Friday, November 19, 2004

Elegancia

Si estamos de acuerdo en que eso que llamamos elegancia natural consiste básicamente en una perfecta adecuación de los movimientos a su propósito que produce una cierta sensación de armonía, estas pruebas (entre otras) podrían servir para distinguirla.

Sométase al supuesto/a elegante al trance de:

-Ponerse, sentado en un sillón orejero, un jersey de cuello vuelto.
-Salir del agua en una playa de guijarros.
-Pasar una valla de un metro.

Si resuelve con gracia estos expedientes, estamos ante la elegancia en persona.

Tuesday, November 16, 2004

Fe (II)

Y entonces, sigo con mi pregunta... ¿por qué creer a unos profetas en lugar de a otros o a ninguno? Creo que la respuesta más evidente es la correcta. Por inercia. Uno oye desde pequeño hablar de Dios, de Jesucristo, de los apóstoles y los santos. Le cuentan la historia de Moisés y de Abraham, le recitan la lista de los mandamientos que cumplir, de los pecados que evitar, de las virtudes que imitar. Lo llevan a cumplir ritos, le hacen repetir consignas, le muestran imágenes para que las venere.

Entonces, un día, la fe se abre como un fruto en el centro mismo de uno. Y mira alrededor, y está rodeado de la doctrina recibida. Entonces era esto, se dice. Qué hermoso. Y acepta por fe como divino, trascendente, superior, lo que no es sino obra humana, sólo porque lo tiene a mano. No es más que eso, una identificación equivocada. Como la de Titania, cuando despierta enamorada, ve ante sí el rostro grotesco del gañán y vierte en él su amor.

Porque si hubiera recibido la fe –ese don- en un entorno islámico o cuáquero, muy otro sería el resultado. Y no es de extrañar. La llama de la fe debe consumirlo a uno con tal voracidad que es necesario darle algo concreto para que se aplaque. Y se coge lo que pilla más cerca.

El problema es que el Amor no ve los defectos, que a Titania las orejas de burro le parecían de la más exquisita belleza y los rebuznos música celestial.

Que nuestro creyente, cuando le cuenten que la Virgen intercede ante el Señor por nosotros (porque un Hijo no le niega nada a Su Madre), que el sufrimiento (por ejemplo un dolor de muelas) se puede ofrecer y conseguir algo a cambio, que si hace promesa de no comer queso durante un año a su hija le harán un contrato fijo, en lugar de morirse de risa lo aceptará callada y respetuosamente.

Y en lugar de indignarse callará también cuando vea que un sacramento que teóricamente es para siempre se anula (a cambio de dinero) como si no hubiera existido, que a una niña violada se la expulsa de la comunidad de creyentes por tener miedo a ser madre con nueve años mientras hacen santo al mayor sinvergüenza del patio, que se impide el control de la natalidad en lugares donde la muerte por inanición es la más probable en los primeros años de vida.

Monday, November 15, 2004

Contradicciones

(Otra ponencia que improvisé para las jornadas)

Es frecuente que cuando uno tiene algo en la cabeza, todo lo que ve, oye o lee le parezca relacionado con ello. Anteayer estaba yo leyendo unos ensayos de Isiaiah Berlin, y estas palabras se me aparecieran como escritas para estas Jornadas. Me ha parecido que valía la pena compartirlas con ustedes y asegurarme así de que esta contribución no resultara totalmente desprovista de interés. Habla el profesor Berlin de las Grandes Preguntas de la Humanidad, y esta es su conclusión:

Estas colisiones de valores pertenecen a la esencia de lo que son y lo que somos. Si nos dijesen que estas contradicciones se resolverían en algún mundo perfecto en el que todas las cosas buenas puedan armonizarse por principio, entonces debemos responder, a los que dicen esto, (…) que el mundo en el que los que nosotros vemos como valores incompatibles no son contradictorios es un mundo absolutamente incomprensible para nosotros; que los principios que están armonizados en ese otro mundo no son los principios de los que tenemos conocimiento en nuestra vida cotidiana; si se han transformado, lo han hecho en conceptos que nosotros no conocemos en la tierra. Y es en la tierra donde vivimos, y es aquí donde debemos crecer y actuar.

La noción del todo perfecto, la solución final, en la que todas las cosas coexisten, no sólo me parece inalcanzable (eso es una perogrullada) sino conceptualmente ininteligible; no sé qué se entiende por una armonía de ese género. Algunos de los Grandes Bienes no pueden vivir juntos. Es una verdad conceptual. Estamos condenados a elegir, y cada elección puede entrañar una pérdida irreparable.

Contradicciones. El primer paso es reconocerlas, aceptar que no todo se puede conciliar. Queremos que haya bares y animación en las calles del centro, y que la gente viva en esas calles, pero nadie está dispuesto a vivir con semejante nivel de ruido. Queremos paseos inmaculados por los que caminen las familias, pero ninguna familia quiere vivir donde no puede descargar su coche. Queremos pintoresquismo pero la gente pintoresca quiere marcharse y dejar de serlo, y no estamos dispuestos a contratar actores. Queremos mantener los edificios antiguos pero que los usen otros, y como no encontramos a esos otros que quieran usarlos, los dejamos vacíos o les inventamos usos totalmente innecesarios. Queremos aparcamientos en las promociones privadas y queremos conservar los restos del pasado que salen al excavar.

Queremos libertad de elección pero no nos gusta lo que elige la gente. Queremos libertad de horarios y que no desaparezca el pequeño comercio. Queremos un mercado ágil pero no aceptamos la oferta que éste produce. Queremos iniciativa privada pero no nos fiamos de ella.

Una vez que hayamos alcanzado la lucidez de aceptar que estas contradicciones no tienen solución, el siguiente paso lógico sería tener el valor de escoger un modelo y luchar por llevarlo a cabo sin que nos tiemble el pulso. Desgraciadamente, la lógica pura tiene poco valor cuando se habla de cosas humanas, y nada más humano que las ciudades. Sí, todos recordamos y admiramos la decisión de los ciudadanos de Rotterdam, al día siguiente del bombardeo que arrasó su ciudad: “Esto no es un desastre, es una oportunidad”; y la naturalidad, no menos impresionante, con que los venecianos consiguen desarrollar vidas familiares normales en las circunstancias más incómodas, porque les vale la pena, porque aman su ciudad tal como es y así han elegido vivir. Pero la inmensa mayoría de las ciudades no está en condiciones de elegir con esa claridad, de manera que nos vemos abocados a pechar con las contradicciones.

El conocimiento, desde luego, no está de más. Es necesario poder prever lo mejor posible las consecuencias de cada una de nuestras decisiones porque poner cara de sorpresa cuando las cosas ocurran no es una opción responsable, y porque hay que evitar los bandazos que se producen a golpe de oportunidad (aquí sabemos bastante de eso) y que nos tienen como a Penélope, destejiendo de noche lo que tanto nos ha costado tejer de día.

Pero lo cierto es que ese requisito imprescindible de toda planificación que es saber lo que se quiere no es fácil de alcanzar en este caso. Se quiere todo, se quiere una cosa y su contraria, y elegir (elegir de verdad) está tan fuera de nuestro alcance como encontrar una conciliación a menudo imposible de los distintos intereses. La planificación urbana tendría que ir entonces, conscientemente y sin pudores, por el camino de las medias tintas, el chalaneo y los equilibrios precarios. Empujar aquí, retener allí, dejar hacer en unos temas e intervenir con energía en otros. Con todo el conocimiento que podamos acumular, con la mayor coherencia que nos sea posible, pero asumiendo contradicciones insolubles y aceptando soluciones parciales, aplazamientos, parches.

Y esto, se me ocurre, no es tarea para un Plan. El Plan debe existir, proporcionar un marco, unas reglas básicas de juego y unas ideas-fuerza a las que nos podamos remitir para verle un sentido al día a día. Pero lo que hemos descrito aquí es la labor de una oficina, un organismo independiente del anquilosado procedimiento administrativo, bien dotado de personal y recursos, libre para actuar con cierta discrecionalidad (esa palabra temible) y que trabaje parcela a parcela, plaza a plaza, en el frente de guerra y con autoridad para elegir en cada caso lo que es inelegible globalmente. Creo que los mimbres para esa oficina están a nuestra disposición, que el centro de Málaga se encuentra en un momento idóneo, tal vez irrepetible, y que sería un error no aprovecharlo.

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Saturday, November 13, 2004

Fe

La idea es, para mí, muy sencilla de entender y de una evidencia más allá de toda discusión, pero las veces que la he expuesto me he quedado esperando a que alguien le diese siquiera el crédito precario de contradecirla. Por eso es una alegría encontrármela formulada por alguien como Isaiah Berlin tal como a mí me gustaría haberlo hecho, no sólo con una claridad meridiana sino dándole la importancia debida: esto es, dicha como de pasada, para rematar con precisión un enunciado, sin pretender polemizar sobre algo obvio.

Los judíos, los cristianos y los musulmanes creían que las soluciones verdaderas se las había revelado Dios a sus profetas y santos elegidos, y aceptaban la interpretación que hacían de esas verdades reveladas maestros cualificados y las tradiciones a las que pertenecían.

En efecto, cuando alguien dice que cree en la doctrina cristiana (o mahometana, o judía) en virtud de algo llamado fe, y que no necesita justificación porque se trata de un sentimiento imposible de explicar a quien no lo experimenta, tengo la sensación –no, la certeza- de que me están queriendo hacer caer en un toco mocho de los más vulgares. Porque la doctrina es un conjunto de afirmaciones concretas (Dios existe como ser personal que piensa y decide, hay otra vida donde los justos tendrán su premio y los malos su castigo, Mahoma escribía al dictado directo de Dios), indemostrables en el mejor de los casos y repugnantes a la razón en muchas ocasiones, que nos llegan por vías enteramente humanas (si hiciera falta una prueba de ello, baste el hecho de que yo las conozco, me han llegado).

El asentimiento que se presta a esas afirmaciones es un acto de orden intelectual. Que se las acepte sin ninguna clase de filtro racional, en virtud de la autoridad conferida a quienes las enuncian, lo único que nos revela es el carácter acrítico del creyente, no la evidencia sobrenatural de lo creído. Tampoco es una característica única: de la misma manera se aceptan los credos (la palabra no es casual) de los partidos políticos, y ni el más desaforado de los demagogos les reclama un origen divino.

Es mentira (es mentira) que crean que Jesús de Nazaret era el dios encarnado porque tienen fe. Lo creen porque se fían de los mediadores humanos que se lo han contado, de la misma manera que yo no lo creo porque no les concedo fiabilidad.

La fe es, imagino, un acto de intuición instantáneo (o de muchos instantes sucesivos) por la que una realidad de orden inmaterial, que podríamos llamar la presencia real de Dios, se hace evidente e indiscutible. Esto es, por definición, inconcreto. No veo de ninguna manera, y creo que no es un fallo de mis órganos de análisis, la relación enre esa percepción primera y las doctrinas concretas. ¿Cómo es que una lleva a las otras? ¿Va incluido un listado de libros en la revelación que uno recibe? ¿o es que el bendecido por la fe ve a los sacerdotes bañados de un nimbo de veracidad irresistible?

Siento un enorme respeto por el sentimiento religioso, por más ajeno que me resulte. Entiendo que se trata de una respuesta como otra cualquiera al vértigo metafísico que parece traemos de fábrica, y que como tal sentimiento puede ser ineludible como la vergüenza o el odio. Y dado que es un absoluto, me valen para él todas las metáforas y sublimaciones de los místicos: es la fe la que te te elige, el que ha visto la luz no puede volver a las tinieblas... de hecho, no me vale, no me lo creo del todo si no es extenuante y arrebatado, si no consume en su llama al que lo padece.

Y es, creo, por coherencia con ese respeto (esa perplejidad respetuosa, si quieren) que desprecio profundamente las doctrinas como tales. ¿Qué narices tiene que ver tal estallido de luz con nada humano, con normas e historietas, con el bien y el mal?

Wednesday, November 10, 2004

El vértigo de la posibilidad

(No es habitual que se encuentren el trabajo y la afición de juntar palabras, pero a veces ocurre. Me han pedido una miniponencia para unas Jornadas sobre Centros Históricos)

En el debate sobre ciudades históricas hay una serie de conceptos que se dan por supuestos: hablamos de una ciudad consolidada, neta, inequívoca, ceñida con nitidez por unos límites físicos; una ciudad de lectura claramente centralizada, jerárquica, con ejes definidos, direcciones principales (suele asomar ahí el juego de preexistencias y transformaciones: el cardo romano, la calle del mercado, la avenida del prócer o de la constitución de turno), con entradas y salidas focalizadas por la historia. Una ciudad que se lee como un libro del que todos se saben el argumento.

Me pregunto si podemos, al hablar de Málaga, dar estos caracteres por supuestos. Los elementos están ahí, desde luego, en un grado de conservación no total pero sí muy considerable: tenemos la muralla o la circunvalación que sigue su huella, tenemos el río o lo que quiera que lo sustituya, tenemos el puerto y la fortaleza sobre el monte... y sin embargo, la lectura es de todo menos unívoca. Hace poco, en una reunión, un compañero nos enseñó un planillo en que había simplemente calcado algunas calles; por el sencillo mecanismo de girarlo situando el río en la parte de abajo, más la intención del lápiz marcando algunos puntos, había conseguido una visión sorprendente, inédita del casco. No sé si con los planos de Toledo o Vicenza se podría realizar una operación parecida.

Las puertas de la ciudad (que en Sevilla, por ejemplo, son una secuencia circular ininterrumpida que nos proporciona un mapa mental bastante claro) son aquí poco más que nombres de calles, los puentes sobre el río no presentan apenas continuidad con la trama histórica; por alguna razón casi todo resulta reversible, interpretable, ambiguo; la sensación es que con muy poco esfuerzo podríamos volver la trama del revés.

Por concretar, fijémonos en el túnel bajo la Alcazaba, una operación viaria que genera, al desembocar en el casco, efectos que van mucho más allá de lo que correspondería a su escala, provocando una especie de implosión silenciosa que lo descabala todo a su alrededor.

Tomemos la Plaza de la Merced: en principio, mirando el plano, se trata del gran espacio común de la ciudad, una plaza de dimensión generosa y trazado rotundo, cerrada por fachadas sólidas y definidas -bien que heterogéneas, pero eso es común con otras plazas y ciudades. Pero situémonos en ella ¿Cerrada? No tanto; en dirección sudeste, el aire cúbico, concreto y macizo, de plaza burguesa bien organizada, se escapa como el de un globo pinchado por el costurón frente al cine Astoria, succionado por el túnel; entonces nos volvemos hacia la plaza y la miramos de otro modo; ¿es la exigua pieza de los cines una verdadera fachada? ¿y si la eliminásemos de la ecuación? La plaza cuadrada quedaría convertida en anfiteatro alargado hacia el monte.

Al norte, la calle Victoria es, qué duda cabe, un eje urbano de primer orden, una calle de ensanche con vocación de centralidad. Sin embargo, una vez cortada la continuidad de fachada en su arranque, unos cuantos derribos en el lado del monte han bastado para revelar su condición fronteriza, casi de telón pintado por cuyos agujeros se ven árboles, hierba, cabras pastando.

Al otro lado la precariedad de la lectura se multiplica. Cuando yo era pequeño, la calle Alcazabilla era una calle, y una de las más importantes. Se aparcaba abajo, en torno al Ayuntamiento, se subía la cuesta junto al paredón curvo y uno estaba en la ciudad con mayúsculas, en el Centro. Ahora, al convertirse en teatro de operaciones urbanas cruciales, ese espacio ha sufrido una transformación incruenta, iniciada en realidad hace años con un gesto que resultó irreversible: la demolición de la Casa de la Cultura ya reveló en su día al ojo atento que aquello, fuera lo que fuese, no era del todo una calle.

Es realmente asombroso cómo se ha transformado el entorno si tenemos en cuenta que las operaciones materiales tampoco han sido de tanta envergadura. Las traseras del Museo Picasso no son menos ajenas al concepto de alineación que el caserío preexistente: simplemente son más visibles; sobre el teatro romano no se ha hecho más que sustituir la valla maciza por una de barrotes. Pero uno y otro elemento, junto con la exquisita pavimentación de la placita delante del Pimpi, crean una expansión transversal de tal potencia que el sentido de eje viario se diluye en la nada, testimoniado apenas por la lechada de hormigón que consolida (provisionalmente) la calzada que había.

Es inevitable entonces que pongamos en crisis una calle sostenida como tal sólo por las cabeceras de manzana al extremo norte. El cine Albéniz queda en el punto de mira: el debate sobre su demolición es uno de los más entretenidos, bizantinos e irresolubles que nos ha procurado la ciudad. La tentación de hacer tabla rasa es grande: se conseguiría, a un coste indemnizatorio perfectamente asumible, un enclave arqueológico abierto al pie de la Alcazaba y vertebrado desde el teatro. Pero a algunos nos resulta inquietante el efecto dominó: una vez eliminada esa pieza, ¿qué sentido le queda a la esquina? Podríamos entrar en un proceso retroalimentado en que resultaría realmente difícil saber dónde parar. La pregunta ¿por qué no tirarlo? deviene tan legítima como la opuesta, y en una ciudad donde los valores son tan relativos, contestarla supone el peligro de terminar de pie sobre una explanada gloriosamente limpia de estorbos.

Así las cosas, la piqueta está resultando en nuestra ciudad el instrumento de debate urbanístico más potente: la discusión eterna sobre la Coracha acabó de golpe el día que desaparecieron de hecho las casas, revelando una realidad nueva mucho más rica en posibilidades que descartaba la restitución; del mismo modo podría terminar cualquier día la cuestión del cine Albéniz. Esta precariedad de las relaciones y equilibrios me parece una característica particular de Málaga; en un casco histórico al uso la trama tiene un peso tal que la desaparición de cualquier elemento, o de un conjunto mediano de ellos no supone más que un hueco en el rompecabezas, una silueta en negativo que vendrá a rellenarse con algo análogo. Aquí, en cambio, es más frecuente que cuando se elimina físicamente una pieza se pierda con ella la lógica de su existencia y se replantee de nuevo toda la partida.

No tenemos, desde luego, por qué considerar esto como un problema; de hecho resulta mucho más estimulante trabajar sobre un tejido flexible y de múltiples lecturas que sobre un cadáver embalsamado. También resulta, claro, más difícil: no hay aquí verdades categóricas ni rigores que valgan para toda ocasión: el urbanista (el proyectista, porque de proyectar se trata) tendrá que improvisar, jugar de muñeca, incurrir en alguna que otra contradicción. Lo que se defiende como irrenunciable en un sitio dejará de tener valor a pocos metros (o a pocos meses), porque algún hecho consumado propio o ajeno aconseje guardar el rigor para mejor causa. El entorno de Alcazabilla es la muestra más clara: un campo minado donde el que dé primero dará dos veces, y ojalá que acierte; pero no es el único: este atípico centro histórico de Málaga seguirá dando ocasiones para reunirse y hablar.

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Thursday, November 04, 2004

Catálogo de envidias, VI

En este caso no sé que admiro/envidio más, si el lenguaje sabrosísimo y la frase exacta (el lenguaje exacto y la frase sabrosísima) o que hiciera lo que todos hemos querido hacer alguna vez:

Ahora me recuerdo que, saliendo una tarde del general de Teología, abochornado de argüir, un reverendo padre y doctor a quien yo miraba con algún enfado, porque era el que menos motivos tenía para ser mi desafecto, le dije:
-Y bien, reverendísimo, ¿es ya lumen gloriae tota ratio agendi, o no? ¿Dejaron decididas las patadas y las voces esa viejísima cuestión?
-Vaya noramala -me respondió-, que es un loco.
-Todos somos locos –acudí yo-, reverendísimo: los unos por adentro y los otros por afuera. A vuestra reverendísima le ha tocado ser loco por la parte de adentro y a mí por la de afuera, y sólo nos diferenciamos en que vuestra reverendísima es maniático triste y mesurado y yo soy delirante de gresca y tararira.

Volvió a reprehender con prisa y con enojo mi descompostura; y, mientras su reverendísima se desgañitaba con desentonados gritos, estaba yo anudando en los pulgares unas castañuelas con
bastante disimulo, debajo de mi roto manteo; y, sin hablarle palabra, lo empecé a bailar, soltando en torno de él una alegrísima furia de pernadas. Fuimos disparados bastante trecho: él menudeando la gritería con rabiosas circunspecciones y yo deshaciéndome en mudanzas y castañetazos, hasta que se acorraló en otro general de las escuelas menores, que por casualidad encontró abierto.


Es Don Diego de Torres y Villarroel, el libro de su Vida. Léanlo todos, es una orden.