argumentado en esos términos, es una pregunta retóricapara apoyar mi discurso; cuando hablo del discurso "metafísico, acrítico y sentimentaloide" me refiero al ultranacionalista y alerto contra la posibilidad de que los no nacionalistas se contagien del mismo: ¡no que esté usted contagiado! La mayoría de mis argumentos no los planteaba como opuestos a los suyos, sino a los de un imaginario interlocutor al que tratara de refutar. Quizá debí aclararlo.

A ver: en el diagnóstico estoy casi milimétricamente de acuerdo con usted. No así en la terapia.

Dice usted (y le aseguro que no intento sesgar sus mensajes): "creo que ha llegado la hora de adoptar otras medidas, al margen de las estrictamente políticas. Basta ya de asepsia democrática".

Digamos que yo me siento a gusto en esa asepsia, siempre que la entendamos como libre de delicuescencias sentimentales. Usted me dirá que no se trata de eso. Perfecto.

A lo que importa: yo no rechazo "la concienciación ideológica". ¡Pero si es lo que llevo defendiendo desde el principio! ¿Es que la pedagogía democrática no es posicionamiento ideológico?

¿Qué hacer ante los desmanes nacionalistas? Me repito: "Frente a la estolidez de ciertas propuestas nacionalistas: el desvelamiento del disparate; ante la falsificación: las aclaraciones y la denuncia; ante la violanción de la legalidad: la ley."

Si estamos de acuerdo (creo)...

En lo que discrepamos en, por así decirlo, en la coloración sentimental de nuestras propuestas. Usted afirma que es bueno y democráticamente útil difundir el orgullo de ser español. Yo no creo que haya que animar a nadie a sentirse orgulloso o avergonzado de ser español, andaluz o vasco. Yo creo que hay que educar en valores democráticos: en la conciencia de que, como ciudadanos, tenemos derechos y deberes: en el respeto a las reglas del juego establecidas democráticamente.

Oiga: que Ibarretxe anima a la mitad de los vascos a conculcar la legalidad. Pues se aplica la ley. ¿Que eso redunda en un mayor victimismo? Se denuncia la estolidez de ese victimismo. ¿Que aun así redoblan sus anatemas? Pues mire: no hay más remedio que convivir con los botarates. ¿Eso lo va a solucionar una ínvitacíón a sentirse orgulloso de su españolidad? Sinceramente, no lo creo. Si hay solución a eso pasará por la difusión de la aséptica (?)pedagogía democrática, no por el juego de "yo tengo más motivos para sentirme orgulloso que tú". Si los nacionalistas se salen del marco legal: pues no habrá más remedio que aplicar la ley. "¡Pero es que se quejarán!" Igual que el ladrón se queja de que lo enchironen. Qué le vamos a hacer...

En suma, a mí no me duele tanto España como la decadencia de la cultura democrática: sean los enfermos "nacionalistas", "españolistas" o trapecistas.

E insisto: ni me la suda ni me pone España. Ni siquiera sé muy bien qué argumento político hay debajo de esos discursos.

No es por dar zanjada la conversación; pero creo que es muchísimo más lo que nos une que lo que nos diferencia.

(Esto último me ha quedado muy borbónico)

Un cordial saludo.

10:12 PM  
Blogger Francisco Sianes said...

¿La próxima le damos -en el sentido de "hablamos de", que no está la cosa para malas interpretaciones- al ejército, Lola?

10:16 PM  
Blogger Alberich el Negro said...

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2:07 PM  
Blogger Alberich el Negro said...

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2:17 PM  
Blogger Alberich el Negro said...

Querido Francisco, sólo una matización (por la que le ruego que no me considere un tiquismiquis):

«¿Eso lo va a solucionar una invitación a sentirse orgulloso de su españolidad?».

Es que yo no he dicho que nos limitemos a levantar la voz diciendo lo orgullosos que estamos de nuestra españolidad y se lo gritemos más alto a los nacionalistas. Es decir, no propongo crear un Aberri Eguna español que oponer al vasco. Lo que digo es que resulta necesario hacer lo posible para conseguir que sea la mayor parte de españoles quienes se sientan cómodos (e incluso orgullosos) de su españolidad (lo que, me temo, hoy día no es así). Ya sé que es difícil, ya (incluso imposible); pero las utopías… El problema de todo esto reside en el exacerbado particularismo que se ha ido desarrollando en nuestro país desde hace tiempo (incluso siglos); ya lo señaló acertadamente Ortega en su España invertebrada. Por eso, si no se consigue infundir mediante la educación ese hálito afectivo al que yo me refiero —al margen, por supuesto, de los valores democráticos y de convivencia—, es que siempre va a haber alguien (y no me refiero a una o dos personas) que utilice esa carencia en beneficio propio para llenar dicho hueco con sus particulares mensajes sentimentales y sus llamamientos a la fundación de nuevas patrias. Insisto: lo ideal, en mi opinión, es luchar con todas las armas que tenemos a mano; y entre éstas están no sólo los valores democráticos —que son, ciertamente, los esenciales en toda esta cuestión, y que además tenemos de nuestra parte—, sino también los afectivos (que contribuirían a fortalecer aquéllos). Dice usted que si siguen existiendo nacionalistas pues habrá que soportarlos y convivir con ellos: cierto, no nos queda otro remedio; pero es que mi aspiración suprema es que haya cuantos menos mejor. Porque precisamente de los nacionalismos vienen, en mi opinión, la mayoría de los más graves y molestos problemas que nos acucian; problemas que impiden a España prosperar como se merece.

No obstante, como veo que estamos esencialmente de acuerdo en el diagnóstico de la situación —pese a los matices que usted ha señalado— le tomo la palabra y cierro este fructífero y agradable intercambio de opiniones, que puede terminar convirtiéndose en un diálogo no ya de sordos, sino de besugos. Confiemos, sólo, en que España no salga herida de muerte tras este último embate. Para ello es esencial, en mi opinión, que el veleidoso, lábil e indigno presidente que nos gobierna no vuelva a asumir, tras las próximas elecciones generales, el cargo que ahora ostenta. Pero ya veremos…

S(muy cordiales)DEN.

2:22 PM  

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