Monday, January 15, 2007

A tortas con Octavio Paz (I)

Un opinador que se precie tiene que oponerse de vez en cuando a la escala de valores oficial; yo soy bastante dejado en ese aspecto: puedo contar con los dedos de una mano los autores objetivamente valiosos (o al menos valorados) que no consiguen convencerme por razones que pueda yo construir y defender. Haberlos haylos, y tal vez otro día me ocupe de esa lista. Pero luego están los que me resultan invenciblemente antipáticos sin razón válida, y entre ellos ocupa un primer lugar Octavio Paz (y por razones parecidas su modelo ideal, Johann Wolfgang Goethe).

Esa impregnación de su papel en la Historia, esa convicción hinchada de la propia importancia, ese ejercer perpetua e infatigablemente de intelectual de altura. Y esa seriedad envarada, solemne, ridícula. ¿Cómo se puede tener una respuesta razonable a cada pregunta, una opinión matizada y construida sobre cada fenómeno posible, una posición firme ante cada conflicto? Y sobre todo, ¿cómo se puede creer de verdad que el mundo necesita todas esas respuestas opiniones posturas? Se me dirá que en el caso de Goethe esas presunciones se correspondían con la verdad. No digo que no. Seguramente sea uno de los diez seres humanos más dotados de todos los tiempos, si nos gustan esas clasificaciones. Y Octavio Paz, aunque no juegue en la liga de los Genios Universales, es una figura gigantesca se mire por donde se mire. Conocimiento enciclopédico, mirada universal, curiosidad insaciable. Una voz poética poderosa, una ambición formal sin límites; una prosa ensayística tersa, elegantísima, modelada en Ortega pero tal vez superior. Cuando uno lo critica es consciente de tirar piedras hacia arriba, hacia muy arriba. Pero por el amor de dios, jamás una ironía, nunca una flaqueza aceptada, un tema declinado por no poseerlo del todo. Al final de su vida era un mandarín, un oráculo, un ídolo animado de cuya boca salían sólo sentencias obligatoriamente memorables. Una caricatura, un espantajo.

Con Octavio Paz me ocurre además (aunque me imagino que será consecuencia, que lo leo con el cuchillo en la boca) estar en desacuerdo mucho más a menudo que con ningún otro. Con Chesterton tampoco estoy de acuerdo casi nunca, pero es un desacuerdo cariñoso, esperado por ambas partes, sin el cual no sería lo mismo. Lo de Paz es distinto, es de tirar el libro al suelo y bramar de irritación. Es que escribe de vez en cuando cada tontería, y se pone tan puesto para decirla...

… todo en la sociedad impide que el amor sea libre elección.

La mujer vive presa en la imagen que la sociedad masculina le impone; por lo tanto, sólo puede elegir rompiendo consigo misma (…)

El hombre tampoco puede elegir. El círculo de sus posibilidades es muy reducido. Niño, descubre la feminidad en la madre o en las hermanas. Y desde entonces el amor se identifica con lo prohibido. Nuestro erotismo está condicionado por el horror y la atracción del incesto. Por otra parte, la vida moderna estimula innecesariamente nuestra sensualidad, al mismo tiempo que la inhibe con toda clase de interdicciones (…). Estamos constreñidos a someter nuestras aficiones profundas a la imagen femenina que nuestro círculo social nos impone. (…) Incapaces de elegir, seleccionamos a nuestra esposa entre las mujeres que nos ”convienen”. Jamás confesaremos que nos hemos unido –a veces para siempre- con una mujer que acaso no amamos y que, aunque nos ame, es incapaz de salir de sí misma y mostrarse tal cual es. (…)

La sociedad concibe el amor, contra la naturaleza de este sentimiento, como una unión estable y destinada a crear hijos. Lo identifica con el matrimonio. (…) La estabilidad de la familia reposa en el matrimonio, que se convierte en una mera proyección de la sociedad, sin otro objeto que la recreación de esa misma sociedad. De ahí la naturaleza profundamente conservadora del matrimonio. (…) Y de ahí también que el amor sea, sin proponérselo, un acto antisocial, pues cada vez que logra realizarse, quebranta el matrimonio (…).

La protección al matrimonio implica la persecución del amor y la tolerancia de la prostitución, cuando no su cultivo oficial.

E così via....

A este no-escritor no lo ha llamado el señor por la senda del matrimonio. Con todas las cautelas, aguas de las que no beberé y curas que no son mi padre, me atreveré a decir que no me veo casado. Pero hay que estar muy ciego o muy trasquilado para no ver que el matrimonio es en general una cosa excelente, una fuente de felicidad en mucha mayor medida que de desgracia, la solución más natural y satisfactoria a las necesidades humanas, y que en no pocos casos estar casado es una maravilla. Yo no sé qué clase de gorgona tendría este hombre por esposa, pero habría que pedirle, a un intelectual de guardia permanente como él, un poquito más de distancia.

No voy a argumentar en contra, no vale la pena. Simplemente apelaré a dos ejemplos, dos buenos amigos blogueros que están bien casados y se les nota sin que lo tengan que decir: uno antiguo, Jesús y otro reciente, Enrique.