Thursday, May 31, 2007

Vértigo

Salgo de Cincoechegaray con un libro de estética hindú que me llevará sin duda a otras decenas de libros cuya existencia ahora mismo ignoro. Me paro en el escaparate de Áncora (por cierto, que Málaga sigue teniendo mil tabernas, pero no está nada mal de librerías) y anoto, sin agotar la lista, el Samuel Johnson de Boswell recién traducido (que me hace acordarme, por cierto, de que también están las memorias de Chateaubriand en la misma editorial), el Libro de los Pasajes de Benjamin (uno de esos libros que conozco sólo por su negativo, por la silueta que le dibujan, citándolo, los autores que más me importan), un novelón chino del XVIII que se compara a Balzac (pero apenas he leído a Balzac), y una edición nueva de Moby Dick (que leí de niño y seguramente abreviada), y los cuentos completos de Italo Svevo (que si son todos como Una burla riuscita resultarán imprescindibles), y un Dostoievski que no conozco (y sería hora de releer los Karamazov, por cierto)...

Wednesday, May 16, 2007

La tele, a veces

El mejor relato breve que se ha escrito jamás (acaso el mejor relato breve posible) no tiene autor conocido. Forma parte de la tradición árabe, y aunque de entre sus muchas versiones quería copiar, siquiera por cariño al personaje, la de Yalal Al-Din Rumi, creo que funciona mejor ésta más breve debida, dice Google, a la princesa Sherezade:

Un joven jardinero persa le dice a su príncipe:
—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana y me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por ventura, quisiera estar en Ispahan. El buen príncipe le presta uno de sus caballos.
Esa tarde, el príncipe ve a la Muerte y le dice:
—¿Por qué hoy en la mañana has hecho a mi jardinero un gesto amenazador?
—No fue un gesto amenazador —responde la Muerte—, sino un gesto de sorpresa. Pues esta mañana lo encontraba aquí, cuando debo reclamarlo esta noche en Ispahan.

Ahora lo están usando para un anuncio de televisión. Una mujer joven de gesto serio lo lee para la cámara, marcando muy bien los tiempos y los énfasis. Después inicia una explicación inevitablemente inferior al texto que se pierde en un fundido. El anuncio es de una editorial de libros de texto, y trata de establecer una complicidad con los profesores como mediadores entre libros y estudiantes. Me gusta imaginar el deslumbramiento de un chaval que, estando destinado a los libros, oye ese cuento por primera vez: el salto de un resorte interior, la certeza de estar ante una voz muy diferente a la de los tebeos o la propia tele. Así que esto, se dirá, es la literatura.

Porque la literatura, o al menos la variedad de que este texto es insignia, suena de modo inconfundible y produce un efecto casi físico, un cosquilleo en la boca del estómago que se atenúa con el tiempo pero no desaparece nunca del todo (y estoy por decir que nos pasamos la vida buscando reeditarlo). ¿Qué es lo que hay en esta breve construcción verbal que le ha dado tanto recorrido y la mantiene viva? No son las palabras exactas (no es un poema). La fabulilla se puede contar de muchas maneras, pero no de cualquier manera, y esa es la primera lección que aprenderá nuestro imaginario lector futuro: que una sabia dosificación de la información, un determinado ángulo, un orden concreto transfiguran los hechos narrados confiriéndoles un hechizo que se les superpone sin ocultarlos. El cuento no se repite, entonces, sino que se formula cada vez con ingredientes reconocibles: la velocidad, la sorpresa, los paralelismos... todo afinado y preciso, como un instrumento tallado con las puntas y hendiduras exactas para que se clave en la memoria y no salga, para que el eco tras la última palabra inicie un círculo infinito en la imaginación.

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Como terminar bien las evocaciones imaginarias sale gratis, decidimos que años después nuestro lector reconocerá el mismo fulgor en este arranque:

–¿Te ha sucedido alguna vez ver una ciudad que se parezca a ésta?, preguntaba una tarde Kublai a Marco Polo, asomando la mano ensortijada fuera del baldaquín de seda del bucentauro imperial, para señalar los puentes que se arquean sobre los canales, los palacios principescos cuyos umbrales de mármol se sumergen en el agua...

Monday, May 07, 2007

Mitford on Spain

Julia Radlett (trasunto novelesco de varias hermanas Mitford) está en la frontera de los Pirineos, ayudando en los campos de refugiados de los españoles. Un día cae en la cuenta (con la manera adorable e ingenua que tienen de caer en la cuenta estas niñas de familia) de que no hay duquesas españolas colaborando en el campo. ¿Cómo pueden –se pregunta- abandonar a su gente así? Los ingleses nunca dejaríamos en la estacada a nuestros compatriotas en un momento tan duro, aunque fueran de diferente partido político.

Y uno, qué quieren, siente una envidia enorme.

Sunday, May 06, 2007

El eterno retorno

La excusa para asomarnos una vez más a Brideshead es esta vez una alusión en The pursuit of love, la novela de Nancy Mitford que se ha editado hace poco en español. Mitford fue íntima amiga de Evelyn Waugh toda su vida (hay un epistolario largo y seguramente delicioso, que algún día haré por leer), así que hay que entender el certero puyazo como una muestra de esa mala uva que reservamos para los más queridos.

Linda Radlett vive alegremente en pecado con un crápula francés. Un día cae en la cuenta de que él es católico, y le pregunta extrañada que si su affaire no le supone ningún cargo de conciencia, si se confiesa de ello. Bah, le responde él, son pecadillos de la carne sin importancia. A ella eso le resulta rarísimo, porque:

En Inglaterra –dijo- los católicos se pasan la vida renunciando unos a otros. A veces es muy triste para ellos. Hay montones de libros ingleses que hablan sobre ello, ¿sabes?