Thursday, December 30, 2004

Un novelón (III)

-Dentro de este enorme recipiente que parece abarcar todo su siglo hay muchos libros de distintos géneros. No es el menos interesante de ellos el episodio de la visita del tío, una pieza breve perfectamente separable del resto, un entreacto cómico que retoma todos los temas de la novela y los condensa, acelerados, en una pantomima deliciosa, un artefacto de una levedad satírica que uno creería imposible en alemán si no fuera por Kafka: si bien lo pensamos hay algo aquí –el tempo como de cine mudo, cojo y frenético, ese movimiento perpetuo que desenfoca unas figuras por otra parte nítidas y precisas como siluetas a plumilla- del espíritu que anima las escenas de los dos criados del agrimensor; aunque falta, claro, esa ajetreada, irrespirable, aérea inanidad que consigue darles K. Pero K. es un escritor de otro planeta.

-Cuando decimos que una obra es grande no estamos meramente colocando un adjetivo elogioso: la grandeza sería un modo particular de excelencia, el de las obras ambiciosas y abarcadoras, densas de significados superpuestos, profundamente serias; obras que se miden sin temor con las grandes preguntas y que trazan una malla apretada e imposible de desanudar que incluye, imbricándolos, los personajes y asuntos novelados, las ideas que (los) soportan, el telón de fondo, el armazón estructural. En ese sentido, para entendernos, sería grande Guerra y Paz y no La Cartuja de Parma.

Siempre he tenido un resabio de antipatía inconfesable hacia ese tipo de grandeza, que a menudo va acompañada de un tono fastidiosamente consciente de la propia importancia; no es que la menosprecie, sé que esas obras son fundamentales y que las necesitamos: es más bien una cuestión de temperamento que me inclina a lo reticente, lo irónico, la mirada de cerca; al ensayo a vuelapluma más que al corpus articulado, a lo particular frente a lo universal. Con esa prevención atávica me acerqué a esta Montaña, y debo decir que hay algo en ella que desactiva mis prejuicios; creo que se trata de que, siendo grande como la que más, le falta el equilibrio formal, la serenidad, el foco siempre a la distancia justa, todo lo que esperamos, en fin, de este tipo de obra.

Me cuesta encontrar las palabras: no es desde luego que esté mal hecha –está, de hecho, soberbiamente construida; ni que el autor no domine su material, ni que pierda por un segundo la visión de conjunto. Pero sí es cierto que por momentos, y sobre todo en el último tercio, a partir de las célebres consideraciones sobre el tiempo, el libro pierde el paso majestuoso, redondo, decimonónico y parece escaparse del corsé de Gran Novela para convertirse en otra cosa: el trazo pasa de la brocha al lápiz duro y viceversa sin solución de continuidad, el tiempo se dilata primero y se comprime después salvajemente hasta el final, la voz narradora se despega, las costuras aparecen sin complejos: es como si Mann se hartase de repente de ser un clásico, como si viera decenas de caminos y los tomase todos a la vez.

-Ventajas del formato extenso: para hacer que pase con naturalidad un forzadísimo paralelismo, Mann puede permitirse iniciar la maniobra con varios meses de anticipación, describiendo los juegos tontos a que se entregan con entusiasmo los internos para abandonarlos al poco; ambientar la noche crucial con unas pruebas de dibujo que sin esos precedentes no se nos harían creíbles y hacer aparecer un lápiz sin punta en las manos de Hans que lo llevará con una suavidad realmente meritoria a repetir, años después, la petición de un lapicero al ser amado.

-Si este libro es un pozo sin fondo al que se puede volver una y otra vez será seguramente por el espesor de la urdimbre intelectual sobre la que está montado, pero en último extremo lo que cuenta es la materia literaria de que está hecho. Las verdades cruciales no están en los discursos, sino en la barbilla de Castorp apoyada sobre un imaginario cuello duro, en el estrépito de cristaleras cada vez que madame Chawchat suelta la puerta del comedor, en las manos de Mynheer Pepperkorn trazando jeroglíficos en el aire, en la técnica prolija y autosuficiente de envolverse en las mantas.

Labels:

Un novelón (II)

-Con qué esplendor demoníaco resuena la voz de Joseph de Maistre en los discursos de Naphta...

La argumentación del Santo Oficio contra Galileo se reducía a que sus principios eran filosóficamente absurdos. No puede haber argumentación más decisiva (…)
Es verdadero lo que conviene al hombre. En él toda la naturaleza se halla concentrada, él solo ha sido creado en toda la naturaleza y toda la naturaleza ha sido hecha para él. Él tiene la medida de las cosas y su salvación es el criterio de verdad. Un conocimiento teórico que no se refiriese prácticamente a la idea de salvación del hombre se hallaría tan desprovisto de interés que sería preciso negarle toda verdad y negarse a admitirlo.

-¿Por qué nos da siempre la impresión de que Settembrini pisa en falso a pesar de su elocuencia y de que estemos básicamente con él en todo? ¿de dónde viene esa endeblez última de un discurso tan razonable y bien fundado como pueda darse? Por un lado, obviamente, del conocimiento de hechos posteriores: nosotros sabemos (y el autor también, es el personaje el que habla en desventaja) de las pesadillas que produjo el sueño burgués. Pero por otro más esencial, el problema es que quiere tener respuestas a todas las preguntas, pretende una visión del mundo completa y alternativa a la religiosa, y desde ese momento es presa fácil para los nihilismos de distinta laya, para la ferocidad negadora de Naphta, para la mirada de Castorp que se va despegando, despegando...

-Entre la razón optimista pero impotente del revolucionario burgués y la razón universalmente destructora del jesuita, el autor no ofrece más salida intelectual que la perplejidad levemente mareada del ingeniero, espectador único y privilegiado de las interminables partidas de ping pong; pero a cambio despliega (en cierto sentido el libro no hace otra cosa) toda una gama de actitudes vitales hacia un dilema insoluble del que ni siquiera la formulación sacamos en claro. De entre estas posturas entresaco una, mucho más interesante de lo que puede parecer a la primera lectura: la del pobre viajante de comercio que no entiende nada de esas cosas, que un día experimentó una epifanía por el sufrimiento físico más atroz y no pretende extraer de ella más que la evocación interminable de sus detalles.

Y me parece importante destacar la ausencia de otra: el escepticismo alegre, el encogimiento de hombros parecen estar fuera de la longitud de onda de Mann. Un buen ironista entre los internos, un gordo rebosante de sentido común podría haber hecho saltar en pedazos el libro; el autor lo sabe y lo evita con pulcritud y buen criterio novelesco aislando los gérmenes de ese trastorno en la figura del doctor, que por definición (por ética profesional, diríamos) queda fuera del juego. Pero aunque siempre es un error reclamar a los libros lo que no está en ellos, no puedo dejar de percibir que esa falta devalúa un planteamiento que se quiere abarcador y universal.

Labels:

Tuesday, December 28, 2004

Un novelón (I)

A raíz de un texto de Duquena, penetrante y concienzudo como suyo, sobre La Montaña Mágica, y teniendo reciente una lectura de viaje del librote (contra el más elemental sentido común, que aconseja para tal ocasión libros ligeritos no tanto de contenido como de peso material, se me metió en la cabeza a última hora que a un recorrido con tanto paisaje alpino no podía uno llevarse otra cosa), me medio comprometí a publicar unas notas pergeñadas entonces.

Cuando les eché un vistazo resultaron ser dispersas, escasas y más o menos banales. De esos tres rasgos sólo he podido alterar, a base de inflarlas, el segundo (y no está claro que sea una mejora). De todas formas no es cuestión de echarse atrás: van aquí, fragmentadas para no cansar, algunas consideraciones sobre el grueso monumento literario.


-Desde el principio, una intrigante sensación (que no quiero llamar desajuste formal: algo mucho más leve, más bien como la doble imagen que vemos al desenfocar los ojos) que se concreta de repente: entre nosotros y la novela se interpone una pieza de teatro fantasma, y hay un momento en que llegamos a distinguirla con tanta nitidez que nos cuesta trabajo renunciar a la hipótesis caprichosa de su existencia previa. No nos precipitemos: el aliento largo, la amplitud de gesto que demandan las descripciones del marco natural, el necesario equilibrio entre detalle y conjunto, incluso la propia voluntad de constituirse en obra mayor, son condiciones que están pidiendo el formato de novelón.

Pero, con todo, hay algo irremediablemente teatral en el desfile de personajes que dialogan sin descanso trenzando y destrenzando grupos, moviéndose siempre en paralelo ante ese perfil recortado de los Alpes que podría perfectamente ser un diorama colocado ahí por el travieso Herr Direktor. Es fácil incluso detectar con claridad los finales de acto marcados por el encaje de los puntos de inflexión de la trama en los cambios estacionales.

Se diría incluso que esa obra traslúcida presenta contornos reconocibles, que las voces que nos llegan tienen un acento que hemos oído ya. ¿Camus, tal vez? Un recinto del que no se puede salir, conversaciones entre condenados... por un momento pensamos haberlo encontrado, pero no; nos encontramos más cerca de Heartbreak House que de Orán. Es en Bernard Shaw en quien estábamos pensando: la manera de encarnar ideas en personajes, la carpintería perfectamente trabada pero que deja ver los remaches por descuido voluntario, el lenguaje que disimula apenas su carga metafísica bajo los juegos de sociedad... Sí, Bernard Shaw podría haber escrito una obra magnífica con estos materiales: el jesuita judío, el charlatán progresista, la dama rusa indolente e irresistible (mon petit bourgeois a la tache humide... ¿no es una réplica propia de la alta comedia de ideas que tan bien se le daba al irlandés?)

-La fiebre: cuando yo era pequeño, treinta y siete y medio era que ya estabas bueno, y tu madre te dejaba levantarte aunque no ir al colegio. Estos señores hechos y derechos se trastornan hasta el ridículo por una décima más.

-Hasta bien pasada la mitad del libro (hasta el segundo invierno) no aparece la primera asociación expresa de la nieve con la muerte. Cuando uno mira entonces atrás, hacia el inmenso manto blanco que ha estado siempre ahí, ominoso y perfecto, como fondo del lento perderse de Castorp en la nada, y piensa que el autor ha aguantado hasta ese momento sin echar mano del campo de metáforas que le ofrece la nieve, no puede por menos de quitarse el sombrero al verlo tan por encima, tan en posesión de su material y sus recursos como para permitirse tal frugalidad; esas cosas son las que hacen grande a un escritor.

Labels:

Tuesday, December 21, 2004

Ingenio del bueno

Andy Reinhardt fue uno de los arquitectos del Rockefeller Center. No uno de los principales, desde luego; se dedicaba a las divisiones interiores de las oficinas. Pero si aparece en este blog es porque un día, en la apabullante propiedad costera de la familia Rockefeller (Pocantico Hill), tuvo un momento de inspiración verbal.

Se daba una recepción en honor de Lord Southborough, aristócrata inglés contratado para dar imagen y distinción al proyecto. Habían instalado unos retretes portátiles, y según Reinhardt fue esa una medida especialmente acertada, being Lord Southborough one of the foremost peers of England.

Monday, December 20, 2004

Un señor

Ayer vi a Chiquito por calle Larios. Iba hecho un brazo de mar, con su sempiterno traje azul, camisa blanca (esas indescriptibles de paramecios son un uniforme de trabajo), corbata discreta y los zapatos relucientes de limpios; iba en medio de un grupo de amigos, a lo suyo pero con una sonrisa pronta y amable para las miradas de reconocimiento. A mí, cruzarme con este hombre me deja una invariable sensación de optimismo, de alegría fácil y sin complicaciones que me dura al menos cuatro calles.

Ahora que ha pasado su momento de celebridad histérica es cuando da más gusto verlo; mientras otros con menos hechuras se dejan caer por el despeñadero de la fama perdida, bajando uno a uno los peldaños de la abyección televisiva y mendigando la atención de un público que se devora cien como ellos al mes, Gregorio Sánchez, a quien el éxito le vino con otra edad y otra cabeza, sigue tranquilamente instalado en la vida que se ha procurado, una vida ciertamente más cómoda que la que tenía, pero desde luego no radicalmente distinta.

Porque este hombre tiene más tiros dados que un cabo de regulares en Sidi Ifni: todos le han oído contar sus viajes a Japón con el cuadro de Manolo Caracol (le daba la mano al mismo tres veces, jarl), pero aquí en Málaga se le recuerdan tiempos peores, contando chistes en el Café Central por una cerveza y una tapa de cualquier cosa. Muchos años de ver y escuchar, mucho conocimiento de las debilidades humanas, mucha historia de couché vista entre bastidores como para dejarse engañar por esa fama arrasadora y tardía. Gregorio siguió con su vida de siempre, con su mujer de toda la vida (que se adivina de armas tomar); dicen que compró pisos, que es lo que hace un españolito de bien cuando la fortuna le sonríe; aguantó el tirón de los imitadores que le chupaban rueda (pleiteó por sus derechos pero no se fue a dar gritos a la prensa), se dosificó, se dejó querer colocándose en un status de estrella invitada mucho más cómodo y se dispuso a esperar el olvido con la misma bonhomía con que recibió el estrellato. Sigue esperando, claro: el mismo público que envía a la trituradora a los chaperos cubanos perfectamente intercambiables sabe guardar un poco más de fidelidad a quien no la pide como un poseso.

Y ahora, cuando esos mismos que en las fiestas de los cortijos le daban condescendientes palmaditas en la espalda se le acercan para presumir de amistad antigua, es de ver con qué señorío los saluda, sin asomo de rencor pero con doble ración de esa ironía zumbona que le chispea en los ojos siempre rientes, y sin dedicarles un minuto más de lo que demanda su cortesía tranquila, a la antigua usanza, se marcha calle Larios abajo a tomarse la cerveza del dominguito por la mañana.

Labels:

Wednesday, December 15, 2004

Límites

Me gustan. Prefiero jugar con reglas estrictas, con dificultades previas y ajenas; recuerdo que en los primeros cursos de Arquitectura, cuando había que enfrentarse por primera vez a esos enormes formatos en blanco que había que llenar de información, y una lámina compuesta con elegancia resultaba ser más importante que el contenido, yo solía empezar por colocar algún elemento a voleo en medio del papel, de manera que me obligara a ir contrapesando hasta equilibrar el conjunto.

Aunque nunca he sido capaz de escribir poesía (sin duda la gracia que no quiso darme el cielo), tengo la compulsión periódica de confeccionar sonetos banales: me divierte muchísimo encajar un concepto redondo, conclusivo y bien dicho en la jaula formal más perfecta que se ha podido inventar, aunque nunca he traspasado la línea que separa el juego retórico privado de lo que llamamos literatura (línea que yo más que nadie quiero indefinida, pero no por ello ignota: quien más quien menos sabe por dónde queda).

Cuando un poeta de verdad (me da lo mismo que sea el inmenso Quevedo o Gálvez el reconcentrado, que los improvisaba en los bares por una copa de anís) consigue respirar con naturalidad dentro de esa jaula hasta hacernos olvidar que está ahí, el resultado es extraordinario. La libertad ejercitada dentro de unos márgenes mínimos me resulta mucho más plena, más intensa que en medio de un espacio abierto: nos lo enseñan mejor que nadie los artistas egipcios que repetían fórmulas prácticamente invariables durante milenios sin perder la tensión; vivían en esas formas, las interiorizaban de manera que cada vez era la primera vez (tendré que volver sobre esos relieves, más despacio).

Dicho todo esto, no es de extrañar que me atrajera el reto, trasladado por mi amiga Gin (cuyo nombre no va en naranja de enlace porque –tímida o desdeñosa- se resiste a tener blog) de los microrrelatos. Se trata de un concurso organizado por Twinings que impone dos condiciones: los relatos no pasarán de cien palabras y contendrán un referencia expresa al té.

Inexperto en la técnica de lo brevísimo, empecé por una imagen que encontraba atractiva y construí una escena en torno de ella, tratando de no extenderme mucho pero sin preocuparme de contar palabras, para después proceder a la mutilación: es un ejercicio entretenidísimo y muy útil para coger disciplina; me recordó el rigor espartano con que (me contaron una vez) se obliga, en las Escuelas de Bellas Artes, a pintar por la otra cara del lienzo recién terminado para que nadie se encariñe. Llega un momento en que uno se queda tijera en mano, paralizado, convencido de que ya no se puede quitar ni una palabra más (y siguen sobrando diecisiete). Pero al final nada es imprescindible: se aprietan los dientes y se sigue cortando hasta cumplir.

Esta entrada debería acabar, de modo aleccionador y coherente con la teoría expuesta, con la constatación feliz de que al final las restricciones han mejorado el texto. Pero las cosas son como son, no como la teoría quiere. Aquí está el original:

Sunset Boulevard

Sentada en el porche, junto a la piscina, la vemos echar uno, dos, tres cubitos en el vaso, verter perezosamente la ginebra (el sol de atardecida arranca un destello exacto de la botella azul), exprimir el limón frotándolo por el borde y añadir la tónica. Con aire distraído se quita las gafas (redondas, anchas, de pasta negra) e introduce una patilla en el vaso para removerlo.

Ahora podemos ver esos famosos ojos casi transparentes: están cercados de violeta, terriblemente cansados. Se aparta de la cara un mechón pelirrojo que se ha escapado del pañuelo anudado a la italiana y se queda mirando sin interés, como si hubiera estado siempre ahí, el cuerpo que flota desmadejado boca abajo, el abrigo de vicuña inflado por la espalda: como una bolsa de té que tiñese poco a poco el agua de un color turbio, indefinido.

Al otro extremo de la casa suena el timbre.

-Cuando guste, Mr. De Mille, murmura sin volverse.


Y aquí el reducido:

Sunset Boulevard

Sentada en el porche, junto a la piscina, la vemos prepararse perezosamente un gin-tonic (un cubito, dos, tres, el limón exprimido). Con aire ausente se quita las gafas de sol y usa una patilla para removerlo.

Ahora podemos verle los ojos: grises, ojerosos, terriblemente cansados. Se aparta un mechón de la cara y se queda mirando sin interés el cuerpo que flota desmadejado boca abajo, la camisa inflada por la espalda: como una bolsa de té que tiñese lentamente el agua de un color turbio, indefinido.

Al fondo suena un timbre.

-Cuando guste, Mr. De Mille, murmura sin volverse.

Labels:

Tuesday, December 14, 2004

Oído

Seguramente hace falta ser inglés, y desde luego tener la inmensa cultura y el oído maravillosamente afinado de Cyril Connolly, para detectar y aislar la tremenda carga de profundidad que guarda el villancico mil veces cantado:

La nochebuena se viene,
la nochebuena se va;
y nosotros nos iremos
Y no volveremos más.

Mi agudeza auditiva se orienta hacia otro rango de frecuencias; esta mañana, canturreando una vieja sevillana, me he dado cuenta de repente de la crueldad monstruosa de la letra:

Me casé con un enano, salerito,
pa jartarme de reir.

Pa jartarme de reir,
le puse la cama en alto,
ole salerito y ole,
le puse la cama en alto, salerito,
y no se pudo subir.

Y eso sí que fue de veras,
que al bajarse de la cama,
ole salerito y ole,
que al bajarse de la cama, salerito,
se cayó en la escupidera.

Friday, December 10, 2004

Nada como dejar pasar el tiempo...

...para acabar teniendo razón. Hoy ha cerrado, de verdad, el cine Astoria.

Labels:

Wednesday, December 01, 2004

Ingredientes para una pesadilla

Voy en avión, la cabeza apoyada en el plástico de la doble ventana, perfectamente aislado del exterior. Joe Dante jugó con la pesadilla recurrente del pasajero (un tornillo flojo, piezas que se desprenden, el motor humeante) situando en ese campo visual inmutable un monstruo verde. Creo que pecó de obviedad. En esa situación, cualquier cosa es susceptible de provocar miedo (un guante de goma, una cómoda Luis XV), simplemente porque no debería estar ahí.

Una de las mayores causas de terror (y no sé si en última instancia no se reducirán todas a eso) es el cambio arbitrario de cualquier magnitud de referencia que demos por sentada. El simple desplazamiento temporal, por ejemplo: un fantasma no es más que alguien que ya no tendría que estar entre nosotros. O un brusco e inexplicado cambio de luz: ¿hay algo más terrorífico que una claridad fosforescente en el claro de un bosque, en medio de la noche sin luna?

Ejemplos más sutiles pero no menos desasosegantes serían las sombras que reptan en dirección contraria a la que les marca el sol, los objetos que se mueven siquiera sea de modo imperceptible contra la gravedad (imaginemos una bola de piedra que asciende lentamente por una carretera de montaña), o los seres ominosos que no se reflejan en los espejos.

Nuestra mirada detecta lo antinatural antes que nosotros. Hagamos a una persona que camine hacia atrás y grabémosla en vídeo. Cuando pasemos la cinta al revés veremos avanzar hacia nosotros a un monstruoso desconocido de andar descoyuntado e indescifrable.

Pero el máximo terror, el más evidente pero tal vez por ello menos reductible a la razón, es el del tamaño. No se trata sólo del horror (explicable, aunque sólo en parte, por la amenaza directa) que provoca la hormiga gigantesca, esa concentración indeciblemente repulsiva de secreciones chorreantes, cerdas, pinzas, ojos facetados de gelatinoso temblor. No menor estremecimiento provocan los homúnculos de que la literatura ha poblado los siniestros laboratorios de nuestras pesadillas, o las flores gigantescas, palpitantes de carne animal que nos hacen ver sin posibilidad de equívoco que en el Trópico estamos de más.

Es, creo, la idea en sí de tamaño erróneo la que remueve un poso antiguo de espanto innominado. Trato de imaginar un ejemplo que eluda la fácil repugnancia viscosa: se me ocurre algo perfectamente neutro, absolutamente terrorífico. Estamos sentados en un banco del parque. Levantemos un poco la vista: veremos descender pausadamente, oscilando con el viento, una lámina finísima, liviana, de algún tipo de material poroso, enrollada sobre sí misma en espiral imperfecta. Su forma –si se unieran los dos extremos que la curvatura casi superpone- es la de un tronco de cono; de color marrón claro en su mayor parte, podemos observar, a medida que se acerca, que en su borde inferior está rematada por un estrecho festón de franjas amarillas y negras alternadas. Se posa sin ruido, a poca distancia de nosotros; tiene el tamaño, digamos, de un macetero grande.

Con un nudo en la garganta intentamos convencernos de que no es lo que sin asomo de duda estamos viendo que es, porque no es posible que lo sea, porque no nos atrevemos siquiera a imaginar qué ser inconcebiblemente grande está sacando punta a su lápiz, allá arriba. Entonces, más lentamente aún–no la hemos visto llegar-, una fina lluvia de carbonilla tiñe de negro el suelo a nuestros pies.

Labels: