Monday, October 25, 2004

A veces ocurren milagros

(Publicado en El Lomo)

Me he regalado una colección de películas de Billy Wilder, y el otro día empecé por Kiss me, stupid, un título menor que sin embargo recordaba yo con agrado como una de esas obras que esconden, bajo una apariencia sencilla y sin pretensiones, cargas de profundidad con las que realmente deberían tener cuidado los bienpensantes. Lo que no recordaba (seguramente porque no había sabido verlas del todo) eran las cargas de verdad y sentimiento más profundas aún que había bajo las simpáticas transgresiones.

En principio es una historia de enredo con muy mala leche, típica de Wilder, con dos desgraciados que pierden los papeles ante una oportunidad única (y uno no puede evitar ponerles las caras de Matthau y Lemmon, pero no siempre los castings son perfectos) y una puta marca de la casa (Kim Novak, mucho más carnal y golfa que Shirley MacLaine, y menos frágil) que sustituirá por una noche a la esposa (Felicia Farr de modosita con un morbo considerable) para camelarse a Dean Martin, que hace de Dean Martin.

Wilder y Diamond manejan estos elementos con la precisión habitual, recurriendo sin complejos al trazo grueso y los trucos habituales, apoyados en la expeditiva banda sonora de Previn; la comedia se deja ver, y ojalá se hicieran ahora la décima parte de buenas, pero a decir verdad tampoco alcanza alturas memorables.

Sin embargo, en los últimos veinte minutos, la película, sin modificar sus ritmos y cadencias ni dejar de ser lo que es, pasa a otro plano: se transfigura, estoy tentado de decir. Ocurre después de que Orvile eche a Dean Martin de su casa, en un ataque de dignidad hipotética, tan cargada de razón como ridícula, que encaja perfectamente en el sabor agrio de la comedia que nos ha estado sirviendo Wilder.

Entonces, cuando el falso matrimonio se queda a solas, una vibración diferente se apodera de la escena. Se instala un silencio cargado, pero no embarazoso ni tenso. Polly empieza a recoger los vasos (se entretiene en secar el zapato en que han bebido champán), Orvile va cerrando puertas y ventanas, como cada noche. Se estira, y no es un bostezo fingido; ha sido un día duro, dice ella. Él se dirige al dormitorio, y hay una dignidad imponente, un algo de solemne y definitivo cuando dice: Vamos a la cama, señora Spooner.

Es un momento sonámbulo que queda suspendido como una burbuja; la película retoma en seguida el tono eléctrico y gamberro, pero de ahí hasta el final permanece instalada en un nivel superior y nos regala un puñado de verdades como sólo aquel Hollywood lo sabía hacer. Anotamos (pero todo ese tramo es un prodigio de tempo, atención al detalle y lenguaje oblicuo) la sonrisa perezosa que se le abre paso a Zelda cuando al despertar en la caravana rebobina la noche anterior, el aire gatuno con que se guarda los billetes, y sobre todo la maravillosa conversación entre las dos mujeres, el elegante encogerse de hombros con que aceptan esa extraña carambola del destino que las ha hecho mejores y más sabias.

Después sólo queda atar cabos, encajar un par de chistes y preparar el camino para la frase final (estropeada por un muy desfavorecedor primer plano de Miss Farr) que es la del título y la que todo hombre merece oir al menos una vez en la vida: Bésame, idiota.

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