Tuesday, December 28, 2004

Un novelón (I)

A raíz de un texto de Duquena, penetrante y concienzudo como suyo, sobre La Montaña Mágica, y teniendo reciente una lectura de viaje del librote (contra el más elemental sentido común, que aconseja para tal ocasión libros ligeritos no tanto de contenido como de peso material, se me metió en la cabeza a última hora que a un recorrido con tanto paisaje alpino no podía uno llevarse otra cosa), me medio comprometí a publicar unas notas pergeñadas entonces.

Cuando les eché un vistazo resultaron ser dispersas, escasas y más o menos banales. De esos tres rasgos sólo he podido alterar, a base de inflarlas, el segundo (y no está claro que sea una mejora). De todas formas no es cuestión de echarse atrás: van aquí, fragmentadas para no cansar, algunas consideraciones sobre el grueso monumento literario.


-Desde el principio, una intrigante sensación (que no quiero llamar desajuste formal: algo mucho más leve, más bien como la doble imagen que vemos al desenfocar los ojos) que se concreta de repente: entre nosotros y la novela se interpone una pieza de teatro fantasma, y hay un momento en que llegamos a distinguirla con tanta nitidez que nos cuesta trabajo renunciar a la hipótesis caprichosa de su existencia previa. No nos precipitemos: el aliento largo, la amplitud de gesto que demandan las descripciones del marco natural, el necesario equilibrio entre detalle y conjunto, incluso la propia voluntad de constituirse en obra mayor, son condiciones que están pidiendo el formato de novelón.

Pero, con todo, hay algo irremediablemente teatral en el desfile de personajes que dialogan sin descanso trenzando y destrenzando grupos, moviéndose siempre en paralelo ante ese perfil recortado de los Alpes que podría perfectamente ser un diorama colocado ahí por el travieso Herr Direktor. Es fácil incluso detectar con claridad los finales de acto marcados por el encaje de los puntos de inflexión de la trama en los cambios estacionales.

Se diría incluso que esa obra traslúcida presenta contornos reconocibles, que las voces que nos llegan tienen un acento que hemos oído ya. ¿Camus, tal vez? Un recinto del que no se puede salir, conversaciones entre condenados... por un momento pensamos haberlo encontrado, pero no; nos encontramos más cerca de Heartbreak House que de Orán. Es en Bernard Shaw en quien estábamos pensando: la manera de encarnar ideas en personajes, la carpintería perfectamente trabada pero que deja ver los remaches por descuido voluntario, el lenguaje que disimula apenas su carga metafísica bajo los juegos de sociedad... Sí, Bernard Shaw podría haber escrito una obra magnífica con estos materiales: el jesuita judío, el charlatán progresista, la dama rusa indolente e irresistible (mon petit bourgeois a la tache humide... ¿no es una réplica propia de la alta comedia de ideas que tan bien se le daba al irlandés?)

-La fiebre: cuando yo era pequeño, treinta y siete y medio era que ya estabas bueno, y tu madre te dejaba levantarte aunque no ir al colegio. Estos señores hechos y derechos se trastornan hasta el ridículo por una décima más.

-Hasta bien pasada la mitad del libro (hasta el segundo invierno) no aparece la primera asociación expresa de la nieve con la muerte. Cuando uno mira entonces atrás, hacia el inmenso manto blanco que ha estado siempre ahí, ominoso y perfecto, como fondo del lento perderse de Castorp en la nada, y piensa que el autor ha aguantado hasta ese momento sin echar mano del campo de metáforas que le ofrece la nieve, no puede por menos de quitarse el sombrero al verlo tan por encima, tan en posesión de su material y sus recursos como para permitirse tal frugalidad; esas cosas son las que hacen grande a un escritor.

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