Tuesday, May 30, 2006

Aprendiendo de Mosterín (II)

Al parecer es un hecho confirmado que los hombres hacemos ciertas cosas mejor que las mujeres; la orientación espacial y el razonamiento matemático son los terrenos en que estadísticamente se da una diferencia más clara. Está comprobada también una correlación entre los niveles de testosterona, una hormona asociada a los comportamientos tipificados como masculinos (agresividad, competitividad), y los resultados en estos tests. Lo interesante es cómo funciona esa correlación.

Recordemos que la comparación es siempre estadística. Tomadas una a una, hay mujeres que dan resultados altos: suelen ser las que presentan niveles comparativamente más altos de testosterona. Por otro lado, de entre los hombres, los que obtienen resultados más altos son los que tiene los niveles más bajos de testosterona. Parece que hay una franja central, una cantidad ideal de testosterona que favorece el pensamiento matemático y espacial en los seres humanos.

O sea, que la ciencia ha venido a confirmar lo que todos sabíamos. Que los hombres muy hombres y las mujeres muy mujeres se dedican a follar entre ellos mientras los empollones de la clase nos entretenemos con los números.

Thursday, May 25, 2006

Aprendiendo de Mosterín (I)

Del siempre interesante aunque a ratos fatigoso (por concentrado) libro sobre la naturaleza humana quiero traer aquí un argumento (más bien un distingo) irrefutable en su formulación sumaria, que me parece da bastante juego. A la hora de tratar con realidades culturales, dice el sabio -englobando en el término modas, hábitos, obras de arte, credos, dietas, tabúes, conceptos o sistemas educativos- hemos de distinguir entre aquellas que no son susceptibles de valoración o comparación y las que sí lo son. De estas últimas ofrece el nítido ejemplo del cuchillo: un cuchillo de acero corta mejor que uno de piedra, no hay dos maneras de verlo; no se ha dado ningún caso de grupo humano que, ignorando la existencia de estos cuchillos, no los haya adoptado una vez conocidos. El ejemplo a contrario que elige el autor no es menos nítido. Los mitos no son valorables, no se puede predicar de ellos que sean mejores o peores que otros: como en el viejo chiste sobre el congreso de religiones, if it works for you it’s OK. Como no es posible compararlos, los mitos no se imponen solos: la historia nos enseña que hace falta una fuerza coercitiva importante para cambiar la religión de las poblaciones.

Uno sale de leer estos párrafos con la sensación de haberse dotado de un arma racional y definitiva para orientarse en los debates (importantísimos hoy día) sobre valores relativos y absolutos (o locales y universales, si se quiere), un cuchillo no menos eficaz que el del ejemplo con que deslindar y elegir: aquello que es objetivamente mejor se abre camino sin esfuerzo, el resto son manifestaciones variadas del ser humano, y no debemos inmiscuirnos en ellas.

Pero esa sensación dura poco una vez la sacamos a pasear fuera del libro. Sin salirnos del mito, es imposible olvidar que casi todos (los que nos atañen más, en cualquier caso, los que soportan religiones organizadas) llevan abrochada una moral, y que los mandatos de esa moral sí son susceptibles de valoración (y de condena penal en no pocos casos, si se obedecen). No cabe duda de que la mutilación del clítoris que se practica a millones de niñas en parte del mundo es una salvajada: es un hecho tan incuestionable como que el cuchillo de acero corta mejor... y sin embargo no es un hecho que se imponga automáticamente. Las familias que lo practican, dejadas a su libre albedrío, desplazadas incluso de su entorno social hacia sociedades en que la práctica se considera aberrante, persisten en ella sin que la evidencia de su horror les afecte en lo más mínimo.

Los sistemas políticos, ¿son susceptibles de comparación? Es innegable que la democracia liberal presenta una hoja de servicios incomparablemente mejor que la de cualquier otro sistema, y sin embargo no vemos que los pueblos del mundo la adopten espontáneamente por la mera fuerza de la evidencia. De hecho hay pueblos que desde la democracia deciden, como Argelia en su día, dotarse de un sistema teocrático, o como los serbios de uno de base etnicista. Y aunque nos veamos impotentes no nos quedamos tan tranquilos, no es de aplicación aquí el alegre if it works for you it’s OK sino que se impone el sentimiento moral de que es necesario (otra cosa es que no sepamos cómo, o que percibamos las soluciones como peores que el mal) liberar de sí mismas a las víctimas de esos trágicos errores.

Ni siquiera todos los hechos culturales ajenos a la moral y el bien común se pueden echar en el saco de los no comparables. Es relativamente fácil aceptar que no hay vestimentas o modos de comer superiores (aunque me resulta difícil equiparar el valor de las cocinas española y holandesa, por no salir de casa), pero quien quiera predicar lo mismo de los libros o los cuadros tendrá que matarme antes. Por supuesto que se da comparación entre las obras literarias, sólo faltara. Albert Camus es inconmensurablemente superior a Dan Brown por más lectores de ventaja que este último le saque, y los que piensen lo contrario están equivocados, objetiva y trágicamente equivocados. Pero, una vez más, no es esa una evidencia que se imponga por sí misma, si no es con el lento transcurrir del tiempo.

¿Debemos entender entonces que entre la enorme variedad de sistemas políticos, códigos morales u obras de arte, y visto que no se imponen unos a otros por sí mismos, no podemos introducir valoraciones y escalas que nos ayuden a elegir? ¿o por el contrario habrá que cuestionar la libertad de elección de los sujetos en cada caso que contradiga la teoría? Me temo que la realidad es, como siempre, más incómoda de manejar: seguramente la mayoría de los hechos culturales son en parte objetivables y en parte no, y poco podemos extraer de una distinción que sólo vale para unos extremos que prácticamente nadie discute. ¿Habremos de desdeñar en consecuencia el enfoque cientificista de Mosterín cuando se mete en polémicas? Muy al contrario, yo le doy la bienvenida precisamente porque al apoyarse en realidades y no en mitos ni prejuicios permite una discusión seria y se expone a la contradicción o rebaja.

Thursday, May 11, 2006

Títulos

Uno de los retos de llevar blogs es que hay que ponerle título a cada entrada. Cuando no pienso mucho en ello me salen solos, y por lo general son operativos, tampoco se pide demasiado. Pero para cuando sea realmente importante, para cualquiera de los libros que uno planea no-escribir, la búsqueda del título puede llegar a ser un dolor de cabeza casi mayor que el de la propia escritura. Antes no. En tiempos más sencillos se titulaba al libro de forma que quedara explicado el contenido: Vida y aventuras del caballero Tristram Shandy, Una investigación acerca de la naturaleza humana, Sonetos. La competencia, claro, era mucho menor, y el marketing no se había inventado aún: ahora en cambio sería suicida salir al mercado sin un gancho rápido y eficaz como la aspirina o una buena Uzi. Mirando alrededor (y haciéndome la pregunta de siempre: ¿cómo demonios se arreglan?) reparo en que hay una serie de trucos y es sólo cuestión de cogerle práctica.

Por ejemplo, unir términos incongruentes siempre da buen tono a un poemario:

Desenterrando escafandras
El arquitrabe impasible
La ineptitud de los berberechos

Para novelas generacionales es recomendable el estilo perentorio y directo*:

Sin vuelta atrás
Iros a tomar por culo vosotros también

Por el forro

*Se desaconseja en cambio la cita cultivada, especialmente si se trata del primer verso de un libro que es temario de bachillerato; ejemplo, Un carnívoro cuchillo, de F. Umbral

En las policíacas resulta estupendamente el tiempo futuro:

En silencio vendrán
Te esperaré despierto
Nunca sabréis cómo

Las colecciones de ensayos livianos conviene titularlas con refranes o frases hechas, a la manera de Bergamín o Trapiello:

La suerte de la fea
Con el mazo dando
La fuerza de las circunstancias


Para revistas de temática variada y vagamente cultural funcionan bien los términos especializados de alguna jerga profesional (a ser posible, que empiecen por a):

Ataurique
Acimut
Acedera


Las narraciones distanciadas y posmodernas suelen beber para sus títulos en el lenguaje de la ciencia:

Los estados de la materia
Homo ergaster
En ausencia de gravedad

Estas y otras fórmulas (cuya búsqueda propongo a mis tres o cuatro lectores) aseguran un éxito razonable y procuran tranquilidad mental al escribidor, liberándolo de la que tal vez sea su carga más pesada (porque al fin y al cabo lo de rellenar folios se hace solo).

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Madurando

Hace mucho tiempo que no tengo un déjà vu (esa como vibración levemente inquietante, esa certeza fugaz que sólo se reconoce cuando ya no está, ese deshacerse hacia dentro como de espuma de champán).

Por otro lado, me asalta cada vez más a menudo la incómoda sensación de saber lo que viene a continuación.

Que no es lo mismo.

Wednesday, May 10, 2006

Bloom

Durante dos o tres meses el voluminoso Genios, de Harold Bloom, ha ocupado un lugar junto a cierto sitial que ocupo con (dicen que envidiable) regularidad un par de veces al día. El libro se dedica a una lista de cien grandes escritores, genios de la lengua en definición del autor. La longitud de los capítulos se adapta admirablemente a esa mi circunstancia lectora, por lo que la cosa ha venido a salir a un genio por sentada. Esta mañana he terminado el último capítulo, dedicado al para mí ignoto Ralph W. Ellison, novelista afroamericano, aunque el libro cierra más coherentemente con el penúltimo, una voz de cierre o fin de época en muchos sentidos, el hermético e intransigente Paul Celan.
El autor elabora como pretexto estructurante una alambicada analogía con la Cábala que le permite agrupar a los cien escritores en lustros y buscarles vínculos mutuos que a la postre resultan ser el tema principal del libro. Los significados cabalísticos no pueden resultarnos más indiferentes, pero es un continuo y feliz asombro perseguir a Bloom, semejante a un sabueso que rastreando huellas invisibles de la presa dibujara curvas aparentemente erráticas por el campo, en unos saltos de influencia en influencia que abren enfoques inéditos. Acostumbrados a los redactores de solapas que a todo escritor joven le encuentran ecos de Proust, Kafka y Joyce (seguramente a falta de otros conocimientos) es refrescante encontrar que esos hilos trazados a contrapelo (de Pessoa a Whitman, de Ibsen a Pater) aguantan admirablemente los tirones que les damos.
Esperábamos la arbitrariedad anglocéntrica del autor, así que no le reprocharemos porcentajes ni ausencias, ni nos llamará tanto la atención que para ensalzar a Chaucer (olvidando, de paso, a Rabelais) insista en el status de persona real de su mujer de Bath como si gozara de menos vida la puta vieja Celestina. Sí que nos han sorprendido sus displicentes rechazos y sus caprichosos entusiasmos dentro de la tradición angloamericana. Dado que a Poe lo despacha diciendo que es una creación de Baudelaire podría no extrañarnos –pero sigue sin caber en la cabeza- que no conceda siquiera el crédito de la existencia a Nabokov. Pero que les dé, en el apretadísimo corsé de cien nombres, espacio a los dos hermanos Rosetti escapa ya a nuestra comprensión.
Donde brilla de veras, o al menos donde nos da más gusto leerle es en los capítulos dedicados a autores que por honestidad no ha sido capaz de saltarse a pesar de sentir por ellos una invencible antipatía. Es una delicia entonces verle prodigar elogios a contrapelo, elevar a Thomas Mann al altar de los ironistas, refunfuñar en torno a Eliot (cuyo antisemitismo se le atraganta hasta extremos cómicos), o tragarse a Edith Wharton como una medicina amarga, pero la pieza más lograda es sin duda la que dedica a Rilke, una obra maestra del doble sentido montada sobre el esquema del discurso de Antonio: pero Bruto es un hombre bueno…

Ssería injusto, sin embargo, quedarnos con los textos reticentes en un libro que es todo él una explosión de entusiasmo, de amor exigente y minucioso por la palabra escrita, de conocimiento apasionado que nos deja exhaustos e impotentes, tomando notas de lo muchísimo que nos falta pero sobre todo agradecidos por tantos mundos que se nos han entreabierto.

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Friday, May 05, 2006

There really is a Diagon Alley...


...and this is the door to it.