Tuesday, November 16, 2004

Fe (II)

Y entonces, sigo con mi pregunta... ¿por qué creer a unos profetas en lugar de a otros o a ninguno? Creo que la respuesta más evidente es la correcta. Por inercia. Uno oye desde pequeño hablar de Dios, de Jesucristo, de los apóstoles y los santos. Le cuentan la historia de Moisés y de Abraham, le recitan la lista de los mandamientos que cumplir, de los pecados que evitar, de las virtudes que imitar. Lo llevan a cumplir ritos, le hacen repetir consignas, le muestran imágenes para que las venere.

Entonces, un día, la fe se abre como un fruto en el centro mismo de uno. Y mira alrededor, y está rodeado de la doctrina recibida. Entonces era esto, se dice. Qué hermoso. Y acepta por fe como divino, trascendente, superior, lo que no es sino obra humana, sólo porque lo tiene a mano. No es más que eso, una identificación equivocada. Como la de Titania, cuando despierta enamorada, ve ante sí el rostro grotesco del gañán y vierte en él su amor.

Porque si hubiera recibido la fe –ese don- en un entorno islámico o cuáquero, muy otro sería el resultado. Y no es de extrañar. La llama de la fe debe consumirlo a uno con tal voracidad que es necesario darle algo concreto para que se aplaque. Y se coge lo que pilla más cerca.

El problema es que el Amor no ve los defectos, que a Titania las orejas de burro le parecían de la más exquisita belleza y los rebuznos música celestial.

Que nuestro creyente, cuando le cuenten que la Virgen intercede ante el Señor por nosotros (porque un Hijo no le niega nada a Su Madre), que el sufrimiento (por ejemplo un dolor de muelas) se puede ofrecer y conseguir algo a cambio, que si hace promesa de no comer queso durante un año a su hija le harán un contrato fijo, en lugar de morirse de risa lo aceptará callada y respetuosamente.

Y en lugar de indignarse callará también cuando vea que un sacramento que teóricamente es para siempre se anula (a cambio de dinero) como si no hubiera existido, que a una niña violada se la expulsa de la comunidad de creyentes por tener miedo a ser madre con nueve años mientras hacen santo al mayor sinvergüenza del patio, que se impide el control de la natalidad en lugares donde la muerte por inanición es la más probable en los primeros años de vida.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home