Monday, May 16, 2005

Las voces de los héroes

La Ilíada de Baricco (I)

A Alessandro Baricco le pidieron que preparase una versión de la Ilíada para una lectura pública. Como suele pasar, los términos del encargo se quedaron un poco estrechos, y se encontró escribiendo algo que, si bien no llega a ser un libro autónomo, sí que es algo diferente de una traducción. Aparte de los cortes y la evitación de repeticiones, cosa lógica cuando se trata de poner en pie un espectáculo de duración limitada, y de la elección de un lenguaje actualizado (como hizo en su día Samuel Butler), hay una serie de decisiones que convierten el texto en otra cosa, en una investigación literaria propia.

En primer lugar, la primera persona. B. decidió que, si lo iban a leer actores, mejor que dieran voz directamente a los protagonistas. El resultado es por momentos fascinante: la narración alterna del contraataque troyano entre Sarpedón y Ayax, moviendo el punto de vista vertiginosamente de lado a lado de las murallas, la mirada piadosa y desolada del viejo Fénix sobre Aquiles y Patroclo (eravano bambini, capite), el sentido de intimidad en medio de la multitud que inmediata, inevitablemente deriva del ojo que narra desde dentro cada batalla...y siempre, apenas disfrazada en registros, la voz hipnótica, embaucadora, acariciante de Baricco, el ritmo escandido de sus frases cortas, las pausas teatrales. Habla Áyax:

Si alzò una tempesta di vento che faceva paura. Polvere dappertutto, che saliva fino al ponte delle navi. I troiani attraversarono il fossato e si avventarono contro il nostro muro. Scuotevano i merli delle torri, abbatevano i parapetti, cercavano di scalzare i pilastri che regevano tutto. Noi stavamo in cima, proteggendoci dietro agli scudi di cuoio, e colpendo ogni volta che potevamo. Volavano pietre, dappertutto, come fiocchi di neve in una tormenta, d'inverno. Avremmo potuto farcela, il muro resisteva bene, ma poi arrivò Sarpedonte. Con l'enorme scudo di bronzo e d'oro, teso davanti, e due lance strette in pugno: ci arrivò adosso come un leone affamato.

En ninguna parte está escrito que una versión en prosa del clásico tenga que ser desmayada y rutinaria: ya que se añade al infinito espesor de textos sin postularse como única o mejor, bienvenida sea esta voz que no renuncia a sí misma y se mide con lo eterno.

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