Monday, July 30, 2007

Identidades (I)

Berlin Smith propone, como alternativa al que llama nacionalismo melancólico, uno de sesgo liberal. Si el primero está atado indisolublemente al mito, a la reescritura de la historia y a la utopía identitaria (y está abocado por ello, si triunfa, al totalitarismo con distintos grados de dureza según el medio), el segundo vendría a ser un aséptico derecho a elegir sector público, no lastrado por debates sobre la historia o la identidad. Frente a los derechos inalienables de los pueblos previamente existentes, un derecho flexible a organizarse en la escala que mejor funcione. El referente de esta singular novedad sería Sala i Martí.

La primera objeción que se puede hacer a ese planteamiento es que no existe, o al menos no tiene manifestación conocida. Los partidos nacionalistas conocidos, atragantados como están de identidad, y con el trabajo que les ha costado inventarse una larga historia de agravios y opresiones, no creo que recibieran con mucho agrado eso del borrón y cuenta nueva. ¿Imaginamos a Mas renunciando a los mártires de 1714, a Ibarretxe talando el árbol de Guernica, a Carod ignorando la guerra Civil?

La segunda es que este nuevo nacionalismo, si existiera y se nos propusiera, sería poco creíble a no ser que renunciase a gran parte del programa político del viejo. ¿Cómo encajarían las políticas lingüísticas, y en general las de construcción nacional, en una propuesta liberal y no identitaria? Descartado, por apriorístico, el concepto de lengua propia, y enarbolada la bandera de la eficiencia, todo pasaría por reconocer la realidad y actuar en consecuencia. Si no hay público para los subtítulos en catalán, ¿por qué subvencionarlos? Si la gente etiqueta como le parece, ¿qué problema hay? Y más en general, ¿por qué habría de ser un objetivo político, en esta Cataluña refundada de cero, el que sus habitantes hablasen catalán? Me parece que estas cuestiones pueden ser una excelente piedra de toque para reconocer a las churras identitarias bajo piel de merina liberal. Y que pocos saldrían bien de la prueba (desde luego no Sala i Martí, furibundo identitario por lo que le leo).

Pero me interesa más la contradicción de fondo que mina el concepto desde dentro, y que no es otra que la cuestión del ámbito. Si existe el derecho colectivo a elegir sector público, ¿qué grupos, qué subconjuntos de un estado existente tienen ese derecho, y en virtud de qué? Recordemos que no vale mirar a la historia y que las esencias no existen, no nos vayan a tomar por melancólicos. Cualquier círculo arbitrariamente trazado en el mapa podría, en teoría, solicitar constituirse en su propio sector público y no habría nada que objetar si la idea tuviera mayoría dentro del círculo. Los trasvases de renta entre regiones son engorrosos, y poca gente hay que no se vea maltratada por ellos. Cualquier subconjunto al que le salga la cuenta a pagar estaría a priori interesado: Madrid, por ejemplo, sería una excelente candidata a elegirse a sí misma como sector público independiente, a ser posible prescindiendo de los pueblos más alejados que pagan pocos impuestos y requieren muchos servicios. Y ya puestos, mejor excluir a según qué barrios que nos salen por un riñón. Esto es una reducción al absurdo, se me dirá, algo que nunca iba a ocurrir. En la práctica sólo lo pedirían quienes lo vienen pidiendo. Ah, claro, pero lo pedirían en función de una supuesta identidad, de la creencia en que existe algo llamado pueblo catalán que es sujeto de derecho. Y eso habíamos quedado en que no valía.

Nuestro nacionalista no identitario rechazaría con firmeza, me imagino, ese apoyo vergonzante en el mito. El derecho se haría efectivo, diría, para una población cohesionada que lo reclamara. La reclamación crearía el ámbito, y no al revés. Interesante. ¿Cómo se detecta esa reclamación, cómo se evalúa, cómo, sobre todo, se delimita si no es apoyándose en una realidad previa? Es decir, si vamos a hacer una ley que permita a los subconjuntos del estado elegir sector público, ¿qué condiciones vamos a poner para identificar a esos subconjuntos? A mí no se me ocurre ninguna respuesta.
(No es casualidad que los casos de reivindicaciones nacionales más comprensibles, los que despiertan simpatías y apoyos internacionales sean los que parten de una situación de opresión. Porque es la opresión la que crea esa entidad antes abstracta, de la misma manera que es la maldición fallida de Voldemort la que convierte al bebé Potter en el elegido para acabar con él. El pueblo kurdo, judío, kosovar no existían como tales hasta que un dedo los señaló como carne de matadero, delimitando con claridad, con la espantosa claridad de los verdugos, quién es pueblo y quién no. Ni tampoco es casualidad que los estados surgidos de una de esas reivindicaciones resulten ser melancólicamente esencialistas en sus fundamentos y tiendan a reproducir, con su población no identitaria, el mecanismo perverso que les dio lugar).

Y por supuesto no veo en el nacionalismo real, existente, operativo ningún intento de responder a preguntas como esas. El nacionalismo real y existente tiene las respuestas muy claras: tiene mapas dibujados del territorio a independizar, y esos mapas no dependen de la situación administrativa actual ni de la voluntad contrastada de sus habitantes, sino que existen prefijados desde el principio de los tiempos, como existe el pueblo que los ha de habitar. Lo que veo en la práctica es el carro puesto delante de los caballos; veo políticas destinadas a construir un ámbito que ya está fijado en las mentes de los constructores, veo la fuerza de las instituciones trabajando para homogeneizar la población, hacer institucional y permanente la reivindicación excluyendo del espacio público a los que no reivindican. Cosas todas ellas que habrían de resultar aberrantes para nuestro nacionalista no melancólico.

¿Adónde quiero llegar? Me conformo con establecer aquí lo resbaladizo del terreno sobre el que esa opción teórica debería organizarse. El supuesto derecho a elegir sector público es en mi opinión una entelequia, puesto que no es predicable sin un sujeto concreto, y la designación del sujeto requiere la creencia previa en su existencia. Un bonito bucle sin solución ¿Qué lo mismo se puede predicar de los estados existentes? Sin duda, pero hay importantes diferencias que trataré en un segundo escrito.

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