Wednesday, September 21, 2005

Metareality: una propuesta

Diez personas de preferencias sexuales diversas, antecedentes penales variopintos y modales indescriptibles son encerradas en una casa donde cientos de cámaras les grabarán continuamente. La casa está equipada con el mejor material para recibir, elaborar y emitir información por vía televisiva, incluido un plató para emitir en directo. Los concursantes (pues de un concurso se trata) tendrán que elaborar un programa diario en formato tertulia con informaciones, especulaciones, críticas sobre las vicisitudes de un segundo grupo de diez personas de preferencias sexuales indescriptibles, antecedentes penales diversos y modales variopintos encerrradas en una casa vecina donde cientos de cámaras les grabarán continuamente y desde la que tienen que elaborar un programa diario en formato tertulia con informaciones, especulaciones, críticas sobre las vicisitudes del primer grupo.

A los cien días, el que quede en pie gana.

Monday, September 19, 2005

Creciendo con HP

Hace un par de años me pilló en Nueva York el lanzamiento mundial del quinto libro de Harry Potter, y no pude reprimir el afán de ser el primero (afán rápidamente defraudado por la globalización: cuando llegué a España estaba también en todas las librerías, disponible para esos millones de niños que la reciente política educativa ha convertido en bilingües). Recién terminado el tocho, y sin nadie a mi alrededor con quien comentar, se me ocurrió meterme en unos foros ingleses especializados.

A la decepción que me había supuesto el libro (por razones de construcción de la trama que no hacen al caso) se añadió la de comprobar el grado de fanatismo acrítico (y el bobo sentimentalismo, pero eso era más de esperar) de los lectores. Cualquier incongruencia que alguno se atreviera a señalar era desdeñada sin someterla a la menor revisión: Rowling ya habría pensado en ello, al final todo encajaría.

El sexto libro lo he comprado con mucha menos ilusión, pero lo he cerrado contentísimo. Contra todas (mis) expectativas, la autora ha dado un golpe de timón a la historia, ha pelado hojarasca sin misericordia y ahora tiene el toro en suerte para un final épico y memorable. Con el nuevo entusiasmo volví a los foros, y los lectores me han sorprendido aún más.

Verán: el libro plantea una serie de incógnitas de alto voltaje, te deja intrigadísimo y con ganas de discutir alternativas. Por desgracia yo no he podido hacerlo, porque ya no admiten más gente, pero he disfrutado de lo lindo con unos análisis agudos, certeros y perfectamente razonados. Chicos de Pakistán, de Austria, de Venezuela, en un inglés más que correcto, exprimiendo todas las posibilidades, valorando matices psicológicos, coincidencias verbales, coherencias en los comportamientos pasados y futuros… y lo que es más sorprendente, incorporando intuiciones relacionadas con el oficio de la escritora, no con la trama en sí (no puede ser tal cosa, sería demasiado obvio; después de construir un personaje de tal manera durante años no va a dejarlo ir de esa forma…).

Me gusta pensar que HP y sus lectores han crecido juntos, y que estos adolescentes son ahora más espabilados, críticos y perceptivos que antes de empezar la aventura.

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Wednesday, September 14, 2005

Anónimos

Como pueden ver en los comentarios de la entrada anterior, he recibido la visita de uno o dos anónimos insultantes. Es algo desagradable en extremo, y es algo que ni yo ni mis invitados tenemos por qué aguantar. Blogger ofrece la posibilidad de limitar los comentarios a los usuarios inscritos, y eso es lo que voy a hacer. En principio no deja a nadie fuera, porque siempre es posible hacerse con una cuenta de blogger aunque no abra ningún blog: algunos amigos, como Roberto Zucco, están ya usando esa posibilidad. Otros, como Gin, tendrán que hacer ese pequeño esfuerzo si quieren comentar. Os pido disculpas por ello.

Se podrá argüir que en la red todos somos anónimos, pero eso son ganas de jugar con las palabras. Sé quiénes son prácticamente todos los que comentan por aquí: leo sus blogs, comparto foro con ellos o los trato personalmente. Si alguno de ellos (cosa improbable) me insultara o se expresara de forma inconveniente yo podría pedirle cuentas.
Si alguien que desconozco comenta por primera vez, puedo remitirme a su blog y hacerme una idea. E incluso si no tiene blog y no es más que un nombre como el tal González, su identidad en blogger quedará al menos fijada; ningún otro podrá entrar usando ese nombre, y con él responderá de sus palabras.
Reitero las disculpas a los amigos sin cuenta en blogger, y termino con una advertencia. Es posible que en algún momento borre los insultos anónimos del post precedente, simplemente porque me desagrada leerlos e imagino que a mis invitados tampoco les gustarán. Si lo hago, ahórrenme por favor las disquisiciones sobre si es o no censura. Por supuesto que lo es. No me siento obligado a respetar el derecho a verter veneno anónimamente.

Thursday, September 08, 2005

Un cuento chino

Ebria de aburrimiento o sublimidad, la princesa Cui-Ping-Sin discurre un juego que la rescate del paso del tiempo y de su condición inane. Mojando su pluma en una cocción secreta escribirá un poema en el que ciertas palabras queden invisibles. A quien consiga adivinarlas le estarán destinadas enormes riquezas, la muerte al que fracase.

Los metros de la dinastía Han son flexibles y caprichosos, y la tradición proscribe la rima como propia de la lírica vulgar. El texto es, como la tinta en que está escrito, translúcido y volátil, ayuno de verbos e impreciso de contornos, de modo que el postulante no tendrá para apoyarse más que su intuición de las simpatías sutiles que se tienen las palabras, ecos que se llaman entre sí.

Muchos han probado suerte y entregado sus vidas a la gloria póstuma de una princesa que en vida no hizo nada por merecer su leyenda. Hace años que nadie sube las escaleras del templo donde monjes rapados velan por el cumplimiento de la apuesta infame. El hombre que llama a las pesadas puertas no tiene nada de especial: ni un velo de fiera determinación ensombrece su mirada ni hunde sus hombros el peso de oscuras culpas. Su hablar es lento y desganado; no muestra impaciencia, pero disuade con un breve gesto al joven monje que ya empieza a recitarle las instrucciones. Las conoce bien: deberá escribir en seco, con la caña biselada, las seis palabras en los claros correspondientes del manuscrito. Si son correctas, aflorarán en color desvaído, y trasladadas en orden a un libro de claves decretarán su fortuna; si no, los espacios quedarán en blanco y será conducido al cadalso.

En el silencio circular de los monjes que han ido bajando al olor de la novedad, la punta parece rasgar el decrépito papel de arroz. El hombre tiende el papel al más cercano sin mirarlo, sin volverse. Apenas le ha tomado unos segundos. El papel circula de mano en mano hasta el superior que comprueba, transcribe y lee en voz alta:

-Que le corten igual la cabeza.

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Saturday, September 03, 2005

Placeres de la relectura

Una de las ventajas de hacerse mayor es que entiende uno mejor los libros. Desde el punto de vista de las vivencias esto es seguramente un lugar común: una vez se ha amado y perdido, visto cometer mezquindades, recibido regalos o reveses por igual inmerecidos, las historias de las novelas que se leyeron en la primera adolescencia se entienden de otra forma.

Pero quería comentar hoy un aspecto lateral del mismo fenómeno, o por mejor decir, un aspecto de fondo. Sucede que entre la primera y la segunda vez que leemos un libro, hemos estado en los lugares donde se desarrolla, y las frases descriptivas que la primera vez pasamos sin mucha atención nos encienden ahora lamparitas en la memoria. Ayer me hice con una edición inglesa de los cuentos completos del Padre Brown, a los que llegué por primera vez con catorce años, rebuscando en la biblioteca policial de mi abuelo después de agotar la obra de Agatha Christie, y que me señalaron el camino a tantas otras lecturas.

El comisario Valentin persigue a una pareja de curas que son Flambeau y Brown por todo Londres. Una y otra vez parecía, cuenta Chesterton mirando por los ojos del francés, que el autobús se había salido de la ciudad y se perdía en almacenes polvorientos y siniestras casuchas, y entonces de repente calles mayores bullentes de comercio, brillantes toldos rojos, casas respetables en torno a jardines vallados, hileras de farolas (It was like passing through thirteen separate vulgar cities all just touching each other). Y al final, en Hampstead Heath, esos senderos que dan vueltas en torno a masas compactas, sombrías de árboles (apenas un cabrilleo dorado en las copas) y en un último giro se abren a un atardecer imposible. Y yo entonces no, pero ahora, todo eso lo he visto. Y al leerlo, resplandece.

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