Wednesday, December 15, 2004

Límites

Me gustan. Prefiero jugar con reglas estrictas, con dificultades previas y ajenas; recuerdo que en los primeros cursos de Arquitectura, cuando había que enfrentarse por primera vez a esos enormes formatos en blanco que había que llenar de información, y una lámina compuesta con elegancia resultaba ser más importante que el contenido, yo solía empezar por colocar algún elemento a voleo en medio del papel, de manera que me obligara a ir contrapesando hasta equilibrar el conjunto.

Aunque nunca he sido capaz de escribir poesía (sin duda la gracia que no quiso darme el cielo), tengo la compulsión periódica de confeccionar sonetos banales: me divierte muchísimo encajar un concepto redondo, conclusivo y bien dicho en la jaula formal más perfecta que se ha podido inventar, aunque nunca he traspasado la línea que separa el juego retórico privado de lo que llamamos literatura (línea que yo más que nadie quiero indefinida, pero no por ello ignota: quien más quien menos sabe por dónde queda).

Cuando un poeta de verdad (me da lo mismo que sea el inmenso Quevedo o Gálvez el reconcentrado, que los improvisaba en los bares por una copa de anís) consigue respirar con naturalidad dentro de esa jaula hasta hacernos olvidar que está ahí, el resultado es extraordinario. La libertad ejercitada dentro de unos márgenes mínimos me resulta mucho más plena, más intensa que en medio de un espacio abierto: nos lo enseñan mejor que nadie los artistas egipcios que repetían fórmulas prácticamente invariables durante milenios sin perder la tensión; vivían en esas formas, las interiorizaban de manera que cada vez era la primera vez (tendré que volver sobre esos relieves, más despacio).

Dicho todo esto, no es de extrañar que me atrajera el reto, trasladado por mi amiga Gin (cuyo nombre no va en naranja de enlace porque –tímida o desdeñosa- se resiste a tener blog) de los microrrelatos. Se trata de un concurso organizado por Twinings que impone dos condiciones: los relatos no pasarán de cien palabras y contendrán un referencia expresa al té.

Inexperto en la técnica de lo brevísimo, empecé por una imagen que encontraba atractiva y construí una escena en torno de ella, tratando de no extenderme mucho pero sin preocuparme de contar palabras, para después proceder a la mutilación: es un ejercicio entretenidísimo y muy útil para coger disciplina; me recordó el rigor espartano con que (me contaron una vez) se obliga, en las Escuelas de Bellas Artes, a pintar por la otra cara del lienzo recién terminado para que nadie se encariñe. Llega un momento en que uno se queda tijera en mano, paralizado, convencido de que ya no se puede quitar ni una palabra más (y siguen sobrando diecisiete). Pero al final nada es imprescindible: se aprietan los dientes y se sigue cortando hasta cumplir.

Esta entrada debería acabar, de modo aleccionador y coherente con la teoría expuesta, con la constatación feliz de que al final las restricciones han mejorado el texto. Pero las cosas son como son, no como la teoría quiere. Aquí está el original:

Sunset Boulevard

Sentada en el porche, junto a la piscina, la vemos echar uno, dos, tres cubitos en el vaso, verter perezosamente la ginebra (el sol de atardecida arranca un destello exacto de la botella azul), exprimir el limón frotándolo por el borde y añadir la tónica. Con aire distraído se quita las gafas (redondas, anchas, de pasta negra) e introduce una patilla en el vaso para removerlo.

Ahora podemos ver esos famosos ojos casi transparentes: están cercados de violeta, terriblemente cansados. Se aparta de la cara un mechón pelirrojo que se ha escapado del pañuelo anudado a la italiana y se queda mirando sin interés, como si hubiera estado siempre ahí, el cuerpo que flota desmadejado boca abajo, el abrigo de vicuña inflado por la espalda: como una bolsa de té que tiñese poco a poco el agua de un color turbio, indefinido.

Al otro extremo de la casa suena el timbre.

-Cuando guste, Mr. De Mille, murmura sin volverse.


Y aquí el reducido:

Sunset Boulevard

Sentada en el porche, junto a la piscina, la vemos prepararse perezosamente un gin-tonic (un cubito, dos, tres, el limón exprimido). Con aire ausente se quita las gafas de sol y usa una patilla para removerlo.

Ahora podemos verle los ojos: grises, ojerosos, terriblemente cansados. Se aparta un mechón de la cara y se queda mirando sin interés el cuerpo que flota desmadejado boca abajo, la camisa inflada por la espalda: como una bolsa de té que tiñese lentamente el agua de un color turbio, indefinido.

Al fondo suena un timbre.

-Cuando guste, Mr. De Mille, murmura sin volverse.

Labels:

0 Comments:

Post a Comment

<< Home