Wednesday, November 10, 2004

El vértigo de la posibilidad

(No es habitual que se encuentren el trabajo y la afición de juntar palabras, pero a veces ocurre. Me han pedido una miniponencia para unas Jornadas sobre Centros Históricos)

En el debate sobre ciudades históricas hay una serie de conceptos que se dan por supuestos: hablamos de una ciudad consolidada, neta, inequívoca, ceñida con nitidez por unos límites físicos; una ciudad de lectura claramente centralizada, jerárquica, con ejes definidos, direcciones principales (suele asomar ahí el juego de preexistencias y transformaciones: el cardo romano, la calle del mercado, la avenida del prócer o de la constitución de turno), con entradas y salidas focalizadas por la historia. Una ciudad que se lee como un libro del que todos se saben el argumento.

Me pregunto si podemos, al hablar de Málaga, dar estos caracteres por supuestos. Los elementos están ahí, desde luego, en un grado de conservación no total pero sí muy considerable: tenemos la muralla o la circunvalación que sigue su huella, tenemos el río o lo que quiera que lo sustituya, tenemos el puerto y la fortaleza sobre el monte... y sin embargo, la lectura es de todo menos unívoca. Hace poco, en una reunión, un compañero nos enseñó un planillo en que había simplemente calcado algunas calles; por el sencillo mecanismo de girarlo situando el río en la parte de abajo, más la intención del lápiz marcando algunos puntos, había conseguido una visión sorprendente, inédita del casco. No sé si con los planos de Toledo o Vicenza se podría realizar una operación parecida.

Las puertas de la ciudad (que en Sevilla, por ejemplo, son una secuencia circular ininterrumpida que nos proporciona un mapa mental bastante claro) son aquí poco más que nombres de calles, los puentes sobre el río no presentan apenas continuidad con la trama histórica; por alguna razón casi todo resulta reversible, interpretable, ambiguo; la sensación es que con muy poco esfuerzo podríamos volver la trama del revés.

Por concretar, fijémonos en el túnel bajo la Alcazaba, una operación viaria que genera, al desembocar en el casco, efectos que van mucho más allá de lo que correspondería a su escala, provocando una especie de implosión silenciosa que lo descabala todo a su alrededor.

Tomemos la Plaza de la Merced: en principio, mirando el plano, se trata del gran espacio común de la ciudad, una plaza de dimensión generosa y trazado rotundo, cerrada por fachadas sólidas y definidas -bien que heterogéneas, pero eso es común con otras plazas y ciudades. Pero situémonos en ella ¿Cerrada? No tanto; en dirección sudeste, el aire cúbico, concreto y macizo, de plaza burguesa bien organizada, se escapa como el de un globo pinchado por el costurón frente al cine Astoria, succionado por el túnel; entonces nos volvemos hacia la plaza y la miramos de otro modo; ¿es la exigua pieza de los cines una verdadera fachada? ¿y si la eliminásemos de la ecuación? La plaza cuadrada quedaría convertida en anfiteatro alargado hacia el monte.

Al norte, la calle Victoria es, qué duda cabe, un eje urbano de primer orden, una calle de ensanche con vocación de centralidad. Sin embargo, una vez cortada la continuidad de fachada en su arranque, unos cuantos derribos en el lado del monte han bastado para revelar su condición fronteriza, casi de telón pintado por cuyos agujeros se ven árboles, hierba, cabras pastando.

Al otro lado la precariedad de la lectura se multiplica. Cuando yo era pequeño, la calle Alcazabilla era una calle, y una de las más importantes. Se aparcaba abajo, en torno al Ayuntamiento, se subía la cuesta junto al paredón curvo y uno estaba en la ciudad con mayúsculas, en el Centro. Ahora, al convertirse en teatro de operaciones urbanas cruciales, ese espacio ha sufrido una transformación incruenta, iniciada en realidad hace años con un gesto que resultó irreversible: la demolición de la Casa de la Cultura ya reveló en su día al ojo atento que aquello, fuera lo que fuese, no era del todo una calle.

Es realmente asombroso cómo se ha transformado el entorno si tenemos en cuenta que las operaciones materiales tampoco han sido de tanta envergadura. Las traseras del Museo Picasso no son menos ajenas al concepto de alineación que el caserío preexistente: simplemente son más visibles; sobre el teatro romano no se ha hecho más que sustituir la valla maciza por una de barrotes. Pero uno y otro elemento, junto con la exquisita pavimentación de la placita delante del Pimpi, crean una expansión transversal de tal potencia que el sentido de eje viario se diluye en la nada, testimoniado apenas por la lechada de hormigón que consolida (provisionalmente) la calzada que había.

Es inevitable entonces que pongamos en crisis una calle sostenida como tal sólo por las cabeceras de manzana al extremo norte. El cine Albéniz queda en el punto de mira: el debate sobre su demolición es uno de los más entretenidos, bizantinos e irresolubles que nos ha procurado la ciudad. La tentación de hacer tabla rasa es grande: se conseguiría, a un coste indemnizatorio perfectamente asumible, un enclave arqueológico abierto al pie de la Alcazaba y vertebrado desde el teatro. Pero a algunos nos resulta inquietante el efecto dominó: una vez eliminada esa pieza, ¿qué sentido le queda a la esquina? Podríamos entrar en un proceso retroalimentado en que resultaría realmente difícil saber dónde parar. La pregunta ¿por qué no tirarlo? deviene tan legítima como la opuesta, y en una ciudad donde los valores son tan relativos, contestarla supone el peligro de terminar de pie sobre una explanada gloriosamente limpia de estorbos.

Así las cosas, la piqueta está resultando en nuestra ciudad el instrumento de debate urbanístico más potente: la discusión eterna sobre la Coracha acabó de golpe el día que desaparecieron de hecho las casas, revelando una realidad nueva mucho más rica en posibilidades que descartaba la restitución; del mismo modo podría terminar cualquier día la cuestión del cine Albéniz. Esta precariedad de las relaciones y equilibrios me parece una característica particular de Málaga; en un casco histórico al uso la trama tiene un peso tal que la desaparición de cualquier elemento, o de un conjunto mediano de ellos no supone más que un hueco en el rompecabezas, una silueta en negativo que vendrá a rellenarse con algo análogo. Aquí, en cambio, es más frecuente que cuando se elimina físicamente una pieza se pierda con ella la lógica de su existencia y se replantee de nuevo toda la partida.

No tenemos, desde luego, por qué considerar esto como un problema; de hecho resulta mucho más estimulante trabajar sobre un tejido flexible y de múltiples lecturas que sobre un cadáver embalsamado. También resulta, claro, más difícil: no hay aquí verdades categóricas ni rigores que valgan para toda ocasión: el urbanista (el proyectista, porque de proyectar se trata) tendrá que improvisar, jugar de muñeca, incurrir en alguna que otra contradicción. Lo que se defiende como irrenunciable en un sitio dejará de tener valor a pocos metros (o a pocos meses), porque algún hecho consumado propio o ajeno aconseje guardar el rigor para mejor causa. El entorno de Alcazabilla es la muestra más clara: un campo minado donde el que dé primero dará dos veces, y ojalá que acierte; pero no es el único: este atípico centro histórico de Málaga seguirá dando ocasiones para reunirse y hablar.

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