Monday, March 27, 2006

Estrategias contra la esterilidad

Es necesario en primer lugar mantener una lucidez de hierro, no ceder un milímetro a nada que pueda parecer facilidad o argucia, tener a raya al sentimentalismo como a la moralidad, a la metafísica como a la autobiografía, saber que no se trata de eso y no permitirse nunca dejar de saberlo. Y entender que el arte superior no es posible, y que ningún otro vale la pena.

Tal vez sea inevitable entonces (porque el silencio no es una opción) desdoblarse en otros. El logro imposible del hombre llamado Fernando Pessoa es que esos otros, que sí han logrado escribir, saben también y no se permiten nada que él no pudiera permitirse.

Bernardo Soares dice cosas que me dejan sin aliento, verdades que hacen eco con cosas que yo no sabía que sabía. Pero su negación es demasiado impermeable y despegada, demasiado limpiamente superior. Uno no puede entenderse de veras con él.

Ahora he encontrado al barón de Teive. No es que su implacabilidad sea menor ni que haga nada parecido a una concesión, pero es, irrevocablemente y de la cabeza a los pies, un sentimental. El tipo de sentimental que está siempre sobre sí mismo, que no se concede un segundo de tregua o expansión. Alguien que sí puedo adoptar como hermano mayor en la no escritura.

Ideas bruscas, admirables, fraseadas en parte con palabras intensamente propias –pero desunidas, que se habrán de coser luego- que podrían erigirse en monumentos; pero la voluntad no las acompañaría si tuviera a la estética por compañera y no se quedara en párrafos para un cuento posible –no serían más que unas líneas de apariencia admirable, pero que en realidad solamente lo serían si en torno a ellas se hubiera escrito el cuento del que ellas eran momentos expresivos, expresiones sintéticas, relaciones… Algunas eran expresiones del espíritu, admirables pero incomprensibles sin el texto que nunca se escribió.

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Monday, March 20, 2006

Relativismo moral

Nadie escapa a su tiempo. Los seres humanos más excepcionales comparten con los más vulgares de sus contemporáneos un número importante de nociones y valores. Sería absurdo pedirle a Sócrates un pronunciamiento contra la esclavitud, o a Montaigne que fuera favorable al voto femenino. Cuando leemos a los maestros morales del pasado aplicamos de manera automática unos factores de corrección, y no hay nada malo en ello. Podemos hacerles caso en unas cosas y contradecirlos en otras, o podemos tratar de extrapolar, de aplicar sus enfoques y métodos (ellos sí de posible validez universal) a fenómenos nuevos que ellos no pudieron imaginar siquiera; podemos también, simplemente, soltarnos de su mano a partir de un cierto punto. Nada más natural.

Los creyentes tienen en cambio ahí un problema de difícil solución. Los maestros fundadores vivieron en sociedades tan diferentes de las nuestras que una gran parte de los dilemas morales que se nos plantean no tiene respuesta posible en su doctrina (de algunos de ellos, a esos maestros les costaría trabajo entender siquiera el planteamiento). Pero al considerar esas enseñanzas como verdad absoluta revelada por dios al hombre, los creyentes no pueden, como hacemos con Sócrates, torear de muñeca. Se supone que Mahoma, Cristo, John Smith, hablando en nombre del Dios Inmutable, dejaron fijadas para siempre jamás las directrices por las que ha de regirse la vida humana, y que para el fiel no hay más opción que seguirlas o condenarse. Pero ¿cómo aplicar esas directrices a la especulación en bolsa, a las relaciones por internet, a la manipulación genética?

Las soluciones empleadas para sortear esta dificultad son muy diferentes entre las religiones del libro. La que conocemos más de cerca, el cristianismo, ha ejercido con gran liberalidad y muy diferentes grados de rigor el derecho de interpretación: tomemos la célebre frase Al César lo que es del César; ¿no resulta de una actualidad extraordinaria? ¿no está ahí, enunciado con clarividencia que sólo puede ser divina, el principio de separación Iglesia-Estado? Pudiera ser, pero no olvidemos que si hubo que enunciar ese principio fue precisamente porque Iglesia y Estado se presentaban empecinadamente unidos, y que para justificar esa unión se apelaba a las mismas enseñanzas del mismo maestro. Y antes de eso, en el momento en que la frase se pronunció, no es que hubiera separación sino que la religión de Estado era otra distinta de la predicada, y la frase debe entenderse seguramente como nada más (ni menos) que un quiebro astuto a una pregunta trampa, una línea de conducta recomendable en el allí y entonces pero que no mucho más tarde pasaría sucesivamente a negar al César lo suyo en nombre de Dios (los santos mártires) y a poner a Dios en el trono de César, siendo lo interesante para nosotros que en cada uno de esos momentos se entendió que la frase de Cristo avalaba la relación entonces adoptada con el poder civil de manera inequívoca y que cualquier otra interpretación era herejía.

La esclavitud institucionalizada, la tortura como método de interrogación legítimo, la reducción de la mujer a un status de objeto, el asesinato judicial de los llamados herejes han sido prácticas habituales de los cristianos de otras épocas (y no en contra de la doctrina, eso sería trivial dado que el pecado forma parte del sistema, sino plenamente bendecidas por ella). ¿Estaba equivocada la cristiandad todos esos siglos? ¿es sólo ahora, en 2006, cuando se entiende bien de verdad el mensaje de Cristo? ¿están condenados al fuego eterno todos los cristianos del pasado que lo entendieron mal y cumpliendo con lo que entonces se entendía por recta doctrina tuvieron esclavos, mataron infieles, negaron a las mujeres la condición de personas? ¿deberían los creyentes, ahora que por fin comprenden el mensaje, fijarlo para evitar desviaciones futuras? Bien, esas son preguntas que deben contestarse ellos y cuyas respuestas (por más que a mí me despierten una curiosidad no exenta de malevolencia) nos son a estos efectos indiferentes. Nuestra postura ha de ser por fuerza comprensiva: dado que no existe nada parecido a la palabra revelada de un ser superior que nos marque el camino, la única vía que nos queda es improvisar, caer en errores, aprender de ellos y modificar nuestros criterios con la experiencia. No tendría sentido reprochar a los cristianos que, traicionando su esencia, se hayan aproximado a nuestra visión racional, especulativa, relativista: bienvenidos sean. Meter los dedos en las piruetas conceptuales que ejecutan tras cada cambio de opinión para sostener que siempre han dicho lo mismo no sería sólo falta de generosidad, sino sobre todo de espíritu práctico. No quiero yo una religión coherente con sus propios postulados, válgame dios; si con ello contribuye a que el mundo sea más habitable la prefiero cínica y sofista.

¿Es ésta una simplificación injusta? Si pensamos en los que en nombre de Dios han explorado con rigor y buena fe los rincones oscuros y ambiguos de mandatos tan aparentemente unívocos como el No matarás, si recordamos que las disquisiciones más necesarias, penetrantes y sutiles sobre pena de muerte, guerras justas e injustas, obediencia debida y responsabilidad han partido históricamente de las filas eclesiales, si explorándolas vemos que lejos de ser unidireccionales conforman un extenso campo de debate sin soluciones oficiales, si abriendo el compás encontramos que prácticamente para cada cuestión moral candente hay creyentes a cada uno de los lados, se diría que sí, que hemos incurrido en injusticia con una realidad mucho más flexible que nuestro retrato. Pero parece más puesto en razón distinguir entre la obediencia declarada y los hechos, y felicitarnos de que los mejores de entre los cristianos se hayan comportado en su indagación moral (con las tensiones internas y componendas que se quiera) como nosotros, los ateos relativistas que su jefe actual tanto empeño pone en condenar.

(La aplicación al Islam que debía rematar este artículo queda resumida a una frase. Que hagan como sus hermanos cristianos, y que lo hagan ya. Porque se puede y porque se debe.)

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Monday, March 13, 2006

A modo de ejemplo

Me avisaron de que estuviera atento a lo que El Mundo publicaría ayer lunes 13. Atento estuve; me pareció más de lo mismo. Aun así copié el artículo y lo apostillé. Hoy aparecen desmentidos bastante contundentes, pero creo que sigue teniendo interés desactivar una cualquiera de estas bombas diarias usando sólo sus propios términos. Más que nada para que todos sepamos de qué estamos hablando.


MADRID.- El inspector Miguel Ángel Álvarez, encargado de la custodia de los objetos recogidos en el tren que el 11-M hizo explosión en la estación de El Pozo, no pudo confirmar ante el juez Juan del Olmo que la bolsa azul descubierta en la Comisaría de Vallecas estuviese en ese ferrocarril, según publica EL MUNDO.

No pudo confirmar, retengamos esa expresión. Varios párrafos más adelante se invertirá la carga como quien no quiere la cosa: serán los conspiradores (gobierno, policía, juez) los que no puedan confirmar que la mochila estuviera en el ferrocarril.

Este diario reveló el pasado lunes que ese funcionario había remitido un escrito a la Dirección General de la Policía, el 25 de octubre de 2004, en el que ponía de manifiesto algunos hechos que podían poner en cuestión la validez de la prueba fundamental sobre la que se asienta la investigación de todo el caso: la 'mochila' que contenía la bomba desactivada por los Tedax en la comisaría de Puente de Vallecas el 12 de marzo.

Una vez más, poco tardará el articulista en dar otro alegre salto en el vacío. De podían poner en cuestión pasará a deja en evidencia sin que entre un párrafo y otro haya sucedido nada que lo justifique.

En el interior de esa bolsa las Fuerzas de Seguridad encontraron la tarjeta del móvil que condujo no sólo a la detención de Jamal Zougam, sino a la casa de Morata de Tajuña y, no menos importante, al número de teléfono 656526727, propiedad de Carmen María Toro Castro, es decir, a la trama asturiana.

Tras leer la información que publicó EL MUNDO, el juez Del Olmo pidió que se le remitiese el escrito del inspector jefe Álvarez y, a la luz de lo expuesto en el mismo, pudo comprobar que la Dirección General se lo había ocultado durante casi 17 meses.

No se lo habían enviado, simplemente. Tampoco le enviaron otros cientos de papeles, y no podemos predicar de cada uno de ellos que se los ocultaron al juez. Es el deber de la policía que investiga decidir qué documentos de los cientos de miles que genera un caso son relevantes para el sumario. En este caso entendieron seguramente que las dudas del inspector, expresadas siete meses después de los hechos, eran irrelevantes frente a la certeza de que los objetos habían sido custodiados correctamente.

Ante el juez, el funcionario de Policía insistió en la imposibilidad de mantener que la bolsa que contenía la Goma 2 Eco, con la metralla, el detonador y el teléfono móvil, formara parte de los objetos recogidos en El Pozo, ya que en el lugar de los hechos la juez no ordenó que se hiciera un inventario de los mismos.

Non sequitur, seguramente no del policía sino del periodista que pone palabras en su boca. El que no se hiciera un inventario significa sólo que nos falta esa certeza suplementaria de que un objeto determinado estuviera en el montón. Nunca, en un universo regido por las leyes de la lógica, puede significar “la imposibilidad de mantener que estuviera”.

Álvarez era, precisamente, el encargado de custodiar los objetos, y hasta donde sabemos lo hizo correctamente. Mientras estuvieron a su cargo nadie pudo introducir de extranjis una mochila nueva. Y después de terminar su labor, la custodia pasaría a otro, y a otro. La policía ha dado por buena desde el principio la cadena de custodia que acredita la presencia de esa mochila en el tren (incluso eso es mucho decir, incluso en esa fórmula estoy presuponiendo una puesta en duda que no ha lugar). Veamos qué tienen que decir los que dudan de la policía, qué hechos les permiten lanzar una duda tan atrevida.

Aun así, Del Olmo inquirió al policía si podría reconocer, de entre los objetos que se amontonaron aquel día tras el atentado, la bolsa que contenía la bomba. Alvarez le dijo al instructor que él se acordaba de una bolsa que pesaba mucho, y que le llamó la atención porque la mayoría de los enseres que se recogieron durante esa trágica mañana eran poco pesados: bolsos de señora, libros, pequeñas mochilas, carteras, etcétera.

El juez mandó traer la 'mochila' en la que se encontraba la bomba desactivada para comprobar si era, en efecto, la misma. Para su sorpresa, Álvarez fue rotundo: aquélla no era la bolsa a la que él hacía referencia. La que se amontonó junto al resto de objetos el día 11 de marzo era, según declaró el inspector jefe al juez, más alargada y más baja, tenía las asas más cortas, era de un color azul distinto y, sobre todo, era mucho más vieja. La bolsa que le mostró Del Olmo era prácticamente nueva, impecable.

Se practica una exclusión falaz. El inspector no dice que recuerde todos los objetos, caso de que fuera posible tal retentiva. Dice que recuerda una mochila en particular. Que era azul, y pesada. No dice que fuera la única mochila, ni que fuera el único objeto azul. No dice (no se nos dice) cuántos objetos había, si eran quince o ciento treinta y dos, o setecientos. No dice si se abarcaban de un golpe de vista, si la ausencia de uno llamaba inmediatamente la atención.

Es cierto que no identifica la mochila decisiva con esa que recuerda. Hay quien pone en cuestión el recuerdo mismo, hurgando en la falibilidad de la memoria humana cuando está sometida a presiones propias y ajenas; no entro ni salgo en ese argumento. Simplemente hago notar la posibilidad de que el policía recuerde una mochila azul pesada simplemente porque la tuvo en sus manos, y no recuerde en cambio esa otra que resultó crucial porque no reparó en ella, porque no había ninguna razón para que reparara en ella. ¿Improbable? No sé ¿más que una borrosa conspiración que involucre a policías, jueces y gobernantes?

El juez decidió incorporar al sumario su escrito remitido a la Dirección General de la Policía el 25 de octubre de 2004 y, por supuesto, su declaración, que deja en evidencia la prueba fundamental del caso 11-M.

Su declaración: vigilé los objetos y nadie pudo manipularlos.

Su declaración: recuerdo una mochila; me parece que no era esta mochila.

Conclusión: es evidente (¡evidente!) que alguien, en un momento posterior a la custodia de Álvarez, introdujo una mochila ajena con pruebas falsas.

Hay muchas cosas que no conozco del sumario, pero eso no me impide detectar una conclusión forzada cuando como en este caso viene anunciándose con campanillas y luces de colores. Este testimonio sólo pone en duda que la mochila estuviera en el tren si previamente hemos establecido como plausible esa posibilidad. O, invirtiendo el orden a la manera tan cara a los delpinos, el testimonio del inspector Álvarez vendría a confirmar las dudas previas sobre la mochila... si no fuera porque esas dudas no tienen más fundamento que el testimonio de Álvarez.

¿Cuál es entonces la base factual, el punto de arranque de esas dudas que sólo afectan a un par de periodistas? ¿qué les ha hecho sospechar una enormidad semejante? ¿qué tremenda anomalía en el procedimiento policial de recogida de pruebas les puso sobre esta pista que al final se ha visto vagamente apoyada por la declaración de Álvarez? Confieso haber sido hasta ahora incapaz de dar con ese detonante. Se diría –pero cómo va a ser eso...- que todo parte de una certeza moral a la que sólo después se han ido añadiendo trocitos o apariencias de hechos.

Seguimos esperando, de todas formas, el relato pormenorizado de lo que realmente sucedió.

Falacias

Quisiera uno a veces tener el sistemático encarnizamiento con que se enfrascaba sin ninguna necesidad Unamuno en el desmontaje de cada teoría peregrina que se topaba en revistas francesas, pero lo cierto es que a falta de paciencia y sistemática para ello (no de entendederas: hablo de estupideces evidentes, de parrafadas autocontradictorias, de falacias obscenas que cualquier alumno aprovechado de bachillerato puede detectar) no queda más remedio que fiarse de la experiencia y de algo que podríamos llamar lectura entrenada o más bien escarmentada. Las falsedades suelen traer un aire de familia en el vestir: vista una vistas todas, podríamos decir, así que por lo que a este no-escritor respecta es verlas doblar la esquina y salir corriendo hacia pastos más verdes.

En estos últimos tiempos (años ya, buf) circulan dos de esas falacias contumaces que, contra la optimista previsión de Arcadi Espada, no se deshacen al contacto con la luz, sino que persisten repitiéndose en voz alta contra toda racionalidad hasta convertirse en latiguillos que muchos, por pereza mental (no quiero creer que por incapacidad) adoptan como suyos. Van aquí unas someras indicaciones para desactivarlas de lejos.

La primera de ellas tiene una formulación aparentemente sencilla, con variantes de las cuales voy a elegir, por frecuente pero también por dañina, la interrogación agresiva: ¿Cómo se puede votar a un partido que nos metió en una guerra injusta? Es verdad, cómo se puede, ha de repetir el interlocutor -se supone- tocado en su fibra moral. La decisión del voto se excepcionaliza así por una emergencia moral: ya no se trata de quién lleve mejor los asuntos aburridos de todos los días, sino del Bien y el Mal (si yo fuera psicólogo buscaría por ahí, de paso, el oscuro atractivo de la fórmula). Pero no hay más que acercarse chasqueando las tijeras para que la tremenda intimación se haga pedazos. En primer lugar (y en estas operaciones de desmontaje importa el orden) el gobierno del PP no nos metió en ninguna guerra, cosa fácilmente demostrable puesto que España no fue en esos años a ninguna guerra. Y ya no hace falta segundo lugar, por supuesto, pero se podrían seguir dando tijeretazos por el gusto de darlos: la injusticia de esa guerra en particular está lejos de ser un hecho establecido; muchos opinan que fue justa, y para ellos no habría nada de malo, nada desde luego que impidiera el voto en la hipótesis, meramente teórica, de que el gobierno hubiera decidido entrar en ella. O, cortando al bies, y dado el carácter meramente testimonial del apoyo a una guerra ajena, ¿por qué supeditar el voto a algo tan poco relevante, por más en contra que estuviéramos?

Indíquense estos aspectos al convencido de la condición intrínsecamente belicista del PP (el partido de la Guerra) y lo verán despeñarse por los argumentos ad hominem o las generalizaciones baratas según las cuales todo, hasta incumplir el límite de velocidad, es guerra, y no criticar es lo mismo que apoyar que es lo mismo que bombardear porque lo que cuenta es la intención y esa se les ve en la cara. Y puede ser de bastante risa entonces recordar todos juntos la acertadísima caricatura que de Aznar se hacía en el guiñol: los amigos de los amigos de los amigos de los terroristas también son terroristas...

La segunda es la omnipresente teoría de la conspiración del 11-M, que por simetría vamos a formular en forma de agresiva pregunta también: ¿Vamos a creer la versión oficial que el Gobierno insiste en defender o la que está destapando día tras día El Mundo? Las tijeras, nótese, se ponen nerviosas, chasquean solas al acercarse a tan especiosa interrogación. Dos versiones, dicen, y sin embargo ninguna de las dos existe. Veamos: se acumulan desprecios contra una versión oficial del gobierno que yo todavía no he conseguido escuchar. El gobierno no se dedica a elaborar versiones de los delitos terroristas. Lo que hay es el auto del juez, basado en las investigaciones policiales. Y el gobierno, como no puede ser de otra manera, asume lo que diga el juez. En cuanto a la versión alternativa de alguna prensa... bien, habría que extender pero mucho el concepto de versión para que cupiera en él una construcción tan borrosa. El diario El Mundo lleva dos años martilleando con su historia de los agujeros negros sin reparar en que cada día que pasa se hace mayor el agujero central de su posición: no tienen una versión que ofrecer.

Cualquier investigador científico o policial está más que abierto a que le señalen hechos que no encajan en su teoría; así avanza la ciencia, de hecho, a condición de que se ofrezca una explicación alternativa que explique mejor el conjunto de datos. Y eso es lo que aquí brilla cegadoramente por su ausencia. En dos años (dos años) que llevan los periodistas de El Mundo acumulando ladrillito sobre ladrillito este modesto lector confiesa que no ha conseguido interpretar el edificio que con ellos se construye ni extraer de otros lectores más perceptivos o crédulos una descripción coherente: lo mismo es un golpe maestro de una ETA dotada para la ocasión de las habilidades de un Fu Manchú que una gigantesca conspiración de policías y jueces afectos en secreto al PSOE, y poco importa que ambas versiones (apuntaladas cada una por su propia amalgama de seudodatos) se contradigan encarnizadamente entre sí.

Señalen ustedes siquiera sea someramente estas debilidades de su postura a un creyente cualquiera, pídanle con el debido respeto que les explique qué fue en su opinión lo que ocurrió: reculará inmediatamente hacia la que me parece más nauseabunda de las posturas: Bueno, pero algo hay, dirán con gesto de profundo misterio. Insistan en enumerar las alternativas, a ver si consigue que se tengan en pie. Yo sólo pido (aquí la expresión mudará a santurrona) que se investigue. Como si hasta ahora la policía y el juez se hubieran estado tocando las narices. Como si tuvieran que esperar una orden para hacer su trabajo. (Aquí se recomienda tomar aire por la nariz y expulsarlo bruscamente por la boca semicerrada en bufido-pedorreta).

Tuesday, March 07, 2006

Brujos

Hace poco alguien hablaba de la ciencia como religión, de la gente que cree irracionalmente en la ciencia. Yo opinaba (y opino) que eso no existe, que el crédito que se presta al saber científico está basado en la racionalidad, que aunque no se tenga la capacidad de verificar sus afirmaciones una por una se reconoce la fiabilidad del procedimiento de revisión y contraste.

Sin embargo, viendo la serie Numbers reconozco algo que sólo puede llamarse aproximación religiosa a las matemáticas. Las cifras, las ecuaciones escritas en la pizarra tienen exactamente la misma función que los trazos que el chamán garabatea en la arena. No se nos pide que entendamos, no se nos proporciona la clave que una las ecuaciones con la solución del caso policial: simplemente se espera de nosotros que creamos. El joven matemático, después de un primer fracaso, se enfrenta a las fotos de las víctimas (¿buscando una empatía, un contacto con los muertos?) y se lanza otra vez a escribir febrilmente, poseído: esta vez sabemos que encontrará la solución. Y que la sociedad postindustrial sigue necesitando de brujos.