Friday, July 29, 2005

Vacaciones

Y con esto (que es, secundariamente, una declaración contra el tópico de que el verano pide ligereza), me marcho un par de semanas a tierra de infieles.

Volveré, imagino, con material para el blog de viajes, pero permanezcan atentos también a esta pantalla, que algo caerá.

Lo más parecido a un credo

Este texto, para mí importantísimo, es la reflexión con que cierra George Steiner “Presencias reales”, un libro necesario, que perdurará. Si es posible un punto de encuentro entre creyentes y ateos (no una mutua tolerancia, sino un verdadero terreno común) está aquí.
Existe un día concreto en la historia occidental del que ni la relación histórica ni el mito o las Escrituras dan cuenta. Se trata de un sábado. Y se ha convertido en el día más largo. Sabemos de aquel Viernes Santo que, según la cristiandad, fue el de la Cruz. Sin embargo el no cristiano, el ateo también lo conoce. Esto significa que conoce la injusticia, el sufrimiento interminable, el despilfarro, el brutal enigma del fin que tan ampliamente constituyen no sólo la dimensión histórica de la condición humana, sino la estructura cotidiana de nuestras vidas personales. Sabemos, puesto que no podemos eludirlos, del dolor, del fracaso del amor, de la soledad que son nuestra historia y nuestro destino particular. También sabemos acerca del domingo. Para el cristiano, ese día significa una insinuación, asegurada y precaria, evidente y más allá de la comprensión, de la resurrección, de una justicia y un amor que han conquistado la muerte. Si no somos cristianos o creyentes, sabemos de ese domingo en términos análogos. Lo concebimos como el día de la liberación de la inhumanidad y de la servidumbre. Buscamos resoluciones, sean terapéuticas o políticas, sean sociales o mesiánicas. Las características de ese domingo llevan el nombre de esperanza (no hay palabra más deconstruible).

De todas maneras el nuestro es el largo día del sábado. Entre el sufrimiento, la soledad y el despilfarro impronunciable por un lado, y el sueño de liberación, de renacimiento, por otro. Frente a la tortura de un niño, a la muerte de un amor que es el Viernes, incluso el arte y la poesía mayores son inútiles. Es de suponer que en la Utopía del Domingo, la estética carecerá de toda lógica o necesidad. Las aprehensiones y figuraciones en el juego de la imaginación metafísica, en el poema y en la música, que hablan de dolor y de esperanza, de la carne de la que se dice que sabe a ceniza y del espíritu del cual se dice que sabe a fuego, son siempre sabáticas. Han surgido de una espera inmensa que es la del hombre. Sin ellas, ¿cómo podríamos tener paciencia?

Wednesday, July 27, 2005

Habas contadas

Provincianismo es... cuando ves venir por el otro extremo de la calle una figura tocada con un panamá y sabes, sin el menor resquicio de duda, quién es.

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Monday, July 25, 2005

Hilos

El viernes estuvimos en el Cervantes escuchando a Pink Martini, la banda más sofisticada de Portland, Oregon, y –por ende- del resto del mundo. El concierto fue un absoluto disfrute, una burbuja cosmopolita y deliciosamente retro: la gran China Forbes sonó igual de fabulosa en inglés, francés, croata, portugués, español y japonés; los músicos estuvieron señoriales, disfrutones, sobrados; hasta el público parecía más guapo y entendía los chistes en inglés.

Salimos un poco más felices y creyendo que otra vida es posible, y comentando la jugada me acordé de cuando vinieron la otra vez, hace unos años, y de una canción que me lanzó a una búsqueda por la Red de esas que dan frutos enristrados como cerezas.

El tema se llamaba Song of the Black Lizard, venía firmado por Miwa y en la carpetilla decía que sonaba en una película japonesa de los 60. Tuve que entrar en un foro de cine japonés y preguntar, pero al final me encontré con más hilos en la mano de los que podía seguir. Trataré de reunirlos aquí.
-La película, que ha sido llamada con justicia the epitome of camp, cuenta la lucha del mejor detective de Japón por salvar a la hija de un millonario y a la Estrella de Egipto (el mayor diamante del mundo, claro) de una sofisticada ladrona de joyas llamada Lagarto Negro; el enfrentamiento entre las dos inteligencias superiores, cargado de atracción sexual no resuelta, discurre entre night clubs donde Liberace se avergonzaría de ser visto y bases secretas pobladas de víctimas del Lagarto convertidas en autómatas obedientes. (Aquí, una muy buena crítica).
-El guión está basado en una novela del popularísimo (allí) Rampo Edogawa (seudónimo que oculta una especie de juego de palabras bilingüe: si lo leemos en el orden apellido-nombre, pronunciando en japonés y muy rápido, suena algo así como Edgar Allan Poe, o eso se pretende). Pero la cosa se va poniendo suculenta cuando nos enteramos de que la adaptación teatral se debe nada más y nada menos que a Yukio Mishima (que además aparece brevemente, como una de las muñecas-esclavas en la isla del Lagarto Negro).
-Continuando con los bizarre facts, el papel protagonista lo interpreta Akihiro Miwa, legendario travesti que tuvo una gran amistad con Mishima. De su interpretación se ha escrito que: Miss Lizard is portrayed by the transvestite actor Akihiro Miwa, who flounces around in an impossible collection of boas and chokers and turns every flourish of her cigarette holder into an over-the-top arabesque. Esta entrevista puede servir para conocer a un personaje interesantísimo, de corazón y cabeza bien amueblados, que aún sigue dando guerra: podemos escucharlo poniendo voz a brujas diversas en las últimas, oscuras creaciones del gran Miyazaki.
-Pero no podemos dejar de lado al director, Kinji Fukasaku , autor de la serie de películas B sobre la Yakuza protagonizadas por Sonny Chiba que tanto le gustan a Tarantino, director de la segunda unidad en Tora! Tora! Tora!, hombre para todo de la industria japonesa capaz de resucitar en el 2000 y dar sopas con honda a los jovencitos que pretenden ser salvajes con esa barbaridad llamada Battle Royale. "Lo llamaría el Jess Franco japonés si sintiera respeto por Jess Franco", me escribió alguien en el foro aquel donde empecé a indagar.
Creo que fue después de está inmersión en cosas que desconocía por completo cuando entendí lo que significaba internet.

Tuesday, July 12, 2005

Elegancia: una aproximación

(Una charla en casa me ha recordado la vieja discusión del foro. Cuando me dicen que algo es indefinible me lo tomo como un reto: rescato, un poco más elaborados, los intentos de definir o al menos acotar el concepto)

Creo que la elegancia es en principio puramente física, que los animales son el modelo más que el eco metafórico. Ser elegante es moverse con destreza, gracia y seguridad; es elegante la economía de medios (la ausencia de florituras), la adaptación suave al entorno, la eficacia gestual, cierto ritmo interior que acompasa el actuar a la respiración, a los latidos del corazón, al fluir de la sangre.

Pero no somos (sólo) animales. Por un lado, lo que en ellos es natural y automático el ser humano tiene que negociarlo consigo mismo, con esa anomalía llamada consciencia. En el mundo natural no caben las vacilaciones, los sentimientos contradictorios, las inseguridades, los filtros entre pensamiento y acción que en cambio no puede evitar el ser humano. El elegante se ha de mover como si no pensara, como si cada gesto le naciera de dentro sin mediación. A esto se llega desde varios caminos, no excluyentes: seguridad en uno mismo, inconsciencia, desparpajo... son cualidades que ayudan, y dependiendo de la que predomine se dará una manera u otra de elegancia.

Por otro, la civilización entraña convenciones: no todo gesto natural es deseable. La adaptación al medio, que en el camello que tanto deleitaba a Flaubert supone el perfecto apoyo del pie sobre un suelo irregular, en la sociedad humana consiste en funcionar dentro de una maraña de reglas de todo tipo. Ahora no basta con la naturalidad del accionar libre y fácil: se impone un férreo control sobre uno mismo. Añadimos pues a los requisitos una buena dosis de autodominio que permita embridar ese fluir natural y llevarlo por cauces aceptados.

(Es por eso, se me ocurre, que hay viejos elegantes. El animal se pliega sin resistencias a la decrepitud, pero el ser humano puede imponer ese control interno, esa voluntad de estilo cuando ya el cuerpo no da la fluidez de antaño. Y elegir qué cosas se permite hacer y cuáles no, por ejemplo).

Diremos entonces que elegante es, en una definición más específicamente humana, el que consigue interiorizar este control, automatizar las restricciones de manera que no encorseten el accionar: el resultado sería esa facilidad de segundo grado, elaborada, fruto del aprendizaje, civilizada en fin, para la que la danza (the nimble tread of the feet of Fred Astaire), el deporte (la imperial conducción de balón de Zinedine Zidane) o cualquier otro ejercicio codificado pueden servir de ejemplo.

Desde el momento en que hay convenciones, es indispensable por supuesto conocerlas exhaustivamente: sería el lado cultural o social de la elegancia. ¿Son únicos estos códigos? No, por cierto, y no me refiero sólo a exotismos lejanos como las mujeres de largo cuello anillado o pies diminutos: cada discoteca de barrio tiene sus reinas, dueñas de unas claves tan absolutas en su ámbito como las que maneja Carrie Bradshaw en el suyo. Y es siempre un conocimiento práctico, aplicado, personal. Al elegante, se suele decir, le queda todo bien. Sí, pero porque no se pone jamás nada que le quede mal.

Decía Locke que la verdad es una, mientras que las formas del error son infinitas; nada más cierto en el tema que nos ocupa; dejando aparte los casos desesperados, que somos legión, quedan aún los que fallan por poco: al que se controla en exceso le llamamos estirado; al que se atiene a las reglas sin naturalidad, pomposo; al que se ceba en el detalle, atildado; vanidoso al que deja ver autosatisfacción. La misma conciencia de ser elegante pone en peligro el delicado equilibrio: si se ignora, estaríamos ante una elegancia (que la hay) puramente instintiva, animal, indistinguible de la otra a la vista, aunque de mucho menos interés en lo personal; si se sabe, como se debe saber, no queda otra solución que olvidarlo, no tenerlo nunca presente.

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Thursday, July 07, 2005

Una pequeña contribución al centenario

Casi recién empezado este blog escribí un par de comentarios (aquí y aquí) sobre las apariciones del autor en su obra; lo dejé como una lista abierta, pero como tantas otras cosas no la continué. Leyendo (como buen y disciplinado españolito) mi Quijote este año me di cuenta de que esta novela infinita daba ella sola más ejemplos de ese tipo de presencia (y más variados, más rabiosamente contemporáneos, más sorprendentes) que todo el resto de la literatura junta.

Por querer hacer honor a esa riqueza he ido aplazando la redacción de un texto adecuado, al menos hasta acabar la relectura. Pero como veo que mis notas dispersas se van a quedar en nada, quiero comentar al menos este, que en mi enciclopédica ignorancia me atrevo a considerar hallazgo o intuición propia.

A la venta donde se cruzan todas las historias llega un fugado de Argel, que también tiene la suya. Y dentro de ella, de pasada:

(…) ninguna cosa nos fatigaba tanto como oir y ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a este, desorejaba aquel, y por esto, por tan poca ocasión y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Sólo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y de la menor cosa de muchas que hizo temimos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.

Un moro cruel, psicópata, que sólo a un hombre no castiga por más que se pase. ¿Qué nos está contando Cervantes de sí mismo? A mí me parece un lamento exquisitamente distanciado, pudoroso, melancólico, un amable y triste burlarse de uno mismo y de su perra suerte (“había de ser empalado”, precisamente viene a escribir un hombre que, Lázaro Carreter dixit, pesaba y medía cada palabra). Siglos después, en plena apoteosis del ego, el histriónico Lawrence hará fuegos artificiales con un episodio parecido: cuánto más viril, más digna, de mejor calidad nos resulta la contención cervantina.

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Saturday, July 02, 2005

Iceberg

Leo una cosa de Gómez de la Serna sobre las montañas y lagos de mentira en los jardines de los chinos de ciudad, que son las montañas y lagos recortados del país lejano que el chino recortó pacientemente con sus tijeritas de chino en el contraluz de luna, habiendo desde entonces en el paisaje de allá un perfil con querencia de volver a encajarse. Se me ocurre una cosa en la misma línea (mucho menos aérea, claro, más preñada y retórica, pero ese es el tono de que no acabo de librarme), sobre los fragmentos de muralla de cartón piedra que defienden los restaurantes chinos en cada uno de nuestros barrios, y de cómo cuando sopla según qué viento sueñan con estirarse hasta, uniéndose, formar tramos, ensancharse en barbacanas y torres, abrir saeteras, portillos, fosos…

Voy a coger el bolígrafo para anotarlo y me doy cuenta de que estoy en la cama, adormilado, que no hay ningún libro de Ramón a la vista, que me lo he inventado todo entre sueños. Me pregunto qué más habrá por ahí dentro, debajo, detrás, sin que tenga yo el menor control sobre ello. Me pregunto si, de ser posible hacerlo a voluntad, me atrevería a entrar ahí con un cuadernillo.

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