Sunday, February 19, 2006

Blasfemias

Nadie lo ha visto, nadie
por encima de otros dioses y de las formas de las cosas,
raudo sin pies y volando sin alas,
insoportable, no revestido de muerte ni de vida,
insaciable, no conocido ni por la noche ni por el día,
el amo del amor y del odio y de la contienda,
que da una estrella y se lleva el sol,
que moldea el alma y la convierte en la esposa estéril
del cuerpo terrenal, deplorable producto de arcilla,
que convierte las enormes ramas en llamitas
y limita el gran océano con un poco de arena;
que hace el deseo y decapita el deseo con la vergüenza;
que sacude el firmamento en su mano como si fueran cenizas;
que viendo que la luz y la sombra son lo mismo
insta al día a que consuma la noche mientras el fuego
devora un tizón,golpea sin espada, flagela sin látigo,
Dios, ese mal supremo.


Algernon Charles Swinburne


Conviene a la blasfemia una voz así, de profeta antiguo, una voz que se ahueque y resuene con el fragor de mundos viniéndose abajo, una voz que haga pensar, antes que en lo que dice, en el misterio mismo de que tal vibración pueda surgir de un puñado de barro.

Sería probablemente malicioso pensar que los creyentes se avinieron conscientemente a debatir la mera cuestión de facto de la existencia para desviar la mirada de la cuestión de iure capital: la de la bondad o maldad, pero el hecho es que los impíos cayeron en la trampa de semejante transacción y se hicieron asépticos ateos –meros creyentes en la inexistencia- en lugar de pugnaces renegados. Más operante habría sido conceder en la banal y abstrusa cuestión de la existencia, a cambio de tener firme en la de maldad, pues es la idea de Dios, no la de su existencia, lo que importa, tal y como los fieles lo adivinan, con certero instinto, cuando se muestran mucho más sensibles a que se respeten los derechos de la idea de Dios, y dentro de ella los de su bondad, que a que se afirme o niegue su existencia. Los meros ateos se inhiben de lo que hagan, digan o piensen los creyentes, como si, sin necesidad de la existencia, la sola idea de un Dios bueno y providente no fuese maligna y venenosa para todos, como si tal imagen no fuese un sangriento sarcasmo hacia este valle de lágrimas, una perversidad, un insulto o incluso, ¿por qué no?, una feroz blasfemia contra los mortales.

Sánchez Ferlosio


Porque la blasfemia es, al fin y al cabo, no diré asunto de creyentes, pero sí de temperamentos religiosos.

3 Comments:

Blogger Portorosa said...

¿No tienes la sensación de que Ferlosio escribe y piensa con una brillantez y una lucidez perfectas? Ya conocía el texto, ¡pero es que es tan bueno!

También me ha gustado mucho el poema de Swinburne.

11:09 AM  
Blogger Er Opi said...

Lo de Ferlosio me supera. No sé cómo se puede hacer para escribir/pensar (en su caso al menos, ambas cosas son inseparables) de esa manera.

Un abrazo,

Er Opi.

12:58 PM  
Blogger Ignacio said...

Bueno, también se le va la cabeza, en ocasiones. Sus análisis de economía son cuando menos discutibles, seguramente porque se apoyan en premisas falsas a partir de las cuales construye castillos (extraordinarios) en el aire, parrafadas perfectas que a veces son de un efecto cómico irresistible.

1:13 PM  

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