Tuesday, January 25, 2005

Un arte poética

(Para Jesús)

Sigo con los diarios de A.T.


En ese instante oímos a nuestra espalda un leve chasquido. Ni siquiera nos asustamos. Nos volvimos y vimos en el suelo la hoja del plátano que lo había producido, y temblaba todavía.

Pensé que un poeta tendría que escribir algo con todo aquello, un poema que no fuese nada, que no tuviera una finalidad, un poema que no contratara la realidad, sin otro vínculo con ella que la realidad de ese instante, el aire, la noche, la pureza de todo ello, sin preguntas sobre el amor ni la muerte ni la eternidad ni la fugacidad de todo.

Algo que fuese en sí mismo pleno, como un segundo real, intenso, indestructible. Quién sabe. Algo parpadea en la pantalla del ordenador, como si cayeran también por dentro muchas hojas secas.

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Sunday, January 23, 2005

La necesaria modestia

Me gustan mucho los diarios de Andrés Trapiello; me dicen que sus novelas no valen mucho, no sé... en cualquier caso creo que ha encontrado un vehículo perfecto para él en estos dietarios que muchos han leído por el cotilleo y los personajes apenas disimulados tras las iniciales, cuando en realidad es lo de menos.

Le leo hoy una reflexión que bien vale para esto de los blogs:

Lo mejor de los diarios es que están escritos por nadie, porque siendo alguien hay que serlo mucho para poderlos sostener. Imaginemos que estamos hablando entre nosotros, cuatro o cinco, alrededor de una mesa, en una benefactora penumbra, benévola para todos. De pronto, en la trastienda del universo, alguien da a un interruptor y se encienden focos poderosos. Se halla uno en un escenario y le escuchan las naciones, el presente y la posteridad con igual atención. En un cuaderno comprado en el Rastro por cuarenta pesetas puede uno anotar lo que quiera con palabras que saldrían huyendo si se vieran conducidas a la lápida de mármol.

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Saturday, January 15, 2005

¿O no?

Hace unos años fuimos a una conferencia de don Rafael de la Hoz, con la inevitable sensación de que no habría muchas más oportunidades. A sus noventa y muchos años resultaba impresionante tal lucidez y firmeza de ideas. En esos días se andaba discutiendo en Málaga una propuesta de cubrir la Catedral, ante los graves problemas de humedades, con un tejado a dos aguas que nunca estuvo –pero tenía a su favor un proyecto antiguo de Ventura Rodríguez y la coherencia estilística con su hermana granadina.

Bien: el inevitable espontáneo levantó la mano en el turno de preguntas para plantear al sabio la cuestión. ¿Sería tan grave –le dijo- impedir la vista exterior de unas bóvedas que en realidad no se ven desde ninguna parte? Don Rafael –después de excusarse, como hacen los sabios, por no poder emitir un juicio sin conocer el problema a fondo- lanzó una de esas frases lapidarias que ya no se estilan: Las ve Dios.

Ayer estuve a punto de comprarme unos pantalones obscenamente caros sólo porque tenían un forro de rayas de colores vivos, realmente fantástico, pero creo que sería un atrevimiento llevar más allá el paralelismo.

Friday, January 14, 2005

Coincidiendo

Si lo hubiera leído antes no habría escrito tal vez mi comentario, o lo habría hecho de otra forma; si mucho después me habría sonado vagamente familiar. Pero así, un par de días después de decir yo algo parecido, esto de Andrés Trapiello tiene el buen sabor de una palmadita en la espalda.

Creo que de todos los escritores españoles es Ferlosio el que tiene el alma más pura y sorprendida (su capacidad de asombrarse y de indignarse no tienen parangón con ninguna otra), que ha detestado más que nadie la literatura y todo lo que tenga que ver con ella, vaya a saberse por qué, y que cambiaría con sumo gusto el puesto que le han dado en los manuales de literatura por uno más discreto en los de lingüística o en los de cualquier otra ciencia absurda e inaplicable.

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Tuesday, January 11, 2005

Comentar un cuadro, I
Max Ernst, Dove and Forest (1923). Tate Modern Gallery, Londres

Una pared interminable, altísima (el cielo pálido y extraño, allá lejos) que se curva sobre nosotros en los extremos con voluntad de cilindro, como queriendo encerrarnos; un telón oscuro y rugoso, transitado de larvas, tachado de cicatrices, pardo de huecos fallidos que asoman a oscuridades más opacas; una barrera de corteza vagamente vegetal, húmeda y casi palpitante, no del todo muerta pero ya (o aún) no viva; una superficie metafísicamente hostil que nos sofoca aplastándonos contra la pared contraria (pared inexistente pero que el cuadro crea con su claustrofóbica malevolencia). De alguna forma el dar tres pasos atrás queda excluido; estamos atrapados.


Y ya hemos estado aquí antes. Este es el bosque de los sueños malos; no hay distancias ni tiempo, no hay escala; los troncos, que se unen en empalizada sin dejar rendija entre ellos, conservan en el recinto (sea cual sea éste) una atmósfera pútrida y dulzona. Un aire tenue, blando de tan usado nos ahila la respiración (perforaciones aquí y allá nos lo muestran libre y azul del otro lado, pero no alcanzamos a traerlo hasta los pulmones). No hay verdor allá arriba, no hay cúpula sino una silueta recortada, abrupta, que se pierde en los primeros jirones de nube. Lo grande y lo pequeño se confunden: ¿estamos a centímetros de un árbol (y los mundos que miramos no son sino el histérico pulular de los insectos, los picotazos del pájaro carpintero, las hebras desgreñadas de una telaraña rota) o vemos desde lejos la imponente fila de lanzas enhiestas, la tracería geométrica de espinas que se cruzan, el obsceno anudarse de las ramas?

Así también el pájaro; atrapado como nosotros (¿lo encierra una jaula o sólo su recuerdo grabado en la madera?), no sabemos si es una minúscula silueta la que se ha dibujado sobre un tótem salpicando apenas unas gotas de pintura, o si se trata del tenue rastro de sangre de un cadáver que ya no está, o de la presencia esquemática de un espíritu no por saberse impotente menos dispuesto a romperse las alas contra la pared. El rojo de su silueta punteada nos clava al oído lo que diríamos un graznido estrídulo, pero en esa atmósfera rarefacta nos llega impreciso, asordinado, como esos pitidos que cuando los notamos no sabemos decir si llevan cinco minutos o todo el día.
¿Pide socorro, aúlla en agonía o introduce tal vez con su canto destemplado una inexplicable jovialidad en la escena? No podemos saberlo; en el bosque de los sueños malos los signos se bifurcan y multiplican sin que podamos encontrarles un sentido.

Sunday, January 09, 2005

Catálogo de envidias, V

No es sólo necesario respirar con la frase, dejarla crecer desde dentro, dotarla de vida propia de manera que tras el empujoncito inicial camine sola y por sus pasos:

Todo ello vendría a ser, pues, como a manera de un sistema circulatorio, en que el flujo diastólico de las grandes arterias sólo mantiene a pleno rendimiento su potencia propulsora si hasta los más pequeños vasos capilares le devuelven, en el reflujo sistólico, la totalidad del aflujo recibido, de tal modo que cualquier merma de volumen en la sístole de esos últimos vasos capilares iría debilitando la capacidad de devolución de los inmediatamente superiores, y así sucesivamente, deteniendo de abajo arriba la actividad circulatoria del entero sistema vascular.

No basta con lograr esa asombrosa asimilación de continente y contenido en que la arquitectura verbal evoca de algún modo nada directo pero perceptible la figura descrita, demostrando que el estilo donde reside de verdad es en la sintaxis. Hace falta además el desapego, la firmeza de pulso, la magnífica desvergüenza de marcarse este desplante refitolero, castizo, españolísimo:

Sin duda esta figura, como casi todas, ha de hacer agua por alguna parte; yo ahora no sé por cuál, pero acéptese con las reservas oportunas o dése por no dicha.

Don Rafael Sánchez Ferlosio, ¿quién sino él?

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Monday, January 03, 2005

El censor

Todas las sociedades necesitan una figura así, una referencia moral incómoda pero fiable, un fustigador implacable de blanduras e inconsecuencias que prescinda en sus juicios de todo ese corpus circulante de ideas no discutidas que como el aire se nos meten en los pulmones sin sentir y aprovechando nuestra pereza y falta de rigor se interponen como un filtro de color entre el mundo y nuestros ojos; que no admita complacencias ni sentimentalismos, al que se le dé un ardite de la opinión ajena y mire con no disimulado desprecio la carrera insensata por honores y canonjías que constituye el núcleo de lo que se ha dado en llamar vida cultural.

En otros tiempos estas figuras ocupaban un lugar destacado, y aunque muchas veces se les hiciera caso omiso no por ello se les dejaba de escuchar: ay del ciudadano de Roma en quien Catón fijara su mirada. Entre nosotros, Unamuno fue seguramente el último de esta especie a quien el público prestaba crédito (Y Unamuno, ¿qué dice de esto?, pregunta angustiado el personaje de Agustín González en “Belle Epoque”, y eso basta para aislar sus tiempos de los nuestros); Rafael Sánchez Ferlosio, en cambio, era hasta ahora no diré un ilustre desconocido pero sí uno de esos autores mucho más nombrados que leídos, y es dudoso que el premio eleve demasiado su número de lectores.

Sánchez Ferlosio tiene un talento absolutamente descomunal, pero le falta entusiasmo para dedicarse a la literatura: se diría que ha mirado por detrás de la tramoya y ya no es capaz de creerse lo que se ve desde la sala. Dejó dos libros perfectos antes de los treinta (el aburridísimo Jarama y esa joya iridiscente que es Alfanhuí) y reincidió muchos años después –en la publicación: escribirlo, lo había escrito al parecer por la misma época que los otros dos- con esa cosa extraña, El testimonio de Yarfoz, un fragmento de algo que sólo él sabría adónde caminaba, pero que este lector no sabe por dónde coger.

Así que, a pesar de algunas piezas decididamente literarias (y mejores que todo lo que se publica hoy) salpicadas en sus libros siguientes, lo cierto es que si hubiera que escribir hoy sobre su obra como cosa terminada, y atendiendo al volumen e intensidad en la dedicación, lo más acertado sería seguramente verlo como un ensayista, pero no de la inane especie actual sino de estirpe más recia, un teórico entreverado de crítico de costumbres que bebe de Torres y Villarroel tanto como de Vives y otros humanistas españoles olvidados que sólo él lee ya.

De un escritor así lo que menos importa es que tenga razón. Diré casi que me interesa por igual cuando suelta un chispazo de clarividencia metafísica (Tengo para mí que la discusión sobre la existencia o inexistencia de Dios no es, a fin de cuentas, más que la forma académicamente tolerada hacia la que acabó desviándose la mucho más escabrosa y hasta delictiva cuestión de su bondad o maldad; más, aquí) o política (Si a un terrorista, por una parte, y a un soldado, por la otra, el hombre que cada uno de ellos va a matar se les muere de un rayo unos momentos antes, para el soldado será tan valedero, según su propio fin, el efecto de tal rayo como si a su fusil fuese debido, mientras que el terrorista juzgará que el rayo ha desbaratado su propósito y frustrado su fingracias, Arcadi) que cuando se mete en el jardín de la economía con lo que uno, desde la ignorancia, adivina magro bagaje de conocimientos o se pierde en recovecos epistemológicos que sólo a él le inquietan. Porque lo que cuenta al final es la actitud de hosca independencia, la determinación feroz de pensarlo todo uno mismo porque para eso estamos en este mundo, porque si no emitimos juicios sobre lo que nos rodea somos menos que vegetales por más ordenadores que tengamos.

Hay además un efecto no deseado por el autor que me lo hace especialmente querido: su cada vez mayor desvinculación del lenguaje, la estética, el estilo de los tiempos, unida a su empeño en hablar de ellos, hacen de él un abuelete cascarrabias absolutamente adorable. Escuchémosle hablar de música moderna:

Desde luego hay que reconocer que la publicidad plenamente incorporada como un ingrediente más en la mercancía expendida por el rock, aunque inficcione también la ejecución vocal, reside especialmente en la presencia visible de la persona del cantante y en los estrafalarios, escandalosos o agresivos uniformes –al parecer de más o menos convincente expresión de inconformismo y rebeldía- y, sobre todo, en la descoyuntada gesticulación que esa misma presencia le permite ofrecer.

¿No dan ganas de hacerle carantoñas en los mofletes?

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Sunday, January 02, 2005

Propósitos

Por más que me tiente no voy a colgar aquí mi lista anual de buenas intenciones. En lugar de ello me apropiaré de la estupenda fórmula de
Jaime:

Cosas que no se deben hacer jamás:
1. Listas

Aparte de ello, vengo a contar mis planes para otro blog que dedicaría a reunir y organizar mis notas de viaje. Como es habitual, tropiezo con la informática a cada paso, pero a eso ya estoy acostumbrado. Hay un par de cosas concretas que me tienen parado. Una es la posibilidad de agrupar los posts en categorías, que no sé si blogger la permite. Otra, una ocurrencia que me permitiría colgar las cosas a medida que las elaboro, sin preocuparme de la cronología: he visto que blogger te deja cambiar la fecha de los posts, y eso es justo lo que necesito para montar un diario de años pasados… pero después no se altera el orden, o sea que mi gozo en un pozo.

En fin, si alguno de los cinco lectores puede echar una mano, se agradecerá.