Monday, December 20, 2004

Un señor

Ayer vi a Chiquito por calle Larios. Iba hecho un brazo de mar, con su sempiterno traje azul, camisa blanca (esas indescriptibles de paramecios son un uniforme de trabajo), corbata discreta y los zapatos relucientes de limpios; iba en medio de un grupo de amigos, a lo suyo pero con una sonrisa pronta y amable para las miradas de reconocimiento. A mí, cruzarme con este hombre me deja una invariable sensación de optimismo, de alegría fácil y sin complicaciones que me dura al menos cuatro calles.

Ahora que ha pasado su momento de celebridad histérica es cuando da más gusto verlo; mientras otros con menos hechuras se dejan caer por el despeñadero de la fama perdida, bajando uno a uno los peldaños de la abyección televisiva y mendigando la atención de un público que se devora cien como ellos al mes, Gregorio Sánchez, a quien el éxito le vino con otra edad y otra cabeza, sigue tranquilamente instalado en la vida que se ha procurado, una vida ciertamente más cómoda que la que tenía, pero desde luego no radicalmente distinta.

Porque este hombre tiene más tiros dados que un cabo de regulares en Sidi Ifni: todos le han oído contar sus viajes a Japón con el cuadro de Manolo Caracol (le daba la mano al mismo tres veces, jarl), pero aquí en Málaga se le recuerdan tiempos peores, contando chistes en el Café Central por una cerveza y una tapa de cualquier cosa. Muchos años de ver y escuchar, mucho conocimiento de las debilidades humanas, mucha historia de couché vista entre bastidores como para dejarse engañar por esa fama arrasadora y tardía. Gregorio siguió con su vida de siempre, con su mujer de toda la vida (que se adivina de armas tomar); dicen que compró pisos, que es lo que hace un españolito de bien cuando la fortuna le sonríe; aguantó el tirón de los imitadores que le chupaban rueda (pleiteó por sus derechos pero no se fue a dar gritos a la prensa), se dosificó, se dejó querer colocándose en un status de estrella invitada mucho más cómodo y se dispuso a esperar el olvido con la misma bonhomía con que recibió el estrellato. Sigue esperando, claro: el mismo público que envía a la trituradora a los chaperos cubanos perfectamente intercambiables sabe guardar un poco más de fidelidad a quien no la pide como un poseso.

Y ahora, cuando esos mismos que en las fiestas de los cortijos le daban condescendientes palmaditas en la espalda se le acercan para presumir de amistad antigua, es de ver con qué señorío los saluda, sin asomo de rencor pero con doble ración de esa ironía zumbona que le chispea en los ojos siempre rientes, y sin dedicarles un minuto más de lo que demanda su cortesía tranquila, a la antigua usanza, se marcha calle Larios abajo a tomarse la cerveza del dominguito por la mañana.

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