Thursday, February 17, 2005

Carta al padre

(Viene de Cartas)

La carta de K. es otra cosa. En la tragedia de Wilde, por autoprovocada que fuera, por más que la intuyamos tan producto del orgullo ciego como la de Ayax, hay un componente de evitabilidad: es un desarrollo que podía no haberse dado. En el enfrentamiento de K. con el padre (en su escenificación en forma de carta) nos encontramos por el contrario en el terreno de lo inevitable, transitando continuamente entre un nivel de insoportable intimidad, del psicoanálisis más exhaustivo y encarnizado, y otro metafísico, religioso, de categorías universales (pero todo en su obra es así).

Se puede especular sobre hasta qué punto ese conflicto existencial es determinante en la visión kafkiana; Canetti lo hizo de refilón, examinando las cartas a Felice Bauer, y a pesar de lo penetrante que resulta su mirada cuando localiza allí también el mismo germen, nos da la impresión de que siempre quedará algo más que escarbar, porque esa obra tan radicalmente extrañada de toda individualidad que parece dictada por un dios a su médium es sin embargo no ya producto del conflicto original, sino –me atreveré a decir- la misma cosa. Pero por eso mismo –si entendemos que toda la obra de K. no es otra cosa- es lícito hablar de la Carta al Padre como si fuera sólo una carta a un padre.

Tampoco aquí las palabras son inocentes –nunca lo son. Una escritura sinuosa que todo lo que adelanta la acusación (machacona, detallada en términos de leguleyo casi) lo vuelve atrás en meandros de matizaciones, en el empeño continuo, recurrente en exculpar al padre (¿qué culpa tiene él de ser sanguíneo, estentóreo, enorme frente a un hijo con nervios como cuerdas de violín y un miedo atroz a la vida?), una venenosa delicadeza que no alcanza (¿no alcanza?) a esconder el rencor, una formalidad equilibrada que nos parece siempre a punto de romperse en lágrimas histéricas (pero ¿no lo habrá querido así este prosista exactísimo?). Con qué acentos conmovedores, con qué admirable contención del propio desgarro nos dice su mensaje: qué más da, ya todo ha pasado, no hay ninguna posibilidad de futuro y por ello podemos al menos ser sinceros sin herirnos.

Hacia el final la manipulación alcanza una sutileza terrorífica. K. es, no me canso de repetirlo, el más absoluto maestro de la palabra, y aquí pone en juego todos sus recursos. No se vale, como los buenos mentirosos, más que de la verdad desnuda. Toma la voz del padre y construye una contraargumentación demoledora: vemos literalmente al pobre hijo, endeble, enfermizo y carente de voluntad aplastado en el puño paterno; ninguna de sus patéticas excusas queda sin desmontar, ninguna mezquindad permanece escondida. Y después, cuando sin aliento esperamos el contragolpe definitivo (esto dirías, sin duda, y tendrías razón desde tu punto de vista, pero…) no encontramos otra cosa que un balbuceo, una coda apresurada, el reconocimiento de que no hay comprensión posible entre ambos y que las acusaciones mutuas podrían seguir eternamente. Y es justo en ese dejarse aplastar también en su territorio, con todo a favor, donde K. nos pone definitivamente de su lado.

Pero no nos lo creemos. No del todo. Al fin y al cabo estamos leyendo la carta, esa carta tan terriblemente íntima, porque K. quiso que la leyéramos. De hecho no la envió directamente al teórico destinatario, sino a su madre. Y cuando le fue devuelta la conservó con el resto de manuscritos. No. Ese tono apagado, de agotamiento tras la lucha, no se dirige al padre-monstruo en busca de un entendimiento precario, sino justamente a todo el resto del mundo, para fijar en él –en la madre, en nosotros- esa imagen monstruosa.

Es por eso que, a pesar de una sinceridad despiadada que hace parecer intolerablemente vanidosos en el recuerdo la mayoría de los libros de memorias o confesiones, la patente necesidad de tener al lector de su lado hace que el texto se quede un poco por debajo de lo que K. suele darnos, de lo que esperamos de él. Y es que las cartas abiertas son un género traidor.

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