Saturday, November 13, 2004

Fe

La idea es, para mí, muy sencilla de entender y de una evidencia más allá de toda discusión, pero las veces que la he expuesto me he quedado esperando a que alguien le diese siquiera el crédito precario de contradecirla. Por eso es una alegría encontrármela formulada por alguien como Isaiah Berlin tal como a mí me gustaría haberlo hecho, no sólo con una claridad meridiana sino dándole la importancia debida: esto es, dicha como de pasada, para rematar con precisión un enunciado, sin pretender polemizar sobre algo obvio.

Los judíos, los cristianos y los musulmanes creían que las soluciones verdaderas se las había revelado Dios a sus profetas y santos elegidos, y aceptaban la interpretación que hacían de esas verdades reveladas maestros cualificados y las tradiciones a las que pertenecían.

En efecto, cuando alguien dice que cree en la doctrina cristiana (o mahometana, o judía) en virtud de algo llamado fe, y que no necesita justificación porque se trata de un sentimiento imposible de explicar a quien no lo experimenta, tengo la sensación –no, la certeza- de que me están queriendo hacer caer en un toco mocho de los más vulgares. Porque la doctrina es un conjunto de afirmaciones concretas (Dios existe como ser personal que piensa y decide, hay otra vida donde los justos tendrán su premio y los malos su castigo, Mahoma escribía al dictado directo de Dios), indemostrables en el mejor de los casos y repugnantes a la razón en muchas ocasiones, que nos llegan por vías enteramente humanas (si hiciera falta una prueba de ello, baste el hecho de que yo las conozco, me han llegado).

El asentimiento que se presta a esas afirmaciones es un acto de orden intelectual. Que se las acepte sin ninguna clase de filtro racional, en virtud de la autoridad conferida a quienes las enuncian, lo único que nos revela es el carácter acrítico del creyente, no la evidencia sobrenatural de lo creído. Tampoco es una característica única: de la misma manera se aceptan los credos (la palabra no es casual) de los partidos políticos, y ni el más desaforado de los demagogos les reclama un origen divino.

Es mentira (es mentira) que crean que Jesús de Nazaret era el dios encarnado porque tienen fe. Lo creen porque se fían de los mediadores humanos que se lo han contado, de la misma manera que yo no lo creo porque no les concedo fiabilidad.

La fe es, imagino, un acto de intuición instantáneo (o de muchos instantes sucesivos) por la que una realidad de orden inmaterial, que podríamos llamar la presencia real de Dios, se hace evidente e indiscutible. Esto es, por definición, inconcreto. No veo de ninguna manera, y creo que no es un fallo de mis órganos de análisis, la relación enre esa percepción primera y las doctrinas concretas. ¿Cómo es que una lleva a las otras? ¿Va incluido un listado de libros en la revelación que uno recibe? ¿o es que el bendecido por la fe ve a los sacerdotes bañados de un nimbo de veracidad irresistible?

Siento un enorme respeto por el sentimiento religioso, por más ajeno que me resulte. Entiendo que se trata de una respuesta como otra cualquiera al vértigo metafísico que parece traemos de fábrica, y que como tal sentimiento puede ser ineludible como la vergüenza o el odio. Y dado que es un absoluto, me valen para él todas las metáforas y sublimaciones de los místicos: es la fe la que te te elige, el que ha visto la luz no puede volver a las tinieblas... de hecho, no me vale, no me lo creo del todo si no es extenuante y arrebatado, si no consume en su llama al que lo padece.

Y es, creo, por coherencia con ese respeto (esa perplejidad respetuosa, si quieren) que desprecio profundamente las doctrinas como tales. ¿Qué narices tiene que ver tal estallido de luz con nada humano, con normas e historietas, con el bien y el mal?

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