Saturday, October 16, 2004

Deber

Con un movimiento lento, arroja el libro a las brasas. Las brasas empiezan a arder, acogen a su víctima, absorben lentamente la materia del cuaderno, y unas pequeñas llamas se alzan entre las cenizas oscuras. Los dos observan inmóviles cómo empiezan a arder las llamas, cómo revive el fuego, cómo baila con alegría alrededor de su presa inesperada, cómo respira y cómo brilla;las llamas son cada vez más altas, el lacre sellado ya se ha derretido, el terciopelo amarillo arde con un humo acre, y como si una mano invisible tornara las páginas color marfil, aparece de improviso la caligrafía de Krisztina, con su letra alta y fina, escrita por una mano que ya no existe; las letras, el papel, el cuaderno entero se queman, se convierten en polvo y en ceniza, como la mano que escribió las páginas. Sobre las brasas sólo quedan ya las cenizas negras y sedosas, como raso de luto.

Sigo sin entender (o mejor, entiendo pero me parece monstruoso) cómo pudo el general pasar todos esos años sin leer aquel diario. Ese tipo de gestos grandiosos me ha resultado siempre sospechoso en su espléndida apariencia: en el fondo revelan (a mi entender) un narcisismo monumental antes que ningún tipo de abnegación o entrega.

Pero ahora que, después de intentar eludirlo de la manera menos digna entre todas las posibles, al final lo tengo a mano, no lo voy a leer. No sé si se lo debo o me lo debo, pero de alguna manera sé que debo.

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