Tuesday, May 17, 2005

Horror vacui

La Ilíada de Baricco (II

Pero la singularidad mayor de este libro estriba en una decisión radical. Baricco ha eliminado los dioses de la ecuación. Nada menos. Y lo primero que sorprende, desde un punto de vista técnico, es que se puede hacer. Que la acción (excepto en un par de puntos concretos, donde el protagonismo divino es insoslayable) no pierde consistencia.

Que esto suceda, que este ejercicio sea posible nos dice mucho de la religión de los griegos. En los textos canónicos de Walter Otto y Willamowitz, pero también en el recentísimo, luminoso ensayo de Citati sobre Ulises (que Baricco tiene que haber tenido muy presente) se traza un entendimiento de lo divino como intensificación de la realidad, como metáfora si se quiere de la plenitud de la existencia. No es sólo que cuando un personaje se muestra inspirado, elocuente, irresistible, se diga que un dios habla por su boca; es que cualquier impulso (también negativo, también la cobardía o el despecho), con tal de que implique por completo a la persona en su arrebato, de que detenga el tiempo y borre el mundo alrededor, se describe como la irrupción de un dios.

Pero ¿qué le queda a Baricco cuando elimina a los dioses? ¿qué nos queda a nosotros? Queda la acción desnuda, inexplicable, autosuficiente. En las batallas esta alteración confiere al texto un ritmo extraordinario, una viveza que si ya sobre el papel te deja sin aliento, en la lectura en voz alta debe ser acojonante. Pero a la literatura actual le es muy difícil tratar con la acción desnuda. A falta de dioses, entra en escena la psicología, ese sucedáneo. No encontraremos rastro de psicología en Homero, no la necesitaba. Los afectos aparecen como hechos dados, el dolor o la alegría son iguales que una pierna rota o la lanza que se clava a centímetros del objetivo: cosas que suceden.

Ahora no somos capaces de esto: Baricco no puede (¿quién podría?)aguantar la tensión de esa ausencia y se ve impulsado a llenar el hueco con frases explicativas, exposiciones de motivos, justificaciones. En un impulso de honradez las deja en cursiva: unas son ingeniosas, otras conmovedoras y otras más bien forzadas, pero en general resuenan en una longitud de onda diferente, son un cuerpo extraño al texto. Helena atraviesa el palacio resuelta a entregarse a los griegos y acabar con el horror; se cruza con una vieja criada, que en el poema es Afrodita. La mujer le dice “Paris te espera en el lecho, ungido y perfumado; ve con él”. Helena se rebela, la insulta, maldice... y obedece, porque con Afrodita no hay alternativa, porque el deseo no entiende de justicia ni de piedad.

Baricco en cambio rebusca y explica: mi faceva paura, l'ho detto; i vecchi spesso fanno paura. Y bueno, sí, podría ser; pero eso no es más que literatura, mientra que Helena abandonada al mandato del cuerpo, escupiéndole su desprecio a Paris mientras las manos se le van solas a buscarlo, contradictoria e incomprensible como una diosa o una mujer, es algo que va mucho más allá de las palabras, algo fabricado con los mismos materiales que nosotros, una creación igual que la Creación: el mito.

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