Monday, September 25, 2006

Contra nostalgia

La nostalgia estética de tiempos no vividos es una tentación que cuenta con todas mis simpatías. Si después de contemplar en televisión (con las glándulas del asombro embotadas) un debate a gritos sobre el olor de los bajos de una muchacha, volvemos la mente no ya a Montaigne en su torre sino a aquellos salones donde el ingenio –nos cuentan- era moneda de cambio, la elegancia un presupuesto y los modales una armadura impenetrable, es difícil no sucumbir al prestigio literario del pasado.

Sin embargo no creo que sea justo ni acertado dejarse llevar por ese camino. Pensemos: ¿qué nos ha llegado de ese pasado? El proceso de selección natural es riguroso; por cada respuesta chispeante, por cada bello gesto salvado del olvido, ¿cuánta petulancia, cuánto melindre o estupidez, cuántas risas forzadas, bostezos, muecas, cuántos chistes malos, chismorreos banales, denigraciones supurantes de envidia, interminables narraciones de naderías, cuánta condena hipócrita se habrá quedado por el camino? ¿Creemos de verdad, o sólo queremos creer que la gente de otras épocas hablaba como en las obras de teatro?

Hemos llegado a dar por hecho que nuestra época consagra la fealdad, pero deberíamos hacer un esfuerzo por distinguir, en los restos mejor o peor conservados del pasado, lo (mucho) pintoresco de lo (poco) bello. Mi amigo J.L., en una discusión sobre el tema, cuando en un momento dado yo le echaba en cara que todo lo que construimos es feo, me señaló con vehemencia un rótulo de carretera: ¿Pero es que no lo ves? Los colores son vivos y homogéneos, las letras iguales, bien alineadas; está compuesto y equilibrado con una atención y cuidado que hace siglos sólo se ponía en los objetos de culto. Y no es más que un cartel indicador, lo leemos sin verlo. A un hombre medieval nuestro mundo le parecería bellísimo, reluciente, logrado. A nosotros nos gustan los letreros torcidos que ellos hacían porque somos unos viciosos y unos decadentes, pero no hay que olvidar que ellos los querían lo más derechos posible.
Tristes tiempos que no creen en sí mismos: al hombre del Renacimiento no le cabía la menor duda de que todo lo que hacía condenaba al olvido a lo antiguo; en el Siglo de las Luces el desdén de la mirada atrás era más extremo aún... ¿cuándo dejamos de creer que lo último era lo mejor?

Wednesday, September 20, 2006

Una verdad importante

Roberto Calasso habla de las ninfas, de la posesión, de Sócrates o Humbert Humbert como nympholeptos. Y recuerda un pasaje del Fedro: bajo un plátano, a la orilla del Iliso, Sócrates reconoce hallarse poseído por las ninfas, y le habla a Fedro:

de cómo, a través del justo delirar se puede alcanzar la liberación de los males. E inmediatamente, con la rapidez de quien dispara la última flecha, añade que “la manía es más bella que la sophrosyne”, que ese sabio control de uno mismo, que esa intensidad media, protegida de las temibles aristas, que los griegos habían conquistado para sí con inmenso trabajo y que después, por un inmenso malentendido histórico, tantos identificarían con Grecia misma. Pero ¿por qué es más bella la manía? Sócrates añade: “Porque nace del dios”, mientras que la sophrosyne “nace de entre los hombres”.

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Monday, September 18, 2006

Paradoja

El jefe de una religión ajena acusa, o yo así lo entiendo, a la mía de ser violenta.

Yo me ofendo profundamente.

Y para manifestar mi ofensa y vindicar el buen nombre de mi religión, cojo un revólver y le pego un tiro a una seguidora de la otra.

¿Es posible que no vean que algo falla?

Thursday, September 14, 2006

Words strange to the English tongue

Havoc, queue, mien, ooze, fracas, dollop, bias, chasm, tonsil

Conundrum (gracias a lluvia)

Quagmire

Akimbo (arms akimbo), amok (run amok)

Monday, September 11, 2006

La cuestión del coñac

Hay un episodio en la serie Retorno a Brideshead que por alguna razón se me quedó grabado en la memoria más que las relaciones entre personajes o la cuestión religiosa; cuando más tarde leí la novela me sorprendió encontrarlo tal cual: el indescriptible Rex Mottram invita a cenar a Charles Ryder en París, en un restaurante elegido por éste último:

El coñac no fue del gusto de Rex. Era claro y pálido, y venía en una botella exenta de polvo y galimatías napoleónicos. Sólo tenía uno o dos años más que Rex y no había sido embotellado hace mucho tiempo. Nos lo sirvieron en copas muy delgadas, no muy grandes y en forma de tulipanes.

-El brandy es una de las cosas de las que sé un poco –dijo Rex-. Este tiene mal color. Además no puedo catarlo en este dedal.

Le trajeron un globo grande como su cabeza. Les obligó a calentarlo encima de una llama. Entonces hizo girar el espléndido licor, metió la cara en el vapor y lo condenó como si fuera uno de esos brebajes que en casa se beben con soda.

Y entonces, avergonzados, sacaron de su escondite, en un carrito con ruedas, una botella enrome y mohosa que guardaban para gente como Rex.

-Eso está mejor- dijo él, removiendo la mescolanza empalagosa de un lado a otro hasta que el líquido dejó círculos oscuros en la copa. –Siempre tienen una botella escondida, pero no te la sacan hasta que no armas un jaleo. Pruébalo.
-Me satisface plenamente el mío.
-Bueno, sería un crimen que bebieras éste si de verdad no sabes apreciarlo.


Normalmente este tipo de códigos no escritos, que en las lecturas adolescentes se nos antojan indescifrables, se van aclarando a medida que tratamos gente y observamos las costumbres. Sin embargo uno nunca se ha animado a empezar a beber coñac (parece una cosa tan de adulto, tan infinitamente aplazable) ni frecuenta a ningún aficionado, así que la cuestión había quedado aparcada en esa primera impresión de snobismo un poco enigmático pero incuestionable: calentar el coñac es una abominación, las copas balón son pretenciosas, y punto.

Hasta que hace poco me tropecé con Julio Camba. Si hay en el mundo algo más insidioso y escurridizo que la ironía de un inglés es la de un gallego. De su texto sobre el coñac salimos sin saber a ciencia cierta qué le parece el ritual del calentamiento; nuestras convicciones sobre el tema pierden bruscamente solidez, como suele ocurrir con el conocimiento recibido y no puesto a prueba.

Nos impusimos un menú muy sobrio, porque llovía sobre mojado, y después de la cena compareció sobre la mesa el famoso cognac de la casa en dos enormes copas de degustación. Ignoro si el lector conoce estas copas que difícilmente pueden abarcarse con las dos manos. Son unas copas en forma de pera, muy anchas por la base y muy estrechas por el borde. Primero se las templa con agua caliente y luego se echa en ellas una cantidad de cognac que no sobrepase nunca su parte más ancha. De tal modo el cognac desarrolla todas sus esencias al calor de la copa y de las manos, y estas esencias, lejos de esparcirse por el ambiente, son conducidas luego hasta el estrecho orificio de salida, en donde se encuentran con la nariz del aficionado, que las absorbe sin dejar ni rastro para el vecino. ¿Conciben ustedes nada más ingenioso?

(…) Pero, como digo, llovía sobre mojado. Mi amigo y yo acariciábamos las enormes copas, que tenían una temperatura casi humana, aspirábamos la poderosa fragancia que emanaba de ellas y las volvíamos a acariciar sin atrevernos a tomar un sorbo.

-¿Encuentras algún placer en esto?- me preguntó de pronto mi amigo.

-¡Qué quieres que te diga!-le respondí- Hay que irse entrenando para la vejez…


Llegados a este punto no queda más que echarse en brazos de la Red, donde se albergan todas las opiniones, y escoger la que mejor pinta tenga. Si tecleamos How to drink brandy en el buscador, la primera referencia es este texto peligrosamente inclinado al ridículo, de un ciudadano californiano que cree haber encontrado el método definitivo: hacer flotar la copa en una bañera de agua caliente. No está de más anotar que su brandy favorito es el Metaxa griego.

Brandy service in a restaurant is minimalist at best. To the amusement of the staff, we made use of the candle at the table to heat the brandy in our snifters. Sometimes they would honor our request for a second candle so we didn't have to share.

This led to a Christmas list one year that included a brandy set. And Santa obliged, as he usually did. I found fuel for it and actually used it a couple of times. Some of the aforementioned detractors might suggest that the Metaxa itself should have been used as the fuel.

Then, one year I discovered the ultimate brandy set -- my hot tub. No messy fuel. No tricky flames. I did find that a brandy snifter with a heavy base and taller sides works best. It has something to do with the center of buoyancy and center of gravity if you are technically inclined. I'm sure there is a name for the distance between the center of buoyancy and the center of gravity, but it escapes me. Whatever it's called it needs to be positive and maximum. And as the tall sides imply, you need a good freeboard as well. And this must be savored in solitude or with an intimate minimum of guests. In other words, you need to minimize the sea state in the hot tub. You don't want to accidentally dilute the brandy with green water over the bow, and you don't want to lose any brandy overboard either. Nor do you want to have a fatal collision at sea, because snifters are made of glass.

En contra, la opinión más ponderada y solvente de un importador americano, que se atiene además como Ryder a la copa pequeña:

Traditionally a snifter is used to taste armagnac. Smaller, more tapered glasses, however, help focus armagnac's aromas better than many balloon glasses. Specific glasses have been designed which help concentrate an armagnac's flavors, including Riedel's spirits or brandy glasses. Thin glass is extremely important in heightening aromatics: thick-glass snifters belong on thrift store shelves rather than in the hands of connoisseurs.

Warming the glass in one's hand is pleasurable yet causes the alcohol aromas to surface before those of the fruit. Consequently, one normally holds a brandy glass by the base, like one would hold a wine glass. Believe it or not, some people think they should heat the glass with a candle before serving an armagnac: these people should be reminded of Richard Pryor's mishaps with heated glass!

Uno desde luego tiende a dar la razón al segundo, por una cuestión elemental de expresión, aplomo y conocimiento general. Sin embargo me desconcierta el rechazo frontal incluso al calorcito de la mano: la imagen del señor orondo que acuna pacientemente la copa en la palma izquierda mientras traza vistosos arabescos dialécticos con el puro en la derecha se resiste a abandonar mi cabeza por un tecnicismo.

Sunday, September 10, 2006

Literatura femenina

Siempre he abominado de los libros para mujeres. En primer lugar no entiendo por qué a una mujer debería gustarle leer cosas distintas que a mí, y en segundo encuentro insultante (para ambos sexos) que los sentimientos y las relaciones (pues de eso parece que trata la distinción) se consideren campo del gusto y conocimiento de las mujeres; no hay una literatura masculina de tiros y puñetazos, o si la hay no se la considera digna de atención en ningún suplemento cultural. Además, me resulta incomprensible la ecuación (no enunciada casi nunca, pero implícita) según la cual para o sobre mujeres deben escribir otras mujeres, o como mucho homosexuales que por su condición (sic) estén más cerca del alma femenina. ¿No han leído a Tolstoi, Flaubert, Nabokov los que alegremente afirman tal disparate?

Estoy convencido de que bajo esa etiqueta lo que se esconde es una escasísima calidad. Concretemos: Rosa Regás es sin duda una mujer de buenos sentimemientos, acogedora y amable con su familia y amigos, pero no es un escritora; Elvira Lindo es una columnista chispeante y divertida, pero no tiene la menor idea de hacer una novela; Almudena Grandes puede creer que está muy buena, y e incluso convencer a otros de ello, pero el talento literario es algo mucho más objetivo y no se puede fingir; Fernando Delgado es un agradable locutor, y Antonio Gala uno de los conversadores más brillantes que he visto en acción, pero ninguno de los dos se separa mucho de la legendaria Corín Tellado en sus creaciones novelescas.

El tema se me ha planteado porque de un tiempo a esta parte vengo leyendo, sin premeditación alguna, libros extraordinarios escritos por mujeres. Jane Austen, que habló de dinero como nadie ha sabido antes ni después; las dos grandes damas japonesas Murasaki y Shonagon, tan iguales y tan distintas; Marina Tsvietaieva, una inteligencia incandescente, ironista de altura, tristísima; María Zambrano, que a veces se me aleja de puro sutil y vibrante pero a la que tengo que volver siempre; Willa Cather, sólida y altiva como una cordillera; Cristina Campo, intransigente en la exigencia, dueña de una prosa exacta hasta la crueldad; Djuna Barnes, equilibrista y alunada buscadora de imágenes. Estas mujeres hicieron gran literatura, y me gustaría reservar para ellas el título neutro de escritor o autor que en lengua inglesa sale sin violencia, porque lo que menos nos importa de ellas cuando las leemos, como cuando leemos a Stendhal, Sófocles o Poe es su sexo o lo que hicieran con él.

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