Wednesday, May 10, 2006

Bloom

Durante dos o tres meses el voluminoso Genios, de Harold Bloom, ha ocupado un lugar junto a cierto sitial que ocupo con (dicen que envidiable) regularidad un par de veces al día. El libro se dedica a una lista de cien grandes escritores, genios de la lengua en definición del autor. La longitud de los capítulos se adapta admirablemente a esa mi circunstancia lectora, por lo que la cosa ha venido a salir a un genio por sentada. Esta mañana he terminado el último capítulo, dedicado al para mí ignoto Ralph W. Ellison, novelista afroamericano, aunque el libro cierra más coherentemente con el penúltimo, una voz de cierre o fin de época en muchos sentidos, el hermético e intransigente Paul Celan.
El autor elabora como pretexto estructurante una alambicada analogía con la Cábala que le permite agrupar a los cien escritores en lustros y buscarles vínculos mutuos que a la postre resultan ser el tema principal del libro. Los significados cabalísticos no pueden resultarnos más indiferentes, pero es un continuo y feliz asombro perseguir a Bloom, semejante a un sabueso que rastreando huellas invisibles de la presa dibujara curvas aparentemente erráticas por el campo, en unos saltos de influencia en influencia que abren enfoques inéditos. Acostumbrados a los redactores de solapas que a todo escritor joven le encuentran ecos de Proust, Kafka y Joyce (seguramente a falta de otros conocimientos) es refrescante encontrar que esos hilos trazados a contrapelo (de Pessoa a Whitman, de Ibsen a Pater) aguantan admirablemente los tirones que les damos.
Esperábamos la arbitrariedad anglocéntrica del autor, así que no le reprocharemos porcentajes ni ausencias, ni nos llamará tanto la atención que para ensalzar a Chaucer (olvidando, de paso, a Rabelais) insista en el status de persona real de su mujer de Bath como si gozara de menos vida la puta vieja Celestina. Sí que nos han sorprendido sus displicentes rechazos y sus caprichosos entusiasmos dentro de la tradición angloamericana. Dado que a Poe lo despacha diciendo que es una creación de Baudelaire podría no extrañarnos –pero sigue sin caber en la cabeza- que no conceda siquiera el crédito de la existencia a Nabokov. Pero que les dé, en el apretadísimo corsé de cien nombres, espacio a los dos hermanos Rosetti escapa ya a nuestra comprensión.
Donde brilla de veras, o al menos donde nos da más gusto leerle es en los capítulos dedicados a autores que por honestidad no ha sido capaz de saltarse a pesar de sentir por ellos una invencible antipatía. Es una delicia entonces verle prodigar elogios a contrapelo, elevar a Thomas Mann al altar de los ironistas, refunfuñar en torno a Eliot (cuyo antisemitismo se le atraganta hasta extremos cómicos), o tragarse a Edith Wharton como una medicina amarga, pero la pieza más lograda es sin duda la que dedica a Rilke, una obra maestra del doble sentido montada sobre el esquema del discurso de Antonio: pero Bruto es un hombre bueno…

Ssería injusto, sin embargo, quedarnos con los textos reticentes en un libro que es todo él una explosión de entusiasmo, de amor exigente y minucioso por la palabra escrita, de conocimiento apasionado que nos deja exhaustos e impotentes, tomando notas de lo muchísimo que nos falta pero sobre todo agradecidos por tantos mundos que se nos han entreabierto.

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2 Comments:

Blogger lola said...

Me han entrado unas ganas...(sin doble sentido).
Su "La invención de lo humano" (ordenadísimas, también, por capítulos, las obras de Shakespeare, y con su precioso hilo conductor, lo humano entre Hamlet y Falstaff) me dejó k.o. Tanta lucidez...
Las listas que va lanzando cual tablas de la ley, leídas sólo en prensa, me llenan de asombro; diría, de atreverme, que tienen mucho de capricho.
Pero, ahora... Mann, Eliot, Wharton (!!!), Rilke... Cada nombre un sobresalto, oye. Pero si son mis preferidos. Voy a por él, a por el libro.

Lola

8:24 AM  
Blogger Lostie said...

Soy una fan incondicional de Harold Bloom. Su Canon Occidental, cómo leer y por qué... Y esta semana santa me agendé el "Genios" :-)

12:38 PM  

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