Tuesday, July 12, 2005

Elegancia: una aproximación

(Una charla en casa me ha recordado la vieja discusión del foro. Cuando me dicen que algo es indefinible me lo tomo como un reto: rescato, un poco más elaborados, los intentos de definir o al menos acotar el concepto)

Creo que la elegancia es en principio puramente física, que los animales son el modelo más que el eco metafórico. Ser elegante es moverse con destreza, gracia y seguridad; es elegante la economía de medios (la ausencia de florituras), la adaptación suave al entorno, la eficacia gestual, cierto ritmo interior que acompasa el actuar a la respiración, a los latidos del corazón, al fluir de la sangre.

Pero no somos (sólo) animales. Por un lado, lo que en ellos es natural y automático el ser humano tiene que negociarlo consigo mismo, con esa anomalía llamada consciencia. En el mundo natural no caben las vacilaciones, los sentimientos contradictorios, las inseguridades, los filtros entre pensamiento y acción que en cambio no puede evitar el ser humano. El elegante se ha de mover como si no pensara, como si cada gesto le naciera de dentro sin mediación. A esto se llega desde varios caminos, no excluyentes: seguridad en uno mismo, inconsciencia, desparpajo... son cualidades que ayudan, y dependiendo de la que predomine se dará una manera u otra de elegancia.

Por otro, la civilización entraña convenciones: no todo gesto natural es deseable. La adaptación al medio, que en el camello que tanto deleitaba a Flaubert supone el perfecto apoyo del pie sobre un suelo irregular, en la sociedad humana consiste en funcionar dentro de una maraña de reglas de todo tipo. Ahora no basta con la naturalidad del accionar libre y fácil: se impone un férreo control sobre uno mismo. Añadimos pues a los requisitos una buena dosis de autodominio que permita embridar ese fluir natural y llevarlo por cauces aceptados.

(Es por eso, se me ocurre, que hay viejos elegantes. El animal se pliega sin resistencias a la decrepitud, pero el ser humano puede imponer ese control interno, esa voluntad de estilo cuando ya el cuerpo no da la fluidez de antaño. Y elegir qué cosas se permite hacer y cuáles no, por ejemplo).

Diremos entonces que elegante es, en una definición más específicamente humana, el que consigue interiorizar este control, automatizar las restricciones de manera que no encorseten el accionar: el resultado sería esa facilidad de segundo grado, elaborada, fruto del aprendizaje, civilizada en fin, para la que la danza (the nimble tread of the feet of Fred Astaire), el deporte (la imperial conducción de balón de Zinedine Zidane) o cualquier otro ejercicio codificado pueden servir de ejemplo.

Desde el momento en que hay convenciones, es indispensable por supuesto conocerlas exhaustivamente: sería el lado cultural o social de la elegancia. ¿Son únicos estos códigos? No, por cierto, y no me refiero sólo a exotismos lejanos como las mujeres de largo cuello anillado o pies diminutos: cada discoteca de barrio tiene sus reinas, dueñas de unas claves tan absolutas en su ámbito como las que maneja Carrie Bradshaw en el suyo. Y es siempre un conocimiento práctico, aplicado, personal. Al elegante, se suele decir, le queda todo bien. Sí, pero porque no se pone jamás nada que le quede mal.

Decía Locke que la verdad es una, mientras que las formas del error son infinitas; nada más cierto en el tema que nos ocupa; dejando aparte los casos desesperados, que somos legión, quedan aún los que fallan por poco: al que se controla en exceso le llamamos estirado; al que se atiene a las reglas sin naturalidad, pomposo; al que se ceba en el detalle, atildado; vanidoso al que deja ver autosatisfacción. La misma conciencia de ser elegante pone en peligro el delicado equilibrio: si se ignora, estaríamos ante una elegancia (que la hay) puramente instintiva, animal, indistinguible de la otra a la vista, aunque de mucho menos interés en lo personal; si se sabe, como se debe saber, no queda otra solución que olvidarlo, no tenerlo nunca presente.

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11 Comments:

Anonymous Gin said...

Lo importante no es ser elegante sino saber que no se es. Así se evita hacer el ridículo intentando serlo.

3:13 PM  
Blogger Ignacio said...

Pues vengo de ver algo que bien puede ser una ilustración a su comentario: en el Café Negro, una chica -bastante mona, por otra parte- ha pagado los cafés con un billete pillado entre dos dedos, echando el brazo hacia atrás y sin mirar al camarero.

Y nustro comentario inmediato ha sido: no es tan divina como para permitirse ese gesto.

4:44 PM  
Anonymous Anonymous said...

No hay nadie tan divino como para permitirse ese gesto.

7:07 PM  
Anonymous Gin said...

Bueno, yo conozco un par que sí podrían permitírselo, sí.

8:23 PM  
Blogger Ignacio said...

Cuente, cuente...

9:31 PM  
Anonymous Roberto Zucco said...

Llevo varios días sin poder leer mis blgs favoritos y te aseguro que este post que acabas de escribir, o yo de leer, me parece extraordinario. Escribes precisamente con una sencillez expositiva y una ELEGANCIA extrema. Combinas la claridad con la profundidad, como requería Ortega. Lo único que me despista es esa cita balompedíca de Zidane... ¿No será que eres del Real Madrid? Esta bién: nadie es perfecto.

4:15 PM  
Blogger Ignacio said...

Hombre por dios, nada más lejos. Bético me hice en un momento dado, pero antimadridista (virulento e irracional) lo soy desde antes de nacer.

Ahora, otra cosa que soy es objetivo. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un pelotero como Zinedine Zidane.

12:21 AM  
Blogger Bo Peep said...

Absolutamente de acuerdo contigo. Y convendrás conmigo en que La Petite es muy elegante. ;)
El usuario anónimo se me ha adelantado, y aprovecho para contestar a Gin que esos dos casos que él conoce aunque PUDIERAN no DEBERIAN permitírselo.

6:26 PM  
Blogger Ignacio said...

Ella, doña Bo. Que Gin es ella, digo.

8:06 PM  
Blogger La donna è mobile said...

Si la persona que está conmigo hace ese gesto con el billete para pagarle al camarero, por mis muelas que es la última vez que me ve el pelo. La elegancia no está reñida con la sencillez, ni con la humildad, ni con la consideración. Y esas maneras me parecen de cagamandurrias declarado.

Horroroso, venga de quien venga.

Y creo que te equivocas, Ignacio, cuando apuntas que "Al elegante, se suele decir, le queda todo bien. Sí, pero porque no se pone jamás nada que le quede mal.". No, la frase es correcta hasta el punto y seguido. La explicación posterior es errónea. Hay personas que desnudas son elegantes, sus movimientos, su forma de estar, su prestancia. Con una camisa vieja. Con unos vaqueros rotos. Despeinados. Naturalmente desprevenidos. Sin artificio. Así hay mucha gente y los ojos no se cansan de mirarlos.

1:27 AM  
Blogger Ignacio said...

Pero claro, donna. Si he empezado diciendo que es algo básicamente animal... Claro que con vaqueros y camiseta, claro que despeinadas...

Pero no me refiero a eso; ¿te imaginas a Inés de la Fressange con un vestido de satén morado, tres volantes en diagonal por abajo, mangas de farol, lazos y cintas por todas partes, un horror de esos que se llevaban a las fiestas de nochevieja en nuestra mocedad? ¿a que no?

Eso es lo que quería decir: que es condición de la elegante saber elegir; que nunca se equivocan, que saben lo que les queda mejor y cuándo ponérselo.

1:58 PM  

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