Saturday, March 12, 2005

El heredero

Cuando Frankie Dunn lee a su boxeadora moribunda el poema de Yeats (I will arise and go now, and go to Innisfree) se abrocha con una elegancia casi sigilosa el recorrido de Eastwood por el envés del viaje que cincuenta años antes emprendió Sean Thornton hacia la expiación y la paz. Y es en esa proclama orgullosa y humilde, propia de quien sabe de dónde viene y quiénes son su padres, donde definitivamente este autor asume, con su herencia, los galones y la responsabilidad de llevar la antorcha en esta edad que nos habíamos resignado a ver como de vejez prematura del arte más joven.

Los Cohen –por irnos a lo más granado- nos habían hecho creer que lo mejor que se puede hacer hoy con los clásicos es Miller’s Crossing: estilización absoluta, saturación de referencias, voladura controlada del edificio con respeto escrupuloso de las convenciones, cinefilia tamizada de ironía. Los Cohen son como nosotros, sólo que más listos. Nos representan, nos entienden, ven lo que vemos. Y su agotamiento (que parece irreversible) es también el nuestro.

Pero de repente llega Harry el Sucio y nos despierta de un par de hostias, recordándonos que los clásicos están ahí para que cada generación se mida con ellos. En el momento justo de una carrera construida con una solidez e independencia difíciles de ver hoy día, el hombre del poncho ha decidido batirse en duelo con el hombre del parche, y lo ha hecho en el territorio espiritual más inviolable, en el último rincón de paraíso con el que nos está permitido soñar. Million dollar baby no es el reverso oscuro de The quiet man. Es una mirada al trasluz, a contrapelo; es, mucho más que una revisión, una zambullida en sus aguas más profundas. Como Pierre Menard, Eastwood se ha sentado a escribir de nuevo su Quijote; a diferencia de la elusiva criatura de Borges, no ha hecho el menor esfuerzo por borrarse en el proceso.

En la película de Ford la liberación llega de la mano de la propia vida que fluye como un torrente, de las fuerzas elementales que ni nuestros actos ni las interpretaciones que de ellos hacemos pueden frenar. La naturaleza se lleva por delante (a fuerza de puñetazos, de canciones y besos) toda negrura, todo reconcomio; contra el verde jugoso e incandescente de Erin no es posible la melancolía, ni siquiera la introspección.

En el mundo de Eastwood, en cambio, el pasado gravita como un cielo bajo y oscuro. Frankie Dunn ha elegido no olvidar: cada mañana al llegar al gimnasio mira de frente al ojo de cristal de Eddie Scrap, cada día se sienta en el banco de la iglesia sin tener muy claro por qué, cada semana escribe una carta sin esperanza a la hija que dejó marchar. La redención sólo puede presentarse para él en forma de segunda oportunidad: si volvemos a recorrer todo el camino y esta vez no cometemos ningún error podremos dejar el pasado atrás. Hará falta –primero- que la sonrisa hambrienta y limpia de una niña le encienda de nuevo los ojos, y que un golpe mal dado le arrebate -más tarde- toda esperanza para que comprenda que esa salida es imposible, que no podemos volver sobre nuestros pasos. En una sádica simetría que pertenece al mundo de la tragedia antigua, el destino no sólo le hará caer por segunda vez en el mismo infierno, sino que le pedirá que tome por compasión una vida. Apurado el dolor hasta el fondo, Frankie encontrará la paz en un Innisfree lluvioso y nocturno, un refugio anónimo con olor a tarta de limón -a small cabin build there, of clay and wattles made.

El boxeo no es una metáfora de la vida, sino una destilación. En el boxeo el triunfo y la derrota, el honor, el deber, las lealtades y traiciones se corresponden a un código claro y compartido: quien lo incumple lo sabe, y aunque llegue a nadar en dinero no puede ignorar que en el fondo lo desprecian. En el boxeo es posible perder con dignidad y ganar con honra. Por eso salen de él tan buenas películas. La vida en cambio es sucia, confusa, ambigua; no se deja reducir a un código. No es casualidad que Sean Thornton sea inocente, que el limpio relato de Eddie deje claro que Frankie no le falló el día que le reventaron el ojo. La tragedia aflora cuando la vida irrumpe y el código no es suficiente, cuando estalla un ojo o un corazón y el saber que has cumplido con las leyes del honor no te borra de la retina el cuerpo de tu rival tirado en la lona como un muñeco roto. Por eso nos parece –y es la única fisura de consideración- que al introducir el juego sucio en la pelea final y caracterizar a la rival de forma tan maniquea se rebaja la historia amenazando con deslizarla de tragedia a anécdota.

Para terminar de salir del círculo infernal, Thornton tenía que volver a pelear fuera del cuadrilátero; por buscar la redención entre las cuatro cuerdas es castigado Frankie a vivirlo todo de nuevo. Aunque Ford toma a su personaje muy cerca de la salida, el recorrido es el mismo: podría decirse que Million dollar baby palpita y alienta en el interior del flashback en blanco y negro que asalta a Sean Thornton en su viaje hacia la luz; que de alguna manera drena la oscuridad que en el clásico sirve de sustrato invisible, se alimenta de ella y la saca al primer plano.

De estirpe fordiana son también las armas: la narración de Eastwood es de una limpieza y sobriedad que no se veían en cine desde hace mucho. Ni una trampa, ni una concesión al capricho (como no sea, y no es casualidad, la presentación de la rival definitiva, que remite por unos instantes a lo peor de la saga Rocky; lunar mínimo en cualquier caso, que si irrita es por comparación). No creo, por poner un ejemplo, que nadie pueda rodar hoy día el encuentro de una carta deslizada bajo la puerta con esa pureza e intensidad. Y como manda el canon clásico, la historia se construye sobre los actores, apoyándose en sus presencias y ritmos interiores. Sin la ternura hosca de Eastwood (esos pantalones subidos, esas gafas), sin la luminosidad que irradia una Hillary Swank que en su vida va a estar mejor, y sobre todo sin la inmensa, leñosa presencia de Morgan Freeaman (y escribo sin haber escuchado su voz original en off) no se entendería este maravilloso trozo de cine.

Como ha dicho no sé quién, que le den un parche para el ojo a este hombre y nos haga una película al año mientras pueda. Y que nosotros lo veamos.

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12 Comments:

Blogger Teresa, la de la ventana said...

Me acabas de destripar la película...
Pero me ha gustado tu crítica.

11:07 PM  
Blogger Ignacio said...

Vaya, siento el destripe... y agradezco el elogio.

1:06 PM  
Blogger La donna è mobile said...

Todavía me acuerdo cuando íbamos al cine de adolescentes a jugar con los mecheros, a fumar a escondidas, a ligar con los chicos bajiiiiiiito-bajiiiiiiiiiito. Recuerdo cuando comprar la entrada era lo primero que se hacía el sábado a las cinco, convirtiéndose además en el preludio de una noche en la que después no solía pasar nada importante.

Y ya ves tú, acostumbrada a pensar que el rucurrún-rucurrún que se oye en el cine son las palomitas, y resulta que en realidad es el cerebro de algunos. De los están ahí observando para después contarlo así...

Inquietante, :-)

10:09 AM  
Blogger Ignacio said...

Bueno Donna, esta semana veré Blade III y seguro que no saldré de ella con necesidad de escribir nada (sí tal vez de succionar algún cuello, jeje)

2:54 PM  
Blogger La donna è mobile said...

Diga usted que sí, que cuando unos labios atrapan la yugular y durante unos segundos, succionando lujuriosos, detienen el riego sanguíneo, una sería capaz d...

Mira, mejor me callo. ¡Al cine, eso, al cine!

:-)))

4:26 PM  
Anonymous Anonymous said...

Impresionante, Ignacio. No he visto la película, no conozco la historia, ni las claves ni las referencias, pero me ha impresionado su prosa.

Brian

10:15 PM  
Anonymous Anonymous said...

Hola, Ignacio, vi la película este pasado fin de semana y me gustó muchísimo, me sorprendió incluso. Una de las mejores películas que he visto en los últimos tiempos.

También tu crítica me ha hecho pasar un buen rato (las relaciones que estableces entre "El hombre tranquilo" y "Million dolar baby" son muy interesantes).

Jesús

12:08 AM  
Blogger Ignacio said...

Gracias, Brian. Ahora, al cine, no vaya a salirme como mi madre, que no va desde Gandhi.

Jesús, viniendo del patrón de Innisfree me alivia ese interés: quién mejor para ver las relaciones ;-)

12:58 AM  
Blogger Sirwood said...

.

12:38 PM  
Blogger Ignacio said...

Interesante comentario.

4:23 PM  
Blogger Juan Pedro Quiñonero said...

De John Huston, aplicable a (buena) parte de la obra de CE: "Porque la muerte viene para siempre; pero nosotros No la tememos..."

8:48 AM  
Blogger Ignacio said...

Vaya, esto sí que es un honor inesperado.

Bienvenido a esta casa sin cimientos.

1:11 PM  

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