Monday, March 20, 2006

Relativismo moral

Nadie escapa a su tiempo. Los seres humanos más excepcionales comparten con los más vulgares de sus contemporáneos un número importante de nociones y valores. Sería absurdo pedirle a Sócrates un pronunciamiento contra la esclavitud, o a Montaigne que fuera favorable al voto femenino. Cuando leemos a los maestros morales del pasado aplicamos de manera automática unos factores de corrección, y no hay nada malo en ello. Podemos hacerles caso en unas cosas y contradecirlos en otras, o podemos tratar de extrapolar, de aplicar sus enfoques y métodos (ellos sí de posible validez universal) a fenómenos nuevos que ellos no pudieron imaginar siquiera; podemos también, simplemente, soltarnos de su mano a partir de un cierto punto. Nada más natural.

Los creyentes tienen en cambio ahí un problema de difícil solución. Los maestros fundadores vivieron en sociedades tan diferentes de las nuestras que una gran parte de los dilemas morales que se nos plantean no tiene respuesta posible en su doctrina (de algunos de ellos, a esos maestros les costaría trabajo entender siquiera el planteamiento). Pero al considerar esas enseñanzas como verdad absoluta revelada por dios al hombre, los creyentes no pueden, como hacemos con Sócrates, torear de muñeca. Se supone que Mahoma, Cristo, John Smith, hablando en nombre del Dios Inmutable, dejaron fijadas para siempre jamás las directrices por las que ha de regirse la vida humana, y que para el fiel no hay más opción que seguirlas o condenarse. Pero ¿cómo aplicar esas directrices a la especulación en bolsa, a las relaciones por internet, a la manipulación genética?

Las soluciones empleadas para sortear esta dificultad son muy diferentes entre las religiones del libro. La que conocemos más de cerca, el cristianismo, ha ejercido con gran liberalidad y muy diferentes grados de rigor el derecho de interpretación: tomemos la célebre frase Al César lo que es del César; ¿no resulta de una actualidad extraordinaria? ¿no está ahí, enunciado con clarividencia que sólo puede ser divina, el principio de separación Iglesia-Estado? Pudiera ser, pero no olvidemos que si hubo que enunciar ese principio fue precisamente porque Iglesia y Estado se presentaban empecinadamente unidos, y que para justificar esa unión se apelaba a las mismas enseñanzas del mismo maestro. Y antes de eso, en el momento en que la frase se pronunció, no es que hubiera separación sino que la religión de Estado era otra distinta de la predicada, y la frase debe entenderse seguramente como nada más (ni menos) que un quiebro astuto a una pregunta trampa, una línea de conducta recomendable en el allí y entonces pero que no mucho más tarde pasaría sucesivamente a negar al César lo suyo en nombre de Dios (los santos mártires) y a poner a Dios en el trono de César, siendo lo interesante para nosotros que en cada uno de esos momentos se entendió que la frase de Cristo avalaba la relación entonces adoptada con el poder civil de manera inequívoca y que cualquier otra interpretación era herejía.

La esclavitud institucionalizada, la tortura como método de interrogación legítimo, la reducción de la mujer a un status de objeto, el asesinato judicial de los llamados herejes han sido prácticas habituales de los cristianos de otras épocas (y no en contra de la doctrina, eso sería trivial dado que el pecado forma parte del sistema, sino plenamente bendecidas por ella). ¿Estaba equivocada la cristiandad todos esos siglos? ¿es sólo ahora, en 2006, cuando se entiende bien de verdad el mensaje de Cristo? ¿están condenados al fuego eterno todos los cristianos del pasado que lo entendieron mal y cumpliendo con lo que entonces se entendía por recta doctrina tuvieron esclavos, mataron infieles, negaron a las mujeres la condición de personas? ¿deberían los creyentes, ahora que por fin comprenden el mensaje, fijarlo para evitar desviaciones futuras? Bien, esas son preguntas que deben contestarse ellos y cuyas respuestas (por más que a mí me despierten una curiosidad no exenta de malevolencia) nos son a estos efectos indiferentes. Nuestra postura ha de ser por fuerza comprensiva: dado que no existe nada parecido a la palabra revelada de un ser superior que nos marque el camino, la única vía que nos queda es improvisar, caer en errores, aprender de ellos y modificar nuestros criterios con la experiencia. No tendría sentido reprochar a los cristianos que, traicionando su esencia, se hayan aproximado a nuestra visión racional, especulativa, relativista: bienvenidos sean. Meter los dedos en las piruetas conceptuales que ejecutan tras cada cambio de opinión para sostener que siempre han dicho lo mismo no sería sólo falta de generosidad, sino sobre todo de espíritu práctico. No quiero yo una religión coherente con sus propios postulados, válgame dios; si con ello contribuye a que el mundo sea más habitable la prefiero cínica y sofista.

¿Es ésta una simplificación injusta? Si pensamos en los que en nombre de Dios han explorado con rigor y buena fe los rincones oscuros y ambiguos de mandatos tan aparentemente unívocos como el No matarás, si recordamos que las disquisiciones más necesarias, penetrantes y sutiles sobre pena de muerte, guerras justas e injustas, obediencia debida y responsabilidad han partido históricamente de las filas eclesiales, si explorándolas vemos que lejos de ser unidireccionales conforman un extenso campo de debate sin soluciones oficiales, si abriendo el compás encontramos que prácticamente para cada cuestión moral candente hay creyentes a cada uno de los lados, se diría que sí, que hemos incurrido en injusticia con una realidad mucho más flexible que nuestro retrato. Pero parece más puesto en razón distinguir entre la obediencia declarada y los hechos, y felicitarnos de que los mejores de entre los cristianos se hayan comportado en su indagación moral (con las tensiones internas y componendas que se quiera) como nosotros, los ateos relativistas que su jefe actual tanto empeño pone en condenar.

(La aplicación al Islam que debía rematar este artículo queda resumida a una frase. Que hagan como sus hermanos cristianos, y que lo hagan ya. Porque se puede y porque se debe.)

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4 Comments:

Blogger Paolo said...

Con respecto a la cuestión del tributo al César me permito recomendar el inteligentísimo comentario de Gonzalo Puente Ojea aquí (páginas 108 y siguientes).

Por otro lado, las religiones y sus cuerpos doctrinales y éticos son realidades humanas y, como tales, están sujetas a continua mudanza. Lo extraordinario resulta, en este sentido, la perduración de un fundamentalismo generalizado y no los esfuerzos (algunos ciertamente patéticos y risibles) por adaptar los mensajes primitivos a los avances de la ciencia y la evolución moral de las sociedades. En el fondo, a los creyentes siempre les quedará sitio para arroparse con la inefabilidad del misterio (impagable esa cita de Martini).

9:23 AM  
Blogger Ignacio said...

Claro, son realidades humanas y mudables. Lo que a mí nunca me deja de asombrar es que no se den cuenta. Es como si alguien se empeñara en negar que envejece.

12:33 PM  
Blogger Er Opi said...

Yo no envejezco. Es curioso, he notado que la gente a mi alrededor sí lo hace.

Abrazos,

Er Opi.

8:47 PM  
Blogger Er Opi said...

Y además, sospecho que no lo hacen voluntariamente. Quiero decir que parece como si no lo pudieran controlar, que el paso del tiempo los vuelve viejos poco a poco, sin que apenas se den cuenta hasta que un día se comparan a cómo eran hace unos años.

¿No les ocurre lo mismo?

Abrazos,

Er Opi.

4:22 PM  

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