Tuesday, October 17, 2006

Brideshead una vez más

De un comentario hecho en casa de E.G. Máiquez (que tiene la buena costumbre de retornar a cada poco donde los Marchmain) ha brotado el inicio de lo que puede ser una conversación provechosa, o incluso de varias. Trataba yo, tras una opinión poco explicada, de deslindar entre, de un lado, nuestra reacción moral a lo que sucede en una novela, a las elecciones de sus personajes, al entramado ideológico que la sostiene, y de otro el juicio literario, el placer que la obra nos proporciona. Apunta don Enrique que eso daría para mucho, y no lo dudo. Pero antes de entrar en esa materia, o mientras le va entrando él si le viene bien, quisiera yo detallar mi rechazo moral a la tesis de la novela y explorar hasta dónde alcanza (si lo hace) a la materia literaria.

Hay un primer nivel de desagrado que creo puede compartirse desde posiciones religiosas también, y tiene que ver con la renuncia de Julia a la felicidad que tiene y merece en nombre de las absurdas, inhumanas y destructivas normas de conducta que se imponen los católicos. El ser humano es capaz de creer en cualquier cosa, incluso en un dios que pide algo así a sus criaturas, pero en ese caso la única postura moral, o la única reacción saludable si se quiere, sería rechazar a semejante tirano en nombre de todo lo que es bueno y santo. Las escenas de autoflagelación de una criatura hermosa, compleja y hasta entonces libre como es Julia se cuentan, en mi opinión, entre las más crueles que uno puede encontrar en cualquier novela.

Por la misma razón es antipático el empeño de la familia (y del autor) en que el viejo Lord Marchmain haya de arrepentirse de su vida pasada, de la maravillosa vida que le vimos orgullosamente llevar en Venecia, del amor largo e intenso que le ha acompañado hasta el final, de todo el placer y toda la pasión y toda la belleza. Si cruel nos resulta el sacrificio gratuito de Julia, no lo es menos la intromisión brutal en los últimos momentos de un pobre anciano sufriente, el abuso de la debilidad y el miedo que inevitablemente hemos de sentir al ver llegar la muerte, la falta de respeto (todo lo amorosa y bienintencionada que se quiera) por la voluntad libre y consciente claramente expresada cuando se podía. Y esa desproporcionada alegría por haberse apropiado del instante final, como si eso borrara toda la vida anterior, esa triste victoria sobre un moribundo. Encuentro más verdad, aun con el espejo deformante que le pone Clarín, en el lecho de muerte del pobre don Pompeyo Guimarán, el ateo oficial de Vetusta derrotado por los curas y por sus miedos, que en la muerte pretendidamente ejemplar de Lord Marchmain.

En cierto modo acierta el autor al elegir como pecados terribles de sus personajes precisamente aquellos que lo son sólo para los fieles: queda clara así la índole especial, no compartible con el resto de los humanos, de sus sufrimientos y éxtasis, de un modo que no habría sido tan rotundo si la conciencia del lord estuviera manchada de crímenes violentos, si Julia hubiera infligido un terrible dolor a terceros al unirse a Charles. Pero al deslindar con acierto esa experiencia moral única de sus personajes no puede evitar alejarlos de nosotros, de cualquier lector que no comparta sus extravagantes creencias.

Y aquí viene el segundo nivel de rechazo. Waugh nos cuenta que para cierta clase de personas no hay paz posible fuera de la Iglesia Católica, que no importa lo felices que sean (o crean serlo, para quien encuentre contenido a ese distingo), al final tienen que pedir perdón y volver al redil porque no pueden soportar el vivir o morir alejados de la aprobación divina. Y no nos cabe duda de que sea así, pero el problema surge con el personaje de Charles. Charles nunca ha sido religioso, se siente en paz consigo mismo y con el mundo, nunca ha sentido el menor remordimiento por amar y ser amado por Julia y jamás se le ha pasado por la cabeza condenar al viejo adorable que le facilitó aquel verano iniciático. Y Waugh pretende que en el momento en que pierde el amor de su vida en el altar de unos principios que no pueden serle más ajenos, entre la rabia y la impotencia contra gentes que adora y admira pero no puede entender, el personaje se dé la vuelta como un calcetín y comience a aceptar que él tampoco (y claro, ningún ser humano entonces) tendrá paz hasta que no encuentre al dios de los cristianos.

Es a este salto en el vacío a lo que he llamado incoherencia del personaje: comprendo perfectamente que es la tesis de la novela, pero sigo diciendo que no funciona del todo. Es imposible no simpatizar con ese hombre fuerte, inteligente y compasivo que ha llegado a ser Charles Ryder; es admirable la mirada que ha llegado a tener sobre la familia loca e irresistible que lo adoptó y le volvió la vida del revés. Su primera mirada fascinada, de niño con la nariz pegada a un escaparate ha ido madurando y refinándose a medida que el personaje crecía hasta hacerse un ser humano más firme y asentado que Sebastian primero y después que todos los demás poco a poco: sigue mirándolos con admiración apasionada, pero ahora hay también la comprensión del que en muchos aspectos está por encima. ¿Y justo entonces es cuando se deja atrapar por sus delirios...? No, gracias. Junto a ese lecho de muerte el Charles que se ha ido construyendo ante nosotros no puede aprender ninguna lección; más bien diríamos que cierra, con amargura pero en limpio, un capítulo fundamental de su vida. Homeless, childless, middle-aged and loveless: la ambigüedad abierta del final nos lo rescata en cierto modo. A contrapelo del autor y su tesis, podemos eludir esa forzada conversión (que, no nos engañemos, está más que apuntada en el texto) y recordar a un Charles Ryder sereno y logrado, que sale de sus experiencias de formación con un tesoro mucho más valioso que la fe: la caridad.

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10 Comments:

Blogger E. G-Máiquez said...

Vaya. Pocas veces he tenido con más claridad esta sensación de no estar de acuerdo con lo que se dice, pero de estar a la vez disfrutándolo absolutamente. Qué hermoso artículo sobre Retorno a Brideshead. Con más tiempo, te lo discutiré un poco, pero que por delante vaya mi aplauso. A pesar de la fiera crítica, a Waugh le habría encantado.

2:43 PM  
Blogger Ignacio said...

Muchísimas gracias... yo me conformaría con que no me lo hubiera tirado a la cabeza (el autor, digo).

Tengo para mí que, por circunstancias equis, Brideshead revisited se ha convertido en algo más que un libro, en un lugar casi físico de nuestra experiencia (de la experiencia de gente que lee y piensa, en nuestro siglo) al que volver una y otra vez. Y es algo que no tiene que ver sólo con el mérito literario.

7:34 PM  
Blogger Ignacio said...

Innisfree, Ardis Hall... lugares a los que se vuelve, de eso habrá que escribir también.

7:35 PM  
Blogger T said...

Tampoco yo estoy de acuerdo en muchas de las cosas que has escrito, pero es un comentario magnífico Nacho.

9:27 AM  
Blogger Ia said...

Y una vez más... la universalidad de la literatura. O lo que es lo mismo: literatura ha de ser aquello que, como si fuera una escultura expuesta en una vitrina... puede mirarse desde cualquier ángulo. Aquel arte que, una vez parido por el autor, se deslinda... hasta hacerlo ajeno, hijo adoptivo de infinitos padres.

Brideshead Revisited tiene tantas lecturas como inteligencias que la lean. Pero, para quien conoce la obra de E.W., su biografía, sus cartas, el ambiente familiar, social, político, histórico y ¿por qué no decirlo? emocional, en el que se desenvolvió. Para quién ha seguido desde la distancia del tiempo y la perspectiva su transcurrir personal -tan recogido tanto en sus novelas, como en sus cartas- B.R. es más que una novela de personajes inolvidables... un testimonio, "un plasmar" casi biográfico de cómo se puede pasar de la mera atracción estética al convencimiento íntimo de otra realidad que subyace, undercurrent, bajo comportamientos aparentemente inexplicables a primera vista. La invisible atracción de unas reglas que solo se van desvelando cuanto más profundamente se bucea en ellas y que pese a su, a primera vista posible contradicción con los usos y costumbres de la vida ¿real? ¿pública? ¿que se ve? ...fundamentan ésta, dotándola de un sentido que, por más que contraríe a la inteligencia o irrite el sentido crítico, no puede más que intuirse y aceptarse.
Como un más alto nivel de humanidad. Como una inerrunciable y superior dimensión de la propia vida.
Búsqueda, misticismo bajo máscara, transcendencia y conversión. Y el transcurso hacia ello, desde la ciega primera atracción estética hasta la revelación, por el puro y desinteresado amor. Ese es el trayecto que E.W. dibuja para Charles en su novela inolvidable.

Un buen artículo el suyo, nonwriter, como siempre.
Con el poder de llamar a la discrepancia absoluta... que es otra de las maneras de profundizar en la propia opinión.

Enhorabuena,

ia

9:22 AM  
Blogger Ignacio said...

Pues muchas gracias a las dos. Siempre me estoy diciendo que voy a hacer anotaciones más breves y frecuentes, pero lo cierto es que pienso y me explico mejor a medio plazo y en al menos un folio, lo cual es poco bloguero pero es lo que hay.

Los desacuerdos no son raros ni graves porque todos leemos bien la novela, o al menos eso creo. Los que se equivocan son los moralistas que no pueden aguantar el arte que no coincida con sus ideas, y se equivocan porque el arte no está para eso.

Es buena cosa veros por aquí.

2:06 PM  
Anonymous Francis said...

Me gusta que se hable de Mr Waugh y su Brideshead Revisited, aunque sea mal.

Ahora bien,

"absurdas, inhumanas y destructivas normas de conducta que se imponen los católicos." (Ignacio dixit)

Hombre, decir eso de intelectuales como Agustín de Hipona, Tertuliano, Petrarca, Erasmo, Moro, J.H.Newman, C.S.Lewis y otros cuantos suena un poco prepotente. Me parece.

A lo mejor el catolicismo no es tan nefasto como parece, a pesar de todo, si ha sido capaz de engendrar a hombres como esos (y los que me dejo).

Saludos.

4:46 PM  
Blogger Ignacio said...

Hombre, Francis, si esto le parece a usted hablar mal...

la frase sobre las normas de conducta está escrita en un contexto claro. No se refiere al No Matarás ni al mandato genérico de amar al prójimo, sino a esas norams concretas sobre pareja y vida sexual que obligan a Julia a sabotear su merecida felicidad. Sobre esas normas entiendo que se quedan cortos mis adjetivos.

A mi modo de ver sólo hay dos maneras de verlo: o bien la decisión de renunciar es estúpida y suicida o bien es sabia y santa. Una religión que postule lo segundo es, en ese aspecto, opresiva y malvada, y sus fieles están profundamente engañados.

Salvo, como se suele decir, mejor opinión ;-)

6:35 PM  
Anonymous Jeronio said...

Brideshead revisited...

Nunca termino de aclararme si Waugh es quién visita o escenifica esa re-visita; si Waugh es más Sebatian o más Charles...porque alguien debe ser el Waugh que escribe (fifty/fifty, quizá?). O no?

El viejo catolicismo inglés, apergaminado en rancias familias como la descrita, adoleció enfermizo, aislado hasta el Mov. Oxford. Lo que quedó fuera de esa revitalización-renacimento newmaniano quizá fuera así...más o menos. Desde luego, hay toda una distancia entre Evelyn y, por ejemplo, Chesterton, y no digamos Tolkien. Quizá la misma que entre un Lorca, un Pemán o un Delibes...católicos de aquí, tan distintos, tan cercanos...

Ese catolicismo y sus conflictos morales están en la mente de Waugh, en el Brideshead, en la visita. Es novela, excelente literatura...pero es novela.

Por cierto que el artista Ryder, Charles, no es más feliz, ni hace más feliz, que los Marchamain. Su figura de agnóstico? escéptico? neo-epicúreo? es tan patética como la del resto de la galería de personajes.

Ninguno se entrega del todo a nada. Ninguno arde en pasión. Todos escapan, se esconden, se van.

Leí el Brideshead cuando tenía 20 años. La releo como la re-visita del título, re-visitando lecturas de cuando aquellos veinte años. Me gustó y hoy, todavía, me re-gusta.

+J.

2:16 PM  
Blogger Ignacio said...

Hace poco he leído algo sobre lo que hace el escritor con la vida real, cómo son y no son personas de su entorno los personajes, pero no consigo recordar qué era.

La sustancia, con la que coincido, es que no hay que matarse buscando identificaciones. Las cosas se cocinan en la cabeza del novelista: podemos descubrir qué piezas entran, pero cómo se combinan es, por así decirlo, secreto profesional

11:17 PM  

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