Monday, October 11, 2004

El libro de la almohada de Sei Shonagon

(Publicado en El Lomo)

Hay momentos en que la vida me exaspera de tal modo que no quiero vivir un segundo más y quisiera desaparecer para siempre. Pero si doy con unas hojas de papel Michinoku o de papel blanco decorado, decido que puedo seguir aguantando un poco más. Si me es dado extender una estera verde finamente tejida y examinar el borde blanco con sus bien trazados dibujos negros, siento que no puedo dar la espalda a este mundo y todo me parece precioso.

Sei Shonagon era una dama de la Emperatriz del Japón en el siglo X. En su época era costumbre llevar un cuaderno de impresiones diarias (se guardaba en la cabecera de la cama, de ahí el nombre); este tipo de documento no suele interesar más que a los estudiosos, pero como el suyo está prodigiosamente escrito no ha dejado nunca de leerse. Siempre que se aborda este tipo de literatura íntima, femenina, en forma de epistolarios o notas sueltas, un cierto automatismo nos hace considerarla como la punta de un iceberg, la manifestación casualmente sacada a la luz de unos mundos secretos de sensibilidad que las mujeres han cultivado en sus refugios.

Bien, no sólo creo que es esta una visión distorsionada, sino que la considero un desprecio para las escritoras; la buena literatura es un fenómeno infrecuente y desde luego individual; si el resto de diarios de esa corte donde cada cual tenía uno no ha permanecido es porque no tenían el valor de éste, y si éste entre todos puede llegar a representar un mundo concreto y un cierto tipo humano es precisamente por lo que la autora tenía de ajeno a él, por ese plus de talento y distancia que hacen al escritor.

Los que leyendo el Elogio de la Sombra de Tanizaki, quedamos prendados de la luz atenuada, de las superficies mate, del tacto gastado de los materiales viejos y nobles, y creímos que en ese pudor estético se cifraba todo lo japonés, nos vemos ahora obligados a un ajuste. Aquí la mirada, el oído, el olfato se dispersan, se expanden hacia los colores saturados y brillantes, las impresiones vivas, los contrastes fuertes, con una avidez que la reserva agudiza y afina. Pero a pesar de los casi mil años de separación entre los dos libritos, al lector occidental se le presenta con toda claridad un hilo común, cierta manera japonesa de colocarse frente al mundo: un hedonismo estético voraz; una atención neurótica por el detalle, y sobre todo una voluntad de perfección tan exigente que el menor desplazamiento (un tono virado, un sonido un poco más agudo de lo debido) se percibe como la ruina irremediable del conjunto, provocando tales lamentaciones que el lector incapaz de distinguir matices a ese nivel acaba por incubar un leve complejo de inferioridad estética.

Las normas básicas de esta mirada japonesa son dos: la economía y el sentido de lo adecuado. Shonagon podrá encontrar perfecto sobre el lecho un vestido púrpura intenso bajo una sobrepelliz roja, pero no soportaría una habitación entera en esos colores. En la noche de lluvia, es el repiqueteo de las gotas sobre un cubo vacío lo que conviene, siempre que la hierba absorba el resto: si todo el pavimento resonara, sería fastidioso.

Las leyes de correspondencia estética pueden ser implacables: cuando se trata de satisfacer el ansia de percepciones satisfactorias, ninguna consideración humana se interpone. El impostado cinismo de Wilde o De Quincey palidece frente a la displicencia sincera de esta degustadora de momentos:

Cuando una mujer vive sola su casa debe estar muy descuidada. La pared de barro debe estar cayéndose a pedazos, y si hay un estanque debe estar lleno de plantas acuáticas (...) Me desagrada la casa de una mujer sola cuando se nota que es hacendosa y pone cada cosa en su lugar y cierra bien la puerta.

Hay muchas otras cosas en el librito, claro: una fascinación rayana en la histeria por el Emperador y su familia, un desprecio bastante antipático por los que considera inferiores; conversaciones cortesanas hipersutiles para las que carecemos de código (de modo que uno se queda pensando por qué esa réplica en concreto ha humillado de forma tan certera al capitán Nobukata); una manera sorprendemente fresca, autosuficiente y libre de tratar las relaciones sentimentales; magníficos retratos en dos trazos; enumeraciones arbitrarias (de cosas agradables y desagradables, de lo que está a la vez lejos y cerca, de situaciones embarazosas, del tiempo que conviene a cada fecha señalada...)

Y hay, aquí y allá, fogonazos de verdadera genialidad, momentos en que un sentimiento sutil de melancolía sin tristeza o de delicado amor por la vida cristaliza en un tono de luz, un color del aire, ciertas notas, el gesto de un hombro visto de espaldas...


¿Debe extrañarnos que a Borges le fascinara? De las traducciones suyas que conozco, esta es la única en que consigue hacérseme transparente: en Whitman, en las sagas nórdicas la voz del ciego sale entremezclada de modo irremediable –y placentero- con la original; pero aquí precisamente, cuando al no conocer la lengua y depender de la mediación de María Kodama no sería de extrañar que le hubiera resultado un texto más cercano a la reescritura que a la traducción, consigue en cambio una voz totalmente ajena, una voz que no sé si alcanza a hacer resonar la de Shonagon (quiero pensar que sí, que el milagro es posible), pero desde luego no tiene nada de borgiana.

Labels:

0 Comments:

Post a Comment

<< Home