Monday, November 15, 2004

Contradicciones

(Otra ponencia que improvisé para las jornadas)

Es frecuente que cuando uno tiene algo en la cabeza, todo lo que ve, oye o lee le parezca relacionado con ello. Anteayer estaba yo leyendo unos ensayos de Isiaiah Berlin, y estas palabras se me aparecieran como escritas para estas Jornadas. Me ha parecido que valía la pena compartirlas con ustedes y asegurarme así de que esta contribución no resultara totalmente desprovista de interés. Habla el profesor Berlin de las Grandes Preguntas de la Humanidad, y esta es su conclusión:

Estas colisiones de valores pertenecen a la esencia de lo que son y lo que somos. Si nos dijesen que estas contradicciones se resolverían en algún mundo perfecto en el que todas las cosas buenas puedan armonizarse por principio, entonces debemos responder, a los que dicen esto, (…) que el mundo en el que los que nosotros vemos como valores incompatibles no son contradictorios es un mundo absolutamente incomprensible para nosotros; que los principios que están armonizados en ese otro mundo no son los principios de los que tenemos conocimiento en nuestra vida cotidiana; si se han transformado, lo han hecho en conceptos que nosotros no conocemos en la tierra. Y es en la tierra donde vivimos, y es aquí donde debemos crecer y actuar.

La noción del todo perfecto, la solución final, en la que todas las cosas coexisten, no sólo me parece inalcanzable (eso es una perogrullada) sino conceptualmente ininteligible; no sé qué se entiende por una armonía de ese género. Algunos de los Grandes Bienes no pueden vivir juntos. Es una verdad conceptual. Estamos condenados a elegir, y cada elección puede entrañar una pérdida irreparable.

Contradicciones. El primer paso es reconocerlas, aceptar que no todo se puede conciliar. Queremos que haya bares y animación en las calles del centro, y que la gente viva en esas calles, pero nadie está dispuesto a vivir con semejante nivel de ruido. Queremos paseos inmaculados por los que caminen las familias, pero ninguna familia quiere vivir donde no puede descargar su coche. Queremos pintoresquismo pero la gente pintoresca quiere marcharse y dejar de serlo, y no estamos dispuestos a contratar actores. Queremos mantener los edificios antiguos pero que los usen otros, y como no encontramos a esos otros que quieran usarlos, los dejamos vacíos o les inventamos usos totalmente innecesarios. Queremos aparcamientos en las promociones privadas y queremos conservar los restos del pasado que salen al excavar.

Queremos libertad de elección pero no nos gusta lo que elige la gente. Queremos libertad de horarios y que no desaparezca el pequeño comercio. Queremos un mercado ágil pero no aceptamos la oferta que éste produce. Queremos iniciativa privada pero no nos fiamos de ella.

Una vez que hayamos alcanzado la lucidez de aceptar que estas contradicciones no tienen solución, el siguiente paso lógico sería tener el valor de escoger un modelo y luchar por llevarlo a cabo sin que nos tiemble el pulso. Desgraciadamente, la lógica pura tiene poco valor cuando se habla de cosas humanas, y nada más humano que las ciudades. Sí, todos recordamos y admiramos la decisión de los ciudadanos de Rotterdam, al día siguiente del bombardeo que arrasó su ciudad: “Esto no es un desastre, es una oportunidad”; y la naturalidad, no menos impresionante, con que los venecianos consiguen desarrollar vidas familiares normales en las circunstancias más incómodas, porque les vale la pena, porque aman su ciudad tal como es y así han elegido vivir. Pero la inmensa mayoría de las ciudades no está en condiciones de elegir con esa claridad, de manera que nos vemos abocados a pechar con las contradicciones.

El conocimiento, desde luego, no está de más. Es necesario poder prever lo mejor posible las consecuencias de cada una de nuestras decisiones porque poner cara de sorpresa cuando las cosas ocurran no es una opción responsable, y porque hay que evitar los bandazos que se producen a golpe de oportunidad (aquí sabemos bastante de eso) y que nos tienen como a Penélope, destejiendo de noche lo que tanto nos ha costado tejer de día.

Pero lo cierto es que ese requisito imprescindible de toda planificación que es saber lo que se quiere no es fácil de alcanzar en este caso. Se quiere todo, se quiere una cosa y su contraria, y elegir (elegir de verdad) está tan fuera de nuestro alcance como encontrar una conciliación a menudo imposible de los distintos intereses. La planificación urbana tendría que ir entonces, conscientemente y sin pudores, por el camino de las medias tintas, el chalaneo y los equilibrios precarios. Empujar aquí, retener allí, dejar hacer en unos temas e intervenir con energía en otros. Con todo el conocimiento que podamos acumular, con la mayor coherencia que nos sea posible, pero asumiendo contradicciones insolubles y aceptando soluciones parciales, aplazamientos, parches.

Y esto, se me ocurre, no es tarea para un Plan. El Plan debe existir, proporcionar un marco, unas reglas básicas de juego y unas ideas-fuerza a las que nos podamos remitir para verle un sentido al día a día. Pero lo que hemos descrito aquí es la labor de una oficina, un organismo independiente del anquilosado procedimiento administrativo, bien dotado de personal y recursos, libre para actuar con cierta discrecionalidad (esa palabra temible) y que trabaje parcela a parcela, plaza a plaza, en el frente de guerra y con autoridad para elegir en cada caso lo que es inelegible globalmente. Creo que los mimbres para esa oficina están a nuestra disposición, que el centro de Málaga se encuentra en un momento idóneo, tal vez irrepetible, y que sería un error no aprovecharlo.

Labels: ,

0 Comments:

Post a Comment

<< Home