Tuesday, July 31, 2007

Identidades (II)

Habíamos rechazado ese conjunto de pulsiones que resumimos como melancolía (el recurso al pasado, a los mitos, a la identidad) a la hora de definir un estado, y quedamos en examinar dónde deja eso a lo que algunos llaman nacionalismo español, o en general a la propia definición de los estados existentes. Es necesario, a poco coherente que se sea, establecer que lo que vale para lo pequeño ha de valer también para lo grande. Ninguna razón melancólica, ninguna mirada al pasado o recurso al pueblo primigenio nos servirá pues para defender la conveniencia de continuar como estamos. Caso contrario estaríamos entrando en una competición de esencias, hechos diferenciales, tradiciones milenarias o empresas históricas, y eso no tiene solución razonable.

(Resulta muy entretenido observar, no obstante, la ceguera selectiva que hace creer a nuestros nacionalistas que sólo ellos tienen de esas cosas. ¿Podrán imaginar siquiera las infinitas reverberaciones que tiene el crujido de un paso de palio al ser alzado bruscamente, el mundo de significados que encierra un diminutivo inhabitual, la elegancia antigua de las tapias encaladas y los suelos de barro, el frescor secreto de los patios con fuente? ¿de verdad quieren jugar a quién la tiene más grande? ¿con un andaluz?)

No, está claro que siempre habrá una tradición local a la que agarrarse, un sentimiento de pertenencia que enarbolar. Pero precisamente ahí está el error, en hacerle sitio a los sentimientos en lo que es mera organización. Sentimientos, como madre, tenemos todos. Y están muy bien, pero deberían ser irrelevantes. Nos costó mucho (les costó mucho a nuestros mayores) sacar la religión de la política para que ahora tengamos que tragar con estas otras religiones. Por eso creo que yerra Berlin Smith cuando nos pide a los partidarios de que España siga como está un discurso seductor, un imaginario que genere adhesiones. Eso sería jugar en el tablero nacionalista: mucho más interesante me parece la postura de Albert Boadella, que cuando le preguntaron por España en un coloquio dijo que España se la pelaba tanto como Cataluña. Eso sí es un programa moderno, un punto de partida sobre el que construir algo serio. Repitan conmigo: España me la pela. ¿No notan el alivio?

Esta mera afirmación, esta renuncia a seguir respirando aires tóxicos permite automáticamente desarbolar toda propuesta esencialista y sentimental. ¿Que no está cómodo, que no se siente usted querido? Y a mí qué me cuenta, váyase de compras. ¿Que se quiere divorciar? Tome, aquí están las instrucciones, mayoría de tanto y tanto en el congreso, modificación de la CE, referéndum, etc. ¿Que quiere cambiar las reglas para cambiar las reglas? A mí me valen así: convénzame o busque una mayoría.

Pero empezamos aceptando (con mil reticencias) la posibilidad de una propuesta de secesión no basada en la melancolía, y se quedaría esto un poco cojo si no le opusiéramos algún argumento. Aceptaremos para eso invertir la carga de la prueba: comprobado que una propuesta así no tiene fundamento sólido, supongamos que de todos modos nos la hacen y tenemos que contestar. Mire usted, nos dirían, a mí también me la suda Cataluña tanto como Sajonia-Coburgo, pero he echado mis cuentas y me sale mejor organizarme solo. La primera respuesta será, claro, que votemos en forma y regla. Pero como mi voto va a ser negativo deberé dar cuenta de él. Deberé dar, en otras palabras, mis razones para defender el statu quo.

Una de ellas, y con esa habría de bastar, es que a mí no me viene bien. Si el argumento es la conveniencia, tengo claro que España está mejor con Cataluña que sin ella, y no veo por qué había de avergonzarme ese enfoque práctico si no les avergüenza a ellos. Me parece muy importante combatir las falsas percepciones sobre esta para mí evidente simetría. Si usted trata de segregarse por conveniencia, está en su derecho; si yo trato de impedirlo por conveniencia, soy un opresor. Pues mire, no.

Otras razones, de más calado si se quiere, tienen que ver con el principio de realidad. Cayendo en el vicio de la autocita, voy a rescatar un comentario que dejé en Noches Confusas:

De todos modos sí que existe una cosa que es España, y sí que se puede apelar a la historia para encontrarla, aunque no de la manera que quieren los melancólicos. Simplemente España es un hecho, Portugal es un hecho, Cataluña no lo es y Euskadi tampoco. Las naciones, pongamos, no existen, o al menos no existen como realidades previas independientes e inmutables. Las naciones son unos peculiares objetos que se han ido haciendo al existir, por la mera fuerza de la permanencia. Una nación no sería otra cosa que un nudo complejísimo y muy difícilmente desanudable de relaciones de todo tipo entre sus ciudadanos, relaciones más intensas, continuas y singulares que las que las que se puedan tener con ciudadanos de otras naciones. Portugal se independizó e inició un camino. ¿Era una nación en ese momento? No lo sé, ni me importa, pero sé que lo es ahora porque recorrió ese camino como estado independiente, porque tuvo una relación privilegiada con Inglaterra que nosotros no, porque manejó unos territorios coloniales diferentes de los nuestros, porque en sus universidades se enseñaron unas cosas distintas (otras iguales, claro), porque cuando nosotros nos estábamos asesinando unos a otros en el 36 ellos nos miraban con lástima y distancia, porque cuando llegó la tele ellos tuvieron la suya y nosotros la nuestra. Y por esa misma causa Cataluña no es una nación, porque no ha hecho todo ese camino sola sino con nosotros.

Pues bien, entre los hilos de ese nudo hay algunos que suponen obligaciones mutuas, y esa es la principal razón de que uno se oponga en principio a estas separaciones tan pero tan indoloras. Estamos juntos en esto desde hace muchísimo tiempo, y no hay contable tan fino como para ajustar qué debe quién a quién. Contamos unos con otros, venimos contando unos con otros desde hace siglos. Los repartos de papeles son inevitables, y la planificación económica territorial (si es que hay de eso) cuenta con unas magnitudes, unos recursos, unas posibilidades y unas demandas que de repente se alterarían. Si hubiera sabido esto no me habría metido a comprar un chalet; si la frase tiene sentido en boca de un marido abandonado, cuánto más en el caso que nos ocupa. Cómo va a ser gratis, hombre, cómo va a ser un derecho, cómo se va a hacer en dos días. Las inercias a favor del statu quo son gigantescas por más que no salgan en prensa agitando banderitas. Me parece un disparate ignorarlas.

Por eso era falaz la astuta pregunta que hacía Sala i Martí a Josep Piqué: si usted tuviera la certeza de que la independencia resultaría beneficiosa para Cataluña, ¿seguiría oponiéndose a ella? Si el miedo a perder votos no fuera un factor decisivo, la respuesta debería haber sido: sí, porque seguramente no sería beneficiosa para España en conjunto; nosotros formamos parte de ese conjunto y no podemos ignorarlo así como así: pregúntese mejor si la permanencia en España es perjudicial para Cataluña, si existe una necesidad objetiva de separarse para evitar un grave daño.

Y a modo de estrambote diré que no estoy hablando sólo de dinero: en el caso vasco una única razón me impediría votar que sí con alborozo a perder de vista ese miembro podrido; una razón importantísima que tiene que ver con deberes mutuos: por más que me pese no puedo olvidarme del deber de no abandonar a su suerte a un buen número de compatriotas que al día siguiente de la independencia serían pasados por la piedra.

Monday, July 30, 2007

Identidades (I)

Berlin Smith propone, como alternativa al que llama nacionalismo melancólico, uno de sesgo liberal. Si el primero está atado indisolublemente al mito, a la reescritura de la historia y a la utopía identitaria (y está abocado por ello, si triunfa, al totalitarismo con distintos grados de dureza según el medio), el segundo vendría a ser un aséptico derecho a elegir sector público, no lastrado por debates sobre la historia o la identidad. Frente a los derechos inalienables de los pueblos previamente existentes, un derecho flexible a organizarse en la escala que mejor funcione. El referente de esta singular novedad sería Sala i Martí.

La primera objeción que se puede hacer a ese planteamiento es que no existe, o al menos no tiene manifestación conocida. Los partidos nacionalistas conocidos, atragantados como están de identidad, y con el trabajo que les ha costado inventarse una larga historia de agravios y opresiones, no creo que recibieran con mucho agrado eso del borrón y cuenta nueva. ¿Imaginamos a Mas renunciando a los mártires de 1714, a Ibarretxe talando el árbol de Guernica, a Carod ignorando la guerra Civil?

La segunda es que este nuevo nacionalismo, si existiera y se nos propusiera, sería poco creíble a no ser que renunciase a gran parte del programa político del viejo. ¿Cómo encajarían las políticas lingüísticas, y en general las de construcción nacional, en una propuesta liberal y no identitaria? Descartado, por apriorístico, el concepto de lengua propia, y enarbolada la bandera de la eficiencia, todo pasaría por reconocer la realidad y actuar en consecuencia. Si no hay público para los subtítulos en catalán, ¿por qué subvencionarlos? Si la gente etiqueta como le parece, ¿qué problema hay? Y más en general, ¿por qué habría de ser un objetivo político, en esta Cataluña refundada de cero, el que sus habitantes hablasen catalán? Me parece que estas cuestiones pueden ser una excelente piedra de toque para reconocer a las churras identitarias bajo piel de merina liberal. Y que pocos saldrían bien de la prueba (desde luego no Sala i Martí, furibundo identitario por lo que le leo).

Pero me interesa más la contradicción de fondo que mina el concepto desde dentro, y que no es otra que la cuestión del ámbito. Si existe el derecho colectivo a elegir sector público, ¿qué grupos, qué subconjuntos de un estado existente tienen ese derecho, y en virtud de qué? Recordemos que no vale mirar a la historia y que las esencias no existen, no nos vayan a tomar por melancólicos. Cualquier círculo arbitrariamente trazado en el mapa podría, en teoría, solicitar constituirse en su propio sector público y no habría nada que objetar si la idea tuviera mayoría dentro del círculo. Los trasvases de renta entre regiones son engorrosos, y poca gente hay que no se vea maltratada por ellos. Cualquier subconjunto al que le salga la cuenta a pagar estaría a priori interesado: Madrid, por ejemplo, sería una excelente candidata a elegirse a sí misma como sector público independiente, a ser posible prescindiendo de los pueblos más alejados que pagan pocos impuestos y requieren muchos servicios. Y ya puestos, mejor excluir a según qué barrios que nos salen por un riñón. Esto es una reducción al absurdo, se me dirá, algo que nunca iba a ocurrir. En la práctica sólo lo pedirían quienes lo vienen pidiendo. Ah, claro, pero lo pedirían en función de una supuesta identidad, de la creencia en que existe algo llamado pueblo catalán que es sujeto de derecho. Y eso habíamos quedado en que no valía.

Nuestro nacionalista no identitario rechazaría con firmeza, me imagino, ese apoyo vergonzante en el mito. El derecho se haría efectivo, diría, para una población cohesionada que lo reclamara. La reclamación crearía el ámbito, y no al revés. Interesante. ¿Cómo se detecta esa reclamación, cómo se evalúa, cómo, sobre todo, se delimita si no es apoyándose en una realidad previa? Es decir, si vamos a hacer una ley que permita a los subconjuntos del estado elegir sector público, ¿qué condiciones vamos a poner para identificar a esos subconjuntos? A mí no se me ocurre ninguna respuesta.
(No es casualidad que los casos de reivindicaciones nacionales más comprensibles, los que despiertan simpatías y apoyos internacionales sean los que parten de una situación de opresión. Porque es la opresión la que crea esa entidad antes abstracta, de la misma manera que es la maldición fallida de Voldemort la que convierte al bebé Potter en el elegido para acabar con él. El pueblo kurdo, judío, kosovar no existían como tales hasta que un dedo los señaló como carne de matadero, delimitando con claridad, con la espantosa claridad de los verdugos, quién es pueblo y quién no. Ni tampoco es casualidad que los estados surgidos de una de esas reivindicaciones resulten ser melancólicamente esencialistas en sus fundamentos y tiendan a reproducir, con su población no identitaria, el mecanismo perverso que les dio lugar).

Y por supuesto no veo en el nacionalismo real, existente, operativo ningún intento de responder a preguntas como esas. El nacionalismo real y existente tiene las respuestas muy claras: tiene mapas dibujados del territorio a independizar, y esos mapas no dependen de la situación administrativa actual ni de la voluntad contrastada de sus habitantes, sino que existen prefijados desde el principio de los tiempos, como existe el pueblo que los ha de habitar. Lo que veo en la práctica es el carro puesto delante de los caballos; veo políticas destinadas a construir un ámbito que ya está fijado en las mentes de los constructores, veo la fuerza de las instituciones trabajando para homogeneizar la población, hacer institucional y permanente la reivindicación excluyendo del espacio público a los que no reivindican. Cosas todas ellas que habrían de resultar aberrantes para nuestro nacionalista no melancólico.

¿Adónde quiero llegar? Me conformo con establecer aquí lo resbaladizo del terreno sobre el que esa opción teórica debería organizarse. El supuesto derecho a elegir sector público es en mi opinión una entelequia, puesto que no es predicable sin un sujeto concreto, y la designación del sujeto requiere la creencia previa en su existencia. Un bonito bucle sin solución ¿Qué lo mismo se puede predicar de los estados existentes? Sin duda, pero hay importantes diferencias que trataré en un segundo escrito.

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Thursday, July 26, 2007

De lenguas pequeñitas e imposiciones

Para Mapuche

Aparte de otras muchas cosas, la serie Doctor en Alaska era un canto a la gran América que amamos, el país de la Libertad y las oportunidades, donde los destinos individuales están por escribir y la constitución garantiza el derecho a perseguir la propia felicidad.

Recuerdo un capítulo en que el joven indio cinéfilo (un talento como el de Orson Welles nacido en el sitio equivocado) toma conciencia de su cultura y su lengua. ¿Qué hace entonces Ed Chigliak? ¿Se afilia al Partido Nacionalista Tlingit? ¿Inicia una campaña para que los carteles de Cicely sean bilingües? ¿trata de presionar a Maurice para que la KBEAR emita en tlingit por las tardes? ¿Pretende de alguna manera obligar a sus conciudadanos a utilizar ese idioma?

No, señor. Decide doblar peliculas al tlingit. No pide subvenciones, no lloriquea para que lo hagan otros. Busca dinero, reúne a un grupo de actores, los embarca en el proyecto, consigue el equipo técnico y elige, para empezar, nada menos que El prisionero de Zenda, porque (tremenda ternura) no quiere encerrarse en la tradición local sino abrirse al mundo.

La serie no nos cuenta cómo acaba el proyecto, ni falta que hace. De estas cosas a mí no me interesa el éxito, sino la licitud moral. Cuando después de veinte años de imposiciones Jordi Pujol hace un llamamiento como este a sus conciudadanos, uno no tiene duda de dónde está el mal. Un mal pequeñoburgués y pacato si quieren, nada de camisas pardas y hogueras en la noche. Pero es el mal.

Monday, July 23, 2007

La censura, otra vez

De todas las tonterías que he podido leer hoy sobre el último episodio de censura, la más memorable es la de Hermann Tertsch, según el cual el gobierno habría ordenado el secuestro para que las imágenes se difundieran y así estimular a los votantes radicales antisistema (¿a que voten al gobierno secuestrador?). Pero me interesa más la generalizada aceptación del término injuria. ¿Qué tiene de injurioso la viñeta?. Si es porque le llaman vago, válgame dios, con ese rasero no quedarían ya periódicos. No me lo creo.

Si renunciamos por una vez a la hipocresía habremos de reconocer que lo escandaloso de la imagen es que aparecen desnudos y follando. Pero follar con la propia mujer con la intención de procrear no parece un desdoro para nadie, por lo que la figura de la injuria está de más. Cuando el rey fue cazado en pelotas tuvimos que verlo en la prensa italiana. ¿Eran injuriosas esas imágenes? Venga ya.

En fin, sea legal o no el secuestro (es decir, incurra o no en injuria el dibujito), lo que sí es a todas luces es vergonzoso y ridículo. Si la ley obliga a eso, cámbiese la ley pero ya. Cuando yo era pequeñito secuestraban el Cambio16 y se ponía todo el mundo con la vena del cuello hinchada gritando Libertad. ¿Qué nos ha pasado?