Wednesday, October 24, 2007

Momix

Me han hecho recordar a Cortázar y su pez fosforescente:

...yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.

Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos…

Tuesday, October 23, 2007

Eso que llaman valor

Estas palabras de Arcadi:

En este vídeo destaca el desentendimiento del muchacho que contempla de reojo la escena, por si alguna hostia acabara correspondiéndole. Parece un cobarde, desde luego, pero lo que hay dentro sólo él lo sabe. Probablemente no pensó que media España (entre ella sus parientes, sus amigos, y tal vez su novia) estaría opinando ahora sobre su valor. El criminal tampoco pensó que acabaría en la cárcel. Las cámaras de seguridad que tanto disgustan a la izquierda orwelliana. A mi juicio, confortablemente sentado frente a un cielo que se abre con un excelente buen gusto, administrada una rebanada de pan recién horneado con aceite de Nicolás y otra untada con mantequilla y mermelada de albaricoque, bebido a grandes sorbos plácidos el primer nespresso y ya pensando en el segundo, cuando llegue mi mujer de sus primeras labores, en mi opinión, sostengo, dada una escena así, hay que levantarse e ir hacia el criminal resignada, inexorablemente, pensando en el marrón que a uno le ha caído, en la mala suerte, en por qué me apresté a correr si el tren ya se iba, en que quizá lleve una navaja y preparándolo, y al fin como un toro ciego que no tiene más remedio que embestir y embiste.

Eso mismo, exactamente, he pensado yo esta mañana, pero ¿cómo decirlo? sin el tonito y sin tantas mermeladas. Y mucho más preocupado por lo que a mi juicio más importa: ¿habría sido capaz? (tiendo a pensar que el valor es una cuestión meramente física, me imagino que me quedaría congelado, pero no he tenido ocasión de probar).

Monday, October 15, 2007

Patria, o sea

Las palabras de Paolo se acomodan bien con mi modo de pensar y sentir en estas cuestiones. En circunstancias normales uno aceptaría esa definición de patriotismo con toda su imprecisión y ejercería de español relajada y esporádicamente, como ha venido haciendo; pero estas no son circunstancias normales: se nos ha planteado un reto y conviene responder de la mejor manera. El nacionalismo separatista ha logrado una posición de poder importante, si no definitiva, y muestra sus cartas abiertamente para lo que tiene toda la pinta de ser un final de partida. Es momento (al menos para los que creemos en una cierta exigencia de rigor intelectual) de depurar los argumentos propios y blindarlos, de renunciar a aquello que no funcione y que por pereza no hubiéramos cuestionado nunca.

Mirando al arsenal del oponente vemos (hemos visto siempre) lo endeble de sus apelaciones a supuestas esencias, la trampa evidente de sus apriorismos, el abuso de los elementos sentimentales, la confusión entre público y privado: ¿vamos entonces a jugar a ese juego? Creo que son ganas de salir escaldado. Los sentimientos de pertenencia son libres e individuales, y no dependen (no dependen en absoluto, créanme, es importante que se acepte eso) de la veracidad de las interpretaciones históricas o las lecturas de hechos actuales en que se basen o digan basarse. Contraponer un patriotismo a otro, exhortar al orgullo patrio es perfectamente inútil para quien pone esos sentimientos en una patria distinta. Laporta pide a sus jugadores que no se desgasten defendiendo camisetas de patrias que se la sudan, pero les exigiría hasta la última gota de sudor por la única en la que cree: eso es irracional, ¿creen que Laporta no lo sabe? Ocurre que él y los que son como él se encuentran a gusto en el terreno de la irracionalidad.

Estimo más conveniente, en lugar de oponer unas banderas a otras, sacarlas a todas (sacar las esencias, la historia, los vínculos afectivos) del tablero. No porque no existan, sino porque no valen, ya no. Ofrecer en cambio, frente a la aldea excluyente, una patria laica en la que se puede vivir sin sentirla como propia (y no creo que haya que inventarla, creo que mi patria es ya así, una madre moderna y despegada frente a las bernardas alba que amamantan de negra leche a maulets y gudaris), y convencer a los convencibles, que alguno habrá, de que entre dos opciones siempre será mejor la que no excluye a la otra. Desde esa perspectiva he defendido el componente liberador del famoso me la suda. Encuentro que es una fórmula excelente para replantear el juego, y si me obliga a meter mis propios sentimientos en la nevera, pues ahí los pondré.

Sostiene Paolo que sin la llamada a un proyecto común, sin un mínimo de vínculo sentimental a la idea de España el juguete se nos deshará entre las manos. Y puede que así sea, pero entonces, ¿qué vamos a hacerle? Si hay ciudadanos que no creen en el proyecto común, si hay compatriotas nuestros que quieren, en la acertada fórmula de Dion, convertirnos en extranjeros, no los vamos a hacer cambiar a banderazos. Sólo se puede insistir en que aquí cabemos todos mientras que en las patrias que ellos quieren sobra la mitad, sólo queda afirmarse en la ley vigente y no aceptar nada que no pase por los mecanismos previstos.

Discrepo por otra parte de Berlín Smith (con respeto), y del PSOE actual (con acendrado desprecio), en la idea de que haya que cambiar el sistema para responder a este reto. El sistema ya está diseñado para ello, es un sistema extraordinariamente atento a las sensibilidades nacionalistas y funciona con un grado cero de opresión identitaria. A quien proteste debería bastar con remitirle al reglamento; el problema (pero eso ya lo sabemos, no hace falta insistir) es que nuestro gobierno ha dejado de creer en el reglamento.

Thursday, October 11, 2007

Contra el doblaje

De cómo un rostro agradable sin más pasa a ser una mujer fabulosa por obra y gracia de una voz insoportablemente sexy.

Saturday, October 06, 2007

Libros como este...

... son los que les dan ganas a uno de ceder los trastos. El rastro, de Ramón Gómez de la Serna, no es otra cosa que una descripción desplegada en libro, un procesar continuo de la realidad por el doble filtro de una mirada y un lenguaje personalísimos, que empieza en un punto y acaba en otro por pura necesidad convencional pero podía prolongarse indefinidamente en ambos sentidos. Sorprende, por lo bien hecho que está, que lo escribiese el autor a los 23 años, y sobre eso escribe Trapiello en el prólogo cosas muy puestas en razón. A los efectos de este comentario el dato sólo añade pasmo a la envidia reconcentrada de este no escritor que no teniendo qué narrar ha puesto su afán más empeñado en describir partes del mundo.

Corto por un punto cualquiera la cinta que va pasando, ininterrumpidamente tachonada de luces:

Muebles requetedorados: con ese dorado de un brillo imitativo, terroso, falso, insoportable, encubridor, causante de algo así como el mal de ojo… ¡Y junto a ellos la intención de estos revendedores rebosa de ese oro chanchallero y lentamente, con esa lujuria obcecada de los espontáneos pintores de muebles, locos con su gran brocha y su gran porte, seguirán dando hasta el delirio una mano de oro a todo, consiguiendo que no se vea nada de lo que encubren así, cegada la vista, repugnada, arredrada ante la indignidad irreparable de ese oro obscuro y guarro… ¡Oh, el amaneramiento de color, el rebuscamiento repugnante del oro mate de estos pintores!

Lo que daría uno por enfilar así ristras de cinco adjetivos; la opulencia, el disponer sobrado de los recursos y a la vez la precisión (porque no es acumular por acumular, sino que ese brillo es imitativo y es terroso y es falso y es insoportable y encubridor); y el quiebro en lentamente, que uno espera un segundo adjetivo tras chanchallero y en cambio la frase se disloca hacia un verbo que tarda dos líneas en asomar: sintaxis quebrada y nerviosa pero siempre correctísima por don superior de oído; y la eficacia (por colocación, por saberlo reservar y no gastarlo) del vocablo vulgar, agresivo, insustituible para acabar de repudiar ese oro que es guarro antes que ninguna otra cosa. Y además, oh dioses de la retórica, la libertad que hemos perdido, tan pudorositos los prosistas modernos, de exclamar cuando se nos venga en gana un ¡Oh! y quedarnos tan panchos.

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Friday, October 05, 2007

A la manera de

Me llega al correo el anuncio de un concierto (en una estupenda librería) de una banda de jazz llamada Hijos de Antonio Sánchez. Apenas me ha dado tiempo de entusiasmarme imaginando unos von Trapp a la española, la sonrisa de tranquilo orgullo, la lagrimilla asomando temblona por la esquina del ojo de un señor Sánchez necesariamente gordo y con bigote cuando leo los nombres de los músicos y son cada uno de su padre y de su madre. Y yo, ingenuo de mí, escribiendo ya mentalmente un post sentimental y conservador alla García Máiquez.