Sunday, October 17, 2004

Clásicos

En Las Troyanas, de Eurípides, me encuentro algo que me enseña una vez más lo superfluo que es escribir después de que los griegos lo dejaran todo dicho. No es una de esas frases que gusta cincelar sobre las puertas; de hecho no es una frase, ni un párrafo. Es una especie de salto, un bandazo emocional que me dice más del ser humano que cien novelones.

Las mujeres de Troya, arrasada la ciudad y muertos sus maridos, esperan en el campamento aqueo a ser asignadas como esclavas a uno u otro de los capitanes enemigos. Así se lamenta el coro:

¡Ay, ay! ¿Qué lamentaciones
deploran tu humillación?
¡Ya no girará en el ideo
solar mi lanzadera!
Veo mi casa paterna por última vez,
última. Grande será mi aflicción;
entraré en un lecho griego
-¡malditos destino y noche!-
o, mísera esclava las aguas iré
a buscar de Pirene, el sagrado hontanar.
¡Nunca el curso del Eurotas
contemple ni, sierva en la odiada ciudad
de Hélena, encuentre al que fue destructor
de Troya, Menelao!

Y, sin solución de continuidad:

¡Si hasta la opulenta patria
de Teseo me llevasen!
Dicen que la noble tierra
del Peneo es rica y fértil,
el bellísimo pedestal
en que se alza el Olimpo;
allí yo querría llegar si vedada
la divina ciudad de Teseo me está.
Y oigo que la tierra etnea,
que, muy cerca de Fenicia,
los sícelos montes parió, recibir
suele premios que anuncian su eximia virtud.
Cercanísima a la cual,
en el mar Jonio se encuentra,
la región que el Cratis riega,
cuya agua divina da un hermoso color
a las rubias melenas y prosperidad
a sus robustos hombres.

Esa adaptación infinita, esa capacidad de encontrar esperanza en medio del horror más absoluto (o, visto del otro lado, la insidosa, irresistible habilidad con que se nos cuela la esperanza en cuanto le dejamos una rendija), es profundamente humana, y Eurípides la ha mostrado con una elegancia y una piedad extraordinarias. Cada vez que vea, sentado en el sofá, una columna de fugitivos escapando de una guerra, o un racimo de seres humanos descolgándose de la cubierta de un barco, o apiñados en una patera o cruzando el desierto hacia el norte en medio de la noche, recordaré estos versos; lo cual no me hará mejor pero sí un poquito más sabio. Eso es lo que los clásicos nos regalan.

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