Wednesday, October 13, 2004

Catálogo de envidias, IV

El arte de la enumeración arbitraria es de esos que uno cree sencillos hasta que lo intenta. Después de leer a Sei Shonagon me he propuesto pergeñar una parodia de sus listas, pero no he sido capaz de dar con el equilibrio entre coherencia, poesía y absurdo que las hacen, cuando funcionan, objetos literarios irresistibles. Copio (y salen ustedes ganando en el cambio) una de las mejores entre las suyas:

Cosas que deben ser grandes

Sacerdotes. Fruta. Casas. Bolsas de provisiones. Pinceles para tinteros. Los ojos de los hombres, cuando son muy estrechos parecen de mujer. Por otra parte, si fueran tan grandes como bolas de metal más bien me darían miedo. Braseros redondos. Cerezas de invierno. Pinos. Pétalos de rosas amarillas. Los caballos así como los bueyes deben ser grandes.

Y aunque me propuse en esta sección no citar cosas que de inalcanzables eluden la envidia, no puedo resistirme a traer el célebre ejemplo de Borges que encandiló a Foucault. Hablaba el ciego taimado, seguramente inventándoselo todo, de

…cierta enciclopedia china que se titula "Emporio celestial de conocimientos benévolos". En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.

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