Tuesday, January 11, 2005

Comentar un cuadro, I
Max Ernst, Dove and Forest (1923). Tate Modern Gallery, Londres

Una pared interminable, altísima (el cielo pálido y extraño, allá lejos) que se curva sobre nosotros en los extremos con voluntad de cilindro, como queriendo encerrarnos; un telón oscuro y rugoso, transitado de larvas, tachado de cicatrices, pardo de huecos fallidos que asoman a oscuridades más opacas; una barrera de corteza vagamente vegetal, húmeda y casi palpitante, no del todo muerta pero ya (o aún) no viva; una superficie metafísicamente hostil que nos sofoca aplastándonos contra la pared contraria (pared inexistente pero que el cuadro crea con su claustrofóbica malevolencia). De alguna forma el dar tres pasos atrás queda excluido; estamos atrapados.


Y ya hemos estado aquí antes. Este es el bosque de los sueños malos; no hay distancias ni tiempo, no hay escala; los troncos, que se unen en empalizada sin dejar rendija entre ellos, conservan en el recinto (sea cual sea éste) una atmósfera pútrida y dulzona. Un aire tenue, blando de tan usado nos ahila la respiración (perforaciones aquí y allá nos lo muestran libre y azul del otro lado, pero no alcanzamos a traerlo hasta los pulmones). No hay verdor allá arriba, no hay cúpula sino una silueta recortada, abrupta, que se pierde en los primeros jirones de nube. Lo grande y lo pequeño se confunden: ¿estamos a centímetros de un árbol (y los mundos que miramos no son sino el histérico pulular de los insectos, los picotazos del pájaro carpintero, las hebras desgreñadas de una telaraña rota) o vemos desde lejos la imponente fila de lanzas enhiestas, la tracería geométrica de espinas que se cruzan, el obsceno anudarse de las ramas?

Así también el pájaro; atrapado como nosotros (¿lo encierra una jaula o sólo su recuerdo grabado en la madera?), no sabemos si es una minúscula silueta la que se ha dibujado sobre un tótem salpicando apenas unas gotas de pintura, o si se trata del tenue rastro de sangre de un cadáver que ya no está, o de la presencia esquemática de un espíritu no por saberse impotente menos dispuesto a romperse las alas contra la pared. El rojo de su silueta punteada nos clava al oído lo que diríamos un graznido estrídulo, pero en esa atmósfera rarefacta nos llega impreciso, asordinado, como esos pitidos que cuando los notamos no sabemos decir si llevan cinco minutos o todo el día.
¿Pide socorro, aúlla en agonía o introduce tal vez con su canto destemplado una inexplicable jovialidad en la escena? No podemos saberlo; en el bosque de los sueños malos los signos se bifurcan y multiplican sin que podamos encontrarles un sentido.

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