Thursday, May 25, 2006

Aprendiendo de Mosterín (I)

Del siempre interesante aunque a ratos fatigoso (por concentrado) libro sobre la naturaleza humana quiero traer aquí un argumento (más bien un distingo) irrefutable en su formulación sumaria, que me parece da bastante juego. A la hora de tratar con realidades culturales, dice el sabio -englobando en el término modas, hábitos, obras de arte, credos, dietas, tabúes, conceptos o sistemas educativos- hemos de distinguir entre aquellas que no son susceptibles de valoración o comparación y las que sí lo son. De estas últimas ofrece el nítido ejemplo del cuchillo: un cuchillo de acero corta mejor que uno de piedra, no hay dos maneras de verlo; no se ha dado ningún caso de grupo humano que, ignorando la existencia de estos cuchillos, no los haya adoptado una vez conocidos. El ejemplo a contrario que elige el autor no es menos nítido. Los mitos no son valorables, no se puede predicar de ellos que sean mejores o peores que otros: como en el viejo chiste sobre el congreso de religiones, if it works for you it’s OK. Como no es posible compararlos, los mitos no se imponen solos: la historia nos enseña que hace falta una fuerza coercitiva importante para cambiar la religión de las poblaciones.

Uno sale de leer estos párrafos con la sensación de haberse dotado de un arma racional y definitiva para orientarse en los debates (importantísimos hoy día) sobre valores relativos y absolutos (o locales y universales, si se quiere), un cuchillo no menos eficaz que el del ejemplo con que deslindar y elegir: aquello que es objetivamente mejor se abre camino sin esfuerzo, el resto son manifestaciones variadas del ser humano, y no debemos inmiscuirnos en ellas.

Pero esa sensación dura poco una vez la sacamos a pasear fuera del libro. Sin salirnos del mito, es imposible olvidar que casi todos (los que nos atañen más, en cualquier caso, los que soportan religiones organizadas) llevan abrochada una moral, y que los mandatos de esa moral sí son susceptibles de valoración (y de condena penal en no pocos casos, si se obedecen). No cabe duda de que la mutilación del clítoris que se practica a millones de niñas en parte del mundo es una salvajada: es un hecho tan incuestionable como que el cuchillo de acero corta mejor... y sin embargo no es un hecho que se imponga automáticamente. Las familias que lo practican, dejadas a su libre albedrío, desplazadas incluso de su entorno social hacia sociedades en que la práctica se considera aberrante, persisten en ella sin que la evidencia de su horror les afecte en lo más mínimo.

Los sistemas políticos, ¿son susceptibles de comparación? Es innegable que la democracia liberal presenta una hoja de servicios incomparablemente mejor que la de cualquier otro sistema, y sin embargo no vemos que los pueblos del mundo la adopten espontáneamente por la mera fuerza de la evidencia. De hecho hay pueblos que desde la democracia deciden, como Argelia en su día, dotarse de un sistema teocrático, o como los serbios de uno de base etnicista. Y aunque nos veamos impotentes no nos quedamos tan tranquilos, no es de aplicación aquí el alegre if it works for you it’s OK sino que se impone el sentimiento moral de que es necesario (otra cosa es que no sepamos cómo, o que percibamos las soluciones como peores que el mal) liberar de sí mismas a las víctimas de esos trágicos errores.

Ni siquiera todos los hechos culturales ajenos a la moral y el bien común se pueden echar en el saco de los no comparables. Es relativamente fácil aceptar que no hay vestimentas o modos de comer superiores (aunque me resulta difícil equiparar el valor de las cocinas española y holandesa, por no salir de casa), pero quien quiera predicar lo mismo de los libros o los cuadros tendrá que matarme antes. Por supuesto que se da comparación entre las obras literarias, sólo faltara. Albert Camus es inconmensurablemente superior a Dan Brown por más lectores de ventaja que este último le saque, y los que piensen lo contrario están equivocados, objetiva y trágicamente equivocados. Pero, una vez más, no es esa una evidencia que se imponga por sí misma, si no es con el lento transcurrir del tiempo.

¿Debemos entender entonces que entre la enorme variedad de sistemas políticos, códigos morales u obras de arte, y visto que no se imponen unos a otros por sí mismos, no podemos introducir valoraciones y escalas que nos ayuden a elegir? ¿o por el contrario habrá que cuestionar la libertad de elección de los sujetos en cada caso que contradiga la teoría? Me temo que la realidad es, como siempre, más incómoda de manejar: seguramente la mayoría de los hechos culturales son en parte objetivables y en parte no, y poco podemos extraer de una distinción que sólo vale para unos extremos que prácticamente nadie discute. ¿Habremos de desdeñar en consecuencia el enfoque cientificista de Mosterín cuando se mete en polémicas? Muy al contrario, yo le doy la bienvenida precisamente porque al apoyarse en realidades y no en mitos ni prejuicios permite una discusión seria y se expone a la contradicción o rebaja.

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