Monday, May 30, 2005

Yo ya era así

Chinchorrero y proclive a buscarle las vueltas a todo, incapaz de quedarme tranquilo si no entendía algo. Desde pequeñito, digo. Y últimamente, por una serie alambicada de asociaciones, he ido rescatando del pozo fragmentos de un asunto que me tuvo intrigado durante años: la letra de las canciones de misa. No es que no estuviera de acuerdo con el concepto general, eso vendría más tarde: es que, entre el canto melismático del cura, la disposición errática de los acentos y lo alambicado de las expresiones, no se entendía nada de lo que decían algunas.

Jerusaleeeeeeeeeén / está fundaaaaaaadaaaaaaaa / como ciudaaaaaaaad.... ¿bien con Bagdad? ¿Y qué tiene que ver aquí Bagdad? ¿No es de los moros? ¿Las fundaron a la vez? Eso va a ser, y una se pasó al enemigo...

O peor aún, en el mes de María. El treeeeceeee de maaayoooo / laaaa Viiiirgen Maaaaríaaaa / bajó de loooooos cieeeeelos / a.... ¿coba de iría? ¿a dónde iría? ¿y la coba? ¿tenía que darle coba a dios para bajar?

Digo yo (ahora) que el Rompetechos podía haberse tomado un minutito, antes de sacarnos al pasillo a cantar, para explicarnos que la virgen se apareció en un cueva, que en portugués se dice cova. A lo mejor es que no lo sabía, y se limitaba a repetir la cancioncilla mecánicamente, como el resto de mis compañeros, a quienes yo miraba impotente, sin entender cómo podían quedarse tan tranquilos sin descifrar ese jeroglífico.

Pero no eran sólo las de misa. Algunos anuncios de la tele no se quedaban atrás; la flagolosina, ¿estaba siempre en la esquina, como entendía yo, o en la estima, como sostenía mi amigo Q.? Eternas discusiones, en las que al menos desechamos la posibilidad de que fuera siempre lastima, porque el señor fabricante no iba a tirarse piedras sobre su tejado. Pero aunque se resolviera eso, quedaba el enigmático final: aceitasatushelados, flagolosina fla. ¿Aceite? ¿pero cómo les vas aponer aceite? ¿no será afeitas? Sí, claro, afeitas a tus helados, eso tiene mucho más sentido.

Y fla ¿qué era, la marca?

Tuesday, May 17, 2005

Horror vacui

La Ilíada de Baricco (II

Pero la singularidad mayor de este libro estriba en una decisión radical. Baricco ha eliminado los dioses de la ecuación. Nada menos. Y lo primero que sorprende, desde un punto de vista técnico, es que se puede hacer. Que la acción (excepto en un par de puntos concretos, donde el protagonismo divino es insoslayable) no pierde consistencia.

Que esto suceda, que este ejercicio sea posible nos dice mucho de la religión de los griegos. En los textos canónicos de Walter Otto y Willamowitz, pero también en el recentísimo, luminoso ensayo de Citati sobre Ulises (que Baricco tiene que haber tenido muy presente) se traza un entendimiento de lo divino como intensificación de la realidad, como metáfora si se quiere de la plenitud de la existencia. No es sólo que cuando un personaje se muestra inspirado, elocuente, irresistible, se diga que un dios habla por su boca; es que cualquier impulso (también negativo, también la cobardía o el despecho), con tal de que implique por completo a la persona en su arrebato, de que detenga el tiempo y borre el mundo alrededor, se describe como la irrupción de un dios.

Pero ¿qué le queda a Baricco cuando elimina a los dioses? ¿qué nos queda a nosotros? Queda la acción desnuda, inexplicable, autosuficiente. En las batallas esta alteración confiere al texto un ritmo extraordinario, una viveza que si ya sobre el papel te deja sin aliento, en la lectura en voz alta debe ser acojonante. Pero a la literatura actual le es muy difícil tratar con la acción desnuda. A falta de dioses, entra en escena la psicología, ese sucedáneo. No encontraremos rastro de psicología en Homero, no la necesitaba. Los afectos aparecen como hechos dados, el dolor o la alegría son iguales que una pierna rota o la lanza que se clava a centímetros del objetivo: cosas que suceden.

Ahora no somos capaces de esto: Baricco no puede (¿quién podría?)aguantar la tensión de esa ausencia y se ve impulsado a llenar el hueco con frases explicativas, exposiciones de motivos, justificaciones. En un impulso de honradez las deja en cursiva: unas son ingeniosas, otras conmovedoras y otras más bien forzadas, pero en general resuenan en una longitud de onda diferente, son un cuerpo extraño al texto. Helena atraviesa el palacio resuelta a entregarse a los griegos y acabar con el horror; se cruza con una vieja criada, que en el poema es Afrodita. La mujer le dice “Paris te espera en el lecho, ungido y perfumado; ve con él”. Helena se rebela, la insulta, maldice... y obedece, porque con Afrodita no hay alternativa, porque el deseo no entiende de justicia ni de piedad.

Baricco en cambio rebusca y explica: mi faceva paura, l'ho detto; i vecchi spesso fanno paura. Y bueno, sí, podría ser; pero eso no es más que literatura, mientra que Helena abandonada al mandato del cuerpo, escupiéndole su desprecio a Paris mientras las manos se le van solas a buscarlo, contradictoria e incomprensible como una diosa o una mujer, es algo que va mucho más allá de las palabras, algo fabricado con los mismos materiales que nosotros, una creación igual que la Creación: el mito.

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Monday, May 16, 2005

Las voces de los héroes

La Ilíada de Baricco (I)

A Alessandro Baricco le pidieron que preparase una versión de la Ilíada para una lectura pública. Como suele pasar, los términos del encargo se quedaron un poco estrechos, y se encontró escribiendo algo que, si bien no llega a ser un libro autónomo, sí que es algo diferente de una traducción. Aparte de los cortes y la evitación de repeticiones, cosa lógica cuando se trata de poner en pie un espectáculo de duración limitada, y de la elección de un lenguaje actualizado (como hizo en su día Samuel Butler), hay una serie de decisiones que convierten el texto en otra cosa, en una investigación literaria propia.

En primer lugar, la primera persona. B. decidió que, si lo iban a leer actores, mejor que dieran voz directamente a los protagonistas. El resultado es por momentos fascinante: la narración alterna del contraataque troyano entre Sarpedón y Ayax, moviendo el punto de vista vertiginosamente de lado a lado de las murallas, la mirada piadosa y desolada del viejo Fénix sobre Aquiles y Patroclo (eravano bambini, capite), el sentido de intimidad en medio de la multitud que inmediata, inevitablemente deriva del ojo que narra desde dentro cada batalla...y siempre, apenas disfrazada en registros, la voz hipnótica, embaucadora, acariciante de Baricco, el ritmo escandido de sus frases cortas, las pausas teatrales. Habla Áyax:

Si alzò una tempesta di vento che faceva paura. Polvere dappertutto, che saliva fino al ponte delle navi. I troiani attraversarono il fossato e si avventarono contro il nostro muro. Scuotevano i merli delle torri, abbatevano i parapetti, cercavano di scalzare i pilastri che regevano tutto. Noi stavamo in cima, proteggendoci dietro agli scudi di cuoio, e colpendo ogni volta che potevamo. Volavano pietre, dappertutto, come fiocchi di neve in una tormenta, d'inverno. Avremmo potuto farcela, il muro resisteva bene, ma poi arrivò Sarpedonte. Con l'enorme scudo di bronzo e d'oro, teso davanti, e due lance strette in pugno: ci arrivò adosso come un leone affamato.

En ninguna parte está escrito que una versión en prosa del clásico tenga que ser desmayada y rutinaria: ya que se añade al infinito espesor de textos sin postularse como única o mejor, bienvenida sea esta voz que no renuncia a sí misma y se mide con lo eterno.

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Friday, May 06, 2005

Observaciones nimias

La primera hora de la mañana favorece el escrutinio de uno mismo en su versión menos autoconsciente. Reducidas las funciones cerebrales al mínimo, limitado a la ejecución de acciones automatizadas, a veces logra uno sin proponérselo esa separación, ese salirse del yo y mirarse desde fuera que para las religiones orientales constituye, tengo entendido, el logro final.

Lo que a ese ojo le es dado observar es, claro, un bulto soñoliento sin mayor interés psicológico, un ser que se agota en sensaciones epidérmicas, pero qué diablos, bastante autoanálisis tenemos ya en esta vida.

Esta mañana me he levantado muy pitañoso: a los pelirrojos se nos ponen los ojos imposibles, por esta época. Entre que encendía la cafetera y sacudía la borra de la cazoleta –pie al pedal, tres golpes secos al borde del cubo, pedal abajo- he arrancado una pieza del rollo de cocina y me he rebañado la humedad peguntosa de los ojos. Con el papel arrugado en la izquierda he puesto el café; en la encimera suelen quedar restos de agua amarronada del goteo inevitable. Sin pensar, he pasado para limpiarla el papel que tenía en la mano.

Fulminante, inesperada, me ha venido una sensación de asco, de error, de transgresión casi. Como si la secuencia temporal no importara, como si ese agua sucia hubiera entrado en contacto con mi ojo. Un momento después, con la cafeína activando el cerebro, me parecerá una bobada, y ahora que lo escribo, una boutade, un juego más con las palabras. Mejor así: no soy irracionalista, nunca he pensado que haya vida posible fuera de nuestros esquemas de tiempo sucesivo y espacio reversible, causa y efecto, acción y reacción. La tentación –innegable- de hacer una morelliana con esto (ahí, pero dónde, cómo) la resisto con facilidad. No es mi palo, por así decirlo. Pero a pesar de todo quién me dice a mí que mi cuerpo adormilado se equivoca, que ese repeluco no es más cierto que todas las construcciones que me sustentan.