Wednesday, December 01, 2004

Ingredientes para una pesadilla

Voy en avión, la cabeza apoyada en el plástico de la doble ventana, perfectamente aislado del exterior. Joe Dante jugó con la pesadilla recurrente del pasajero (un tornillo flojo, piezas que se desprenden, el motor humeante) situando en ese campo visual inmutable un monstruo verde. Creo que pecó de obviedad. En esa situación, cualquier cosa es susceptible de provocar miedo (un guante de goma, una cómoda Luis XV), simplemente porque no debería estar ahí.

Una de las mayores causas de terror (y no sé si en última instancia no se reducirán todas a eso) es el cambio arbitrario de cualquier magnitud de referencia que demos por sentada. El simple desplazamiento temporal, por ejemplo: un fantasma no es más que alguien que ya no tendría que estar entre nosotros. O un brusco e inexplicado cambio de luz: ¿hay algo más terrorífico que una claridad fosforescente en el claro de un bosque, en medio de la noche sin luna?

Ejemplos más sutiles pero no menos desasosegantes serían las sombras que reptan en dirección contraria a la que les marca el sol, los objetos que se mueven siquiera sea de modo imperceptible contra la gravedad (imaginemos una bola de piedra que asciende lentamente por una carretera de montaña), o los seres ominosos que no se reflejan en los espejos.

Nuestra mirada detecta lo antinatural antes que nosotros. Hagamos a una persona que camine hacia atrás y grabémosla en vídeo. Cuando pasemos la cinta al revés veremos avanzar hacia nosotros a un monstruoso desconocido de andar descoyuntado e indescifrable.

Pero el máximo terror, el más evidente pero tal vez por ello menos reductible a la razón, es el del tamaño. No se trata sólo del horror (explicable, aunque sólo en parte, por la amenaza directa) que provoca la hormiga gigantesca, esa concentración indeciblemente repulsiva de secreciones chorreantes, cerdas, pinzas, ojos facetados de gelatinoso temblor. No menor estremecimiento provocan los homúnculos de que la literatura ha poblado los siniestros laboratorios de nuestras pesadillas, o las flores gigantescas, palpitantes de carne animal que nos hacen ver sin posibilidad de equívoco que en el Trópico estamos de más.

Es, creo, la idea en sí de tamaño erróneo la que remueve un poso antiguo de espanto innominado. Trato de imaginar un ejemplo que eluda la fácil repugnancia viscosa: se me ocurre algo perfectamente neutro, absolutamente terrorífico. Estamos sentados en un banco del parque. Levantemos un poco la vista: veremos descender pausadamente, oscilando con el viento, una lámina finísima, liviana, de algún tipo de material poroso, enrollada sobre sí misma en espiral imperfecta. Su forma –si se unieran los dos extremos que la curvatura casi superpone- es la de un tronco de cono; de color marrón claro en su mayor parte, podemos observar, a medida que se acerca, que en su borde inferior está rematada por un estrecho festón de franjas amarillas y negras alternadas. Se posa sin ruido, a poca distancia de nosotros; tiene el tamaño, digamos, de un macetero grande.

Con un nudo en la garganta intentamos convencernos de que no es lo que sin asomo de duda estamos viendo que es, porque no es posible que lo sea, porque no nos atrevemos siquiera a imaginar qué ser inconcebiblemente grande está sacando punta a su lápiz, allá arriba. Entonces, más lentamente aún–no la hemos visto llegar-, una fina lluvia de carbonilla tiñe de negro el suelo a nuestros pies.

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1 Comments:

Blogger Portorosa said...

Está muy bien, Ignacio, me ha gustado mucho.

Un saludo.

9:36 PM  

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