Monday, January 03, 2005

El censor

Todas las sociedades necesitan una figura así, una referencia moral incómoda pero fiable, un fustigador implacable de blanduras e inconsecuencias que prescinda en sus juicios de todo ese corpus circulante de ideas no discutidas que como el aire se nos meten en los pulmones sin sentir y aprovechando nuestra pereza y falta de rigor se interponen como un filtro de color entre el mundo y nuestros ojos; que no admita complacencias ni sentimentalismos, al que se le dé un ardite de la opinión ajena y mire con no disimulado desprecio la carrera insensata por honores y canonjías que constituye el núcleo de lo que se ha dado en llamar vida cultural.

En otros tiempos estas figuras ocupaban un lugar destacado, y aunque muchas veces se les hiciera caso omiso no por ello se les dejaba de escuchar: ay del ciudadano de Roma en quien Catón fijara su mirada. Entre nosotros, Unamuno fue seguramente el último de esta especie a quien el público prestaba crédito (Y Unamuno, ¿qué dice de esto?, pregunta angustiado el personaje de Agustín González en “Belle Epoque”, y eso basta para aislar sus tiempos de los nuestros); Rafael Sánchez Ferlosio, en cambio, era hasta ahora no diré un ilustre desconocido pero sí uno de esos autores mucho más nombrados que leídos, y es dudoso que el premio eleve demasiado su número de lectores.

Sánchez Ferlosio tiene un talento absolutamente descomunal, pero le falta entusiasmo para dedicarse a la literatura: se diría que ha mirado por detrás de la tramoya y ya no es capaz de creerse lo que se ve desde la sala. Dejó dos libros perfectos antes de los treinta (el aburridísimo Jarama y esa joya iridiscente que es Alfanhuí) y reincidió muchos años después –en la publicación: escribirlo, lo había escrito al parecer por la misma época que los otros dos- con esa cosa extraña, El testimonio de Yarfoz, un fragmento de algo que sólo él sabría adónde caminaba, pero que este lector no sabe por dónde coger.

Así que, a pesar de algunas piezas decididamente literarias (y mejores que todo lo que se publica hoy) salpicadas en sus libros siguientes, lo cierto es que si hubiera que escribir hoy sobre su obra como cosa terminada, y atendiendo al volumen e intensidad en la dedicación, lo más acertado sería seguramente verlo como un ensayista, pero no de la inane especie actual sino de estirpe más recia, un teórico entreverado de crítico de costumbres que bebe de Torres y Villarroel tanto como de Vives y otros humanistas españoles olvidados que sólo él lee ya.

De un escritor así lo que menos importa es que tenga razón. Diré casi que me interesa por igual cuando suelta un chispazo de clarividencia metafísica (Tengo para mí que la discusión sobre la existencia o inexistencia de Dios no es, a fin de cuentas, más que la forma académicamente tolerada hacia la que acabó desviándose la mucho más escabrosa y hasta delictiva cuestión de su bondad o maldad; más, aquí) o política (Si a un terrorista, por una parte, y a un soldado, por la otra, el hombre que cada uno de ellos va a matar se les muere de un rayo unos momentos antes, para el soldado será tan valedero, según su propio fin, el efecto de tal rayo como si a su fusil fuese debido, mientras que el terrorista juzgará que el rayo ha desbaratado su propósito y frustrado su fingracias, Arcadi) que cuando se mete en el jardín de la economía con lo que uno, desde la ignorancia, adivina magro bagaje de conocimientos o se pierde en recovecos epistemológicos que sólo a él le inquietan. Porque lo que cuenta al final es la actitud de hosca independencia, la determinación feroz de pensarlo todo uno mismo porque para eso estamos en este mundo, porque si no emitimos juicios sobre lo que nos rodea somos menos que vegetales por más ordenadores que tengamos.

Hay además un efecto no deseado por el autor que me lo hace especialmente querido: su cada vez mayor desvinculación del lenguaje, la estética, el estilo de los tiempos, unida a su empeño en hablar de ellos, hacen de él un abuelete cascarrabias absolutamente adorable. Escuchémosle hablar de música moderna:

Desde luego hay que reconocer que la publicidad plenamente incorporada como un ingrediente más en la mercancía expendida por el rock, aunque inficcione también la ejecución vocal, reside especialmente en la presencia visible de la persona del cantante y en los estrafalarios, escandalosos o agresivos uniformes –al parecer de más o menos convincente expresión de inconformismo y rebeldía- y, sobre todo, en la descoyuntada gesticulación que esa misma presencia le permite ofrecer.

¿No dan ganas de hacerle carantoñas en los mofletes?

Labels:

0 Comments:

Post a Comment

<< Home