Sunday, June 12, 2005

Pesadilla

(Una llamativa coincidencia me ha hecho sacar del archivo este texto que tiene ya unos años; lo publico sin más que un lavado de cara).


A medida que la cola va avanzando con exasperante lentitud, a tironcillos que las más de las veces se reducen a un apretarse algo más con el vecino para crear una ilusión de movimiento, percibes con más claridad que hay algo equivocado en todo esto. Esta vez es un cine de barrio, pero podía ser también un Teatro de la Ópera o un barracón de feria: lo que no varía es la creciente desazón, el impulso de alejarte a toda prisa de esa hilera de rostros borrosos, como de muñecos de cera que el artesano hubiera desechado sin acabarlos de moldear; pero ya la cola ha terminado por llegar a la taquilla y no te queda más remedio que dejarte llevar casi en volandas hacia adentro después de recoger el billete que te tiende una mano blanda y fría.


A lo largo del estrecho pasillo has sentido que se te empezaba a coagular en el estómago un vago malestar, como si alguien estuviera llenando tu cuerpo hueco de un líquido extraordinariamente espeso. Ahora no tocas apenas el suelo; apretado entre idénticos rostros de cera atraviesas un vestíbulo que se intuye enorme en la oscuridad. El líquido alcanza casi el nivel de la garganta cuando entráis en la sala.

Es un patio de teatro barato, antiguo, transformado en cine en su día y escapado después al destino común de acabar en bingo, con suelo de cemento sin pulir y sillas plegables de madera. Todo en él parece hecho del mismo material, todo es incoloro y gastado; en el techo altísimo unas bombillas mortecinas dispuestas al azar tratan de recordar un cielo estrellado. Los hombres de cera van tomando asiento con gestos lentos y mal medidos, mientras tú te dejas adelantar, de pie en el pasillo, respirando hondo, lleno de un alivio que no sabes explicarte; sólo después de que un acomodador de rostro ensombrecido por la visera te indique el asiento te das cuenta, al mirar hacia arriba, de que las lucecitas se han convertido en verdaderas estrellas: el techo corredizo está abierto al cielo de verano.

De cualquier manera el alivio dura poco, solamente hasta que el mago entra en escena con su ayudante. Allí al fondo, tal vez por efecto de los focos, te parecen más reales, más nítidamente dibujados al menos que el público, y desde el primer momento su presencia te resulta intolerable. No es la desoladora zafiedad de su parloteo, ni ese extraño sombrero troncocónico, como de puritano de Salem; ni siquiera la repulsiva apariencia física de la mujer casi anciana, con los michelines asomando bajo el corpiño de lentejuelas y un brillo grasiento de sudor y maquillaje en la frente. Es algo más insidioso y que viene de más lejos, una tensión al principio imperceptible que va tomando forma en el entusiasmo desproporcionado con que el público aplaude los números más burdos, que circula por la sala haciendo bascular sobre uno y otro pie, nerviosamente, a los acomodadores, que se proyecta al escenario donde los trucos van incluyendo a medida que avanza la velada algún componente sádico o simplemente brutal, y que finalmente se concentra triunfante sobre ti, clavándote al asiento e impidiéndote cualquier movimiento ahora que salir de allí se ha convertido en una necesidad desesperada.

El bulto tembloroso que llevaba en brazos la ayudante resulta ser, al librarlo de la tela de saco que lo envolvía, una gaviota hecha un ovillo, las alas sujetas al cuerpo con tres vueltas de cuerda. El mago, que insensiblemente ha abandonado la chocarrería –como si ya no le sirviera, aciertas a pensar- para adoptar una actitud de rebuscada ceremoniosidad, va soltando lentamente las ligaduras después de atontar al animal con una inyección. En el silencio absoluto que ha caído sobre la sala los ruidos mínimos que producen estas manipulaciones resuenan con ominosa rotundidad. Inmóvil, incapaz de desviar la mirada, sientes cómo el líquido vuelve a subir en tu interior. A pesar de, o precisamente por haber perdido el control del cuerpo, tu mente registra cada dato con una claridad imposible: la mueca de desaliento de la ayudante, el brillo de las enormes tijeras a la luz de los focos, la suciedad de las uñas del mago cuando se quita el guante para sujetar el ala por el extremo, el primer fulgor de la sangre, rojo sobre blanco, al morder las tijeras sin ruido la carne inerte. Como si hubiera estado allí todo el tiempo, esperando tan sólo el momento propicio para aparecer, una náusea incontenible te dobla en dos sobre el asiento de delante al mismo tiempo que el ave, súbitamente despierta por el dolor, lanza un graznido inconcebiblemente agudo y chirriante que, cuando ya no puedes soportarlo más, se convierte en el timbre del teléfono.

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2 Comments:

Blogger Ignacio said...

Acabo de cambiarle tiempo verbal y persona. Mucho mejor, no sé cómo no me di cuenta.

11:56 PM  
Blogger La donna è mobile said...

Efectivamente, estresante sí es. Qué bien escribes, Ignacio, por favor. Te miro, comparo y no diré que es triste, que no es eso, pero haciéndolo sé que jamás lo haré como tú. Y bueno, es un tema que viene a ser (mayormente) como lo de los 20 cms., o los tienes o no los tienes, y cuando es que no, has de buscarte las mañas.

3:24 PM  

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