Thursday, December 30, 2004

Un novelón (II)

-Con qué esplendor demoníaco resuena la voz de Joseph de Maistre en los discursos de Naphta...

La argumentación del Santo Oficio contra Galileo se reducía a que sus principios eran filosóficamente absurdos. No puede haber argumentación más decisiva (…)
Es verdadero lo que conviene al hombre. En él toda la naturaleza se halla concentrada, él solo ha sido creado en toda la naturaleza y toda la naturaleza ha sido hecha para él. Él tiene la medida de las cosas y su salvación es el criterio de verdad. Un conocimiento teórico que no se refiriese prácticamente a la idea de salvación del hombre se hallaría tan desprovisto de interés que sería preciso negarle toda verdad y negarse a admitirlo.

-¿Por qué nos da siempre la impresión de que Settembrini pisa en falso a pesar de su elocuencia y de que estemos básicamente con él en todo? ¿de dónde viene esa endeblez última de un discurso tan razonable y bien fundado como pueda darse? Por un lado, obviamente, del conocimiento de hechos posteriores: nosotros sabemos (y el autor también, es el personaje el que habla en desventaja) de las pesadillas que produjo el sueño burgués. Pero por otro más esencial, el problema es que quiere tener respuestas a todas las preguntas, pretende una visión del mundo completa y alternativa a la religiosa, y desde ese momento es presa fácil para los nihilismos de distinta laya, para la ferocidad negadora de Naphta, para la mirada de Castorp que se va despegando, despegando...

-Entre la razón optimista pero impotente del revolucionario burgués y la razón universalmente destructora del jesuita, el autor no ofrece más salida intelectual que la perplejidad levemente mareada del ingeniero, espectador único y privilegiado de las interminables partidas de ping pong; pero a cambio despliega (en cierto sentido el libro no hace otra cosa) toda una gama de actitudes vitales hacia un dilema insoluble del que ni siquiera la formulación sacamos en claro. De entre estas posturas entresaco una, mucho más interesante de lo que puede parecer a la primera lectura: la del pobre viajante de comercio que no entiende nada de esas cosas, que un día experimentó una epifanía por el sufrimiento físico más atroz y no pretende extraer de ella más que la evocación interminable de sus detalles.

Y me parece importante destacar la ausencia de otra: el escepticismo alegre, el encogimiento de hombros parecen estar fuera de la longitud de onda de Mann. Un buen ironista entre los internos, un gordo rebosante de sentido común podría haber hecho saltar en pedazos el libro; el autor lo sabe y lo evita con pulcritud y buen criterio novelesco aislando los gérmenes de ese trastorno en la figura del doctor, que por definición (por ética profesional, diríamos) queda fuera del juego. Pero aunque siempre es un error reclamar a los libros lo que no está en ellos, no puedo dejar de percibir que esa falta devalúa un planteamiento que se quiere abarcador y universal.

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