Wednesday, March 14, 2007

Etiquetas

Siguiendo el sabio consejo de un lector me he puesto a colocar etiquetas por los archivos. Es un quebradero de cabeza mediano, con lo indeciso que soy (¿cine y televisión juntos o por su lado, para tres que hay de cada?), pero las ventajas son indudables. Y además hacía falta una limpieza, organizar, poner todo en el mismo formato.

Lo cierto es que en el trasteo estoy releyendo cosas que están muy bien, me atrevo a decir. Ahí a la derecha voy pegando las categorías, por si les apetece mirar. Vaya esto por la falta de novedades mientras siga enredado.

Monday, March 05, 2007

Shaken or stirred?

Hace unos meses, por mi mala costumbre de meterme en política, tuve un par de intercambios más bruscos de lo deseable y escribí un post que con intención conciliadora trenzaba un brindis con un par de pedanterías y la figura paternal del Presidente Bartlett como referencia de otro modo de gobernar. Me temo que el mensaje no llegó a sus destinatarios. Decidí entonces llevarme los temas políticos a un blog aparte para dejar este más libre de tensiones, pero como efecto colateral me quedó un runrún: la cuestión alcohólico-snob del Dry Martini no había quedado resuelta; de hecho me di cuenta de que me había armado un lío y estaba todo al revés (aquí, ya arreglado). Los que me conocen saben que soy lento como los elefantes y no menos que ellos memorioso y tozudo: he aquí el resultado tardío de mis averiguaciones.

Winston Churchill lo tenía claro. A la pregunta de qué proporción de Martini era adecuada respondió lo siguiente: yo lleno la coctelera de hielo picado y ginebra; la tapo, tomo la botella de Martini, la coloco encima de la mesa, vuelvo a tomar la coctelera y le doy un par de vueltas alrededor; guardo la botella, agito y sirvo. Las respuestas más ortodoxas oscilan entre cuatro y doce partes de ginebra por una de Martini. En cuanto a las marcas, es cuestión de preferencias y escuelas. Bombay Sapphire aparece en muchas listas, así como Gordon’s y Tanqueray. Últimamente he probado dos grandes ginebras, la Hendricks de no sé cuántas destilaciones y una vaga relación con el pepino, y una Tanqueray especial llamada Nº10. No encuentro que ningún autor distinga entre ginebras para combinado y para cóctel, así que como regla general la que nos guste para el gin-tonic valdrá. Los vermuts recomendados son los que a uno se le vienen a la cabeza: Martini, Cinzano, Noilly-Pratt... Como adorno flotante la aceituna gana por goleada al limón (con un porcentaje pequeño pero fijo para la cebollita del Gibson), si bien nadie hace de esto casus belli.

Lo que realmente divide a los bebedores en dos escuelas irreconciliables y motiva la redacción de este post es -al menos a partir de la publicación en 1958 de la novela Dr. No, de Ian Fleming- la manera de mezclar el cóctel. Como todo el universo sabe, Bond prefiere su Dry Martini shaken, not stirred. Como veremos esto está lejos de ser una verdad indiscutida, pero antes de pasar adelante es necesario fijar términos, puesto que la traducción más habitual (agitado, no batido) llama a engaño además de estar más o menos al revés. La otra que circula por ahí (mezclado, no agitado) consigue empeorarlo aún más. Dejando a otros la difícil búsqueda de una fórmula que suene bien en dos palabras, importa dejar claro que shake es agitar, sacudir la coctelera (aunque un milkshake es un batido nadie va a usar aquí la batidora, ¿verdad?), mientras que stir sugiere más bien darle vueltas con una varilla hasta que se mezcle, como hacemos con un gin-tonic.
La tajante y no razonada sentencia bondiana se opone a una anterior de Somerset Maugham, según el cual Martinis should always be stirred, not shaken, so that the molecules lie sensuously one on top of the other. La formulación, elegante pero vacía, no resistió al carisma de 007. Habrá que esperar muchos años hasta que otro personaje carismático de ficción cuestione a Bond en su terreno. El presidente Bartlett le explica a su ayudante Charlie que al sacudir se derrite el hielo, debilitando la mezcla, y que ello se evitaría precisamente utilizando una varilla larga para remover. Basically, dice refiriéndose a Bond, he’s ordering a weak martini and being snooty about it.
No tan aprisa, señor Presidente: el agua que se genera en la operación juega para ambos equipos. La escuela contraria sostiene que más bien resulta deseable (si no quisiera agua en la mezcla simplemente metería la botella de gin en el congelador, dice un experto armado de lo que parece sólido sentido común).

Por otra parte la temperatura es el principal argumento de los shakers, y es un argumento imbatible en sí mismo: al sacudirlo en la coctelera el líquido entra en contacto más íntimo con el hielo y se enfría más.

¿Qué les queda a los stirrers, entonces? Hay una teoría según la cual la ginebra se quema (bruises) con la fricción. En su versión más científica, la cosa se formula así: los aldehídos del alcohol, al sacudir con fuerza, se combinan con el oxígeno; esta oxidación es la que altera el sabor, haciéndolo más fuerte. Queda en cualquier caso a juicio del bebedor si para bien o para mal.

Y por otro lado una nimiedad, esta sí demostrable. El cóctel sacudido se presenta en la copa menos limpio, menos transparente que el meneado con varilla.

Así que, ¿Bond o Bartlett? Me temo que el lector tendrá que sacar sus conclusiones, lo cual obligará (oh, sacrificio) a repetidas pruebas de sabor, temperatura y aspecto. En las que por supuesto este no-escritor colaborará gustoso. A la salud de todos ustedes.


Aquí, todo lo que se necesita saber sobre el dry martini (con una salvedad: el autor atribuye por error el argumento del quemado al propio Bond, y por coherencia lo lía todo)
Próximamente, un clásico de mis archivos: la cuestión del té.

Sunday, March 04, 2007

Purezas

Titus Burkhardt, que estudió la civilización hispano-árabe con toda la pasión de que es capaz un estudioso alemán, acierta a condensar en un párrafo todo aquello que me parece más rechazable y errado en lo que se refiere a culturas, lenguas e identidades.

La lengua árabe es como el aliento vital del arabismo, posee un extraordinario poder creativo, que desborda ampliamente la influencia étnica de los árabes de sangre y que se debe tanto al hecho de ser el árabe la lengua sagrada del Islam como al de representar una de las lenguas más primitivas del tronco semítico y de hecho la más antigua que se conserva: los orígenes de la forma de sus palabras y la rica graduación de sus fonemas se remontan a los días de Abraham. Su conservación hasta el nacimiento del Islam se explica porque el nomadismo árabe, con su forma de vida prácticamente atemporal, ha conservado el legado lingüístico mejor que cualquier civilización citadina, donde las palabras están expuestas al mismo desgaste que las cosas y las ideas que expresan.
No da tiempo a recuperarse de un escalofrío y ya llega otro: las lenguas -y no las personas- tienen poder creativo, las formas más antiguas son siempre las más ricas, la vida es algo que empobrece y estropea. Y sobre todo la de las ciudades… Pues vivan las ciudades, joder, viva esa vida mestiza y enredosa, mezclada de dialectos y colores, que se inventa a sí misma cada día con lo que tiene a mano y no respeta padres fundadores ni legados míticos. Y líbrennos los dioses de apasionados sabios alemanes.