Friday, October 29, 2004

De profundis

(Viene de Cartas)

En el caso de Wilde no hay relativismo que salve a Bosie, el niño mimado y salvajemente egoísta por quien se inmoló en vano el poeta. La carta escrita desde una celda de Reading tiene, sí, mucho de teatral e impostado, mucha falsa humildad; no me gusta releerla porque se le ve la trampa: el autor finge haber perdonado, encontrarse tranquilo, limpio de alma como un monje budista o franciscano, más allá del rencor… y a cada paso se nos hace tristemente evidente que no. Pero la lucidez amarga y minuciosa del amor desengañado le permite construir una requisitoria sin resquicios en la que quedan expuestos el mezquino orgullo, el empeño pueril en que el mundo girase en torno suyo, la inconsistencia, la incapacidad de compasión de ese supuesto efebo al que las fotografías que se conservan no nos permiten concederle ni el don gratuito de la belleza. La estampa del marquesito reconciliado con el padre, convenientemente vestido de tweed, gordo y casado nos tranquiliza en el fondo: lo hace merecer todo nuestro desprecio.

Pero admitido esto, la pregunta que no podemos evitar hacernos es ¿habría cambiado la carta de ser Bosie una persona menos deleznable? El corazón herido (tiene que haber otra manera de decir eso) busca razones para la condena, y el hecho de que las encuentr con tanta facilidad no termina de ahogar la sensación de que las habría encontrado de todas maneras, y esa es tal vez la razón de que rara vez nos conmuevan las recriminaciones del abandonado. Lo acompañamos por el laberinto inacabable de su indagación con fastidio disimulado por la amistad, pero en el fondo no damos ninguna importancia a lo que para él se vuelve desporporcionadamente crucial: el que mira desde fuera sabe que tener razón o no es indiferente.

Labels:

Monday, October 25, 2004

A veces ocurren milagros

(Publicado en El Lomo)

Me he regalado una colección de películas de Billy Wilder, y el otro día empecé por Kiss me, stupid, un título menor que sin embargo recordaba yo con agrado como una de esas obras que esconden, bajo una apariencia sencilla y sin pretensiones, cargas de profundidad con las que realmente deberían tener cuidado los bienpensantes. Lo que no recordaba (seguramente porque no había sabido verlas del todo) eran las cargas de verdad y sentimiento más profundas aún que había bajo las simpáticas transgresiones.

En principio es una historia de enredo con muy mala leche, típica de Wilder, con dos desgraciados que pierden los papeles ante una oportunidad única (y uno no puede evitar ponerles las caras de Matthau y Lemmon, pero no siempre los castings son perfectos) y una puta marca de la casa (Kim Novak, mucho más carnal y golfa que Shirley MacLaine, y menos frágil) que sustituirá por una noche a la esposa (Felicia Farr de modosita con un morbo considerable) para camelarse a Dean Martin, que hace de Dean Martin.

Wilder y Diamond manejan estos elementos con la precisión habitual, recurriendo sin complejos al trazo grueso y los trucos habituales, apoyados en la expeditiva banda sonora de Previn; la comedia se deja ver, y ojalá se hicieran ahora la décima parte de buenas, pero a decir verdad tampoco alcanza alturas memorables.

Sin embargo, en los últimos veinte minutos, la película, sin modificar sus ritmos y cadencias ni dejar de ser lo que es, pasa a otro plano: se transfigura, estoy tentado de decir. Ocurre después de que Orvile eche a Dean Martin de su casa, en un ataque de dignidad hipotética, tan cargada de razón como ridícula, que encaja perfectamente en el sabor agrio de la comedia que nos ha estado sirviendo Wilder.

Entonces, cuando el falso matrimonio se queda a solas, una vibración diferente se apodera de la escena. Se instala un silencio cargado, pero no embarazoso ni tenso. Polly empieza a recoger los vasos (se entretiene en secar el zapato en que han bebido champán), Orvile va cerrando puertas y ventanas, como cada noche. Se estira, y no es un bostezo fingido; ha sido un día duro, dice ella. Él se dirige al dormitorio, y hay una dignidad imponente, un algo de solemne y definitivo cuando dice: Vamos a la cama, señora Spooner.

Es un momento sonámbulo que queda suspendido como una burbuja; la película retoma en seguida el tono eléctrico y gamberro, pero de ahí hasta el final permanece instalada en un nivel superior y nos regala un puñado de verdades como sólo aquel Hollywood lo sabía hacer. Anotamos (pero todo ese tramo es un prodigio de tempo, atención al detalle y lenguaje oblicuo) la sonrisa perezosa que se le abre paso a Zelda cuando al despertar en la caravana rebobina la noche anterior, el aire gatuno con que se guarda los billetes, y sobre todo la maravillosa conversación entre las dos mujeres, el elegante encogerse de hombros con que aceptan esa extraña carambola del destino que las ha hecho mejores y más sabias.

Después sólo queda atar cabos, encajar un par de chistes y preparar el camino para la frase final (estropeada por un muy desfavorecedor primer plano de Miss Farr) que es la del título y la que todo hombre merece oir al menos una vez en la vida: Bésame, idiota.

Labels:

Sunday, October 17, 2004

Clásicos

En Las Troyanas, de Eurípides, me encuentro algo que me enseña una vez más lo superfluo que es escribir después de que los griegos lo dejaran todo dicho. No es una de esas frases que gusta cincelar sobre las puertas; de hecho no es una frase, ni un párrafo. Es una especie de salto, un bandazo emocional que me dice más del ser humano que cien novelones.

Las mujeres de Troya, arrasada la ciudad y muertos sus maridos, esperan en el campamento aqueo a ser asignadas como esclavas a uno u otro de los capitanes enemigos. Así se lamenta el coro:

¡Ay, ay! ¿Qué lamentaciones
deploran tu humillación?
¡Ya no girará en el ideo
solar mi lanzadera!
Veo mi casa paterna por última vez,
última. Grande será mi aflicción;
entraré en un lecho griego
-¡malditos destino y noche!-
o, mísera esclava las aguas iré
a buscar de Pirene, el sagrado hontanar.
¡Nunca el curso del Eurotas
contemple ni, sierva en la odiada ciudad
de Hélena, encuentre al que fue destructor
de Troya, Menelao!

Y, sin solución de continuidad:

¡Si hasta la opulenta patria
de Teseo me llevasen!
Dicen que la noble tierra
del Peneo es rica y fértil,
el bellísimo pedestal
en que se alza el Olimpo;
allí yo querría llegar si vedada
la divina ciudad de Teseo me está.
Y oigo que la tierra etnea,
que, muy cerca de Fenicia,
los sícelos montes parió, recibir
suele premios que anuncian su eximia virtud.
Cercanísima a la cual,
en el mar Jonio se encuentra,
la región que el Cratis riega,
cuya agua divina da un hermoso color
a las rubias melenas y prosperidad
a sus robustos hombres.

Esa adaptación infinita, esa capacidad de encontrar esperanza en medio del horror más absoluto (o, visto del otro lado, la insidosa, irresistible habilidad con que se nos cuela la esperanza en cuanto le dejamos una rendija), es profundamente humana, y Eurípides la ha mostrado con una elegancia y una piedad extraordinarias. Cada vez que vea, sentado en el sofá, una columna de fugitivos escapando de una guerra, o un racimo de seres humanos descolgándose de la cubierta de un barco, o apiñados en una patera o cruzando el desierto hacia el norte en medio de la noche, recordaré estos versos; lo cual no me hará mejor pero sí un poquito más sabio. Eso es lo que los clásicos nos regalan.

Labels: ,

Saturday, October 16, 2004

Deber

Con un movimiento lento, arroja el libro a las brasas. Las brasas empiezan a arder, acogen a su víctima, absorben lentamente la materia del cuaderno, y unas pequeñas llamas se alzan entre las cenizas oscuras. Los dos observan inmóviles cómo empiezan a arder las llamas, cómo revive el fuego, cómo baila con alegría alrededor de su presa inesperada, cómo respira y cómo brilla;las llamas son cada vez más altas, el lacre sellado ya se ha derretido, el terciopelo amarillo arde con un humo acre, y como si una mano invisible tornara las páginas color marfil, aparece de improviso la caligrafía de Krisztina, con su letra alta y fina, escrita por una mano que ya no existe; las letras, el papel, el cuaderno entero se queman, se convierten en polvo y en ceniza, como la mano que escribió las páginas. Sobre las brasas sólo quedan ya las cenizas negras y sedosas, como raso de luto.

Sigo sin entender (o mejor, entiendo pero me parece monstruoso) cómo pudo el general pasar todos esos años sin leer aquel diario. Ese tipo de gestos grandiosos me ha resultado siempre sospechoso en su espléndida apariencia: en el fondo revelan (a mi entender) un narcisismo monumental antes que ningún tipo de abnegación o entrega.

Pero ahora que, después de intentar eludirlo de la manera menos digna entre todas las posibles, al final lo tengo a mano, no lo voy a leer. No sé si se lo debo o me lo debo, pero de alguna manera sé que debo.

Labels:

Thursday, October 14, 2004

Me echo de menos

Últimamente no hago más que acordarme de mis primeros tiempos en foros de internet: hace tres años, pero parece que fueran cientos. Es difícil verse desde fuera, pero sé que era muy diferente de ahora. Entraba y salía revoloteando, jugaba al despiste, amagaba sin dar y salía siempre por donde menos me esperaban. Era rápido, era insolente, era caprichoso. Parodiaba voces, clavaba banderillas, citaba autores inventados para traer agua a molinos que abandonaba enseguida. Defendí los toros durante meses sin haber pisado una plaza en mi vida, sostuve un pique con un personaje de mi invención y me deje humillar por él, fabriqué un soneto en un minuto de reloj, atribuí a una modelo italiana un estudio musicológico; una vez, en medio de una discusión con un pedante, le pedí que me sostuviera el gin-tonic (es que he visto una dama que quiero saludar, dije) y no le volví a responder en la vida. En una tarde especialmente afortunada hice llorar a un Decano de Filosofía.

Y con F… con F hicimos maravillas que se perdieron en los naufragios, like tears in the rain.

No sé decir en qué momento empecé a dar opiniones sinceras, a tratar de explicarme, a entrar a todos los trapos. Creo que fue cuando nos quedamos sólo los que nos conocíamos bien, y de repente no tenía gracia torear a los que cada vez eran más amigos. Ahora soy un tertuliano, tengo una postura sobre cada cosa, como si a alguien le importara. Imagino que es una evolución natural, que uno no puede pasarse la vida de tábano zumbón. Y si lo pienso en serio no cambiaría lo que tengo ahora.

Pero algunas tardes me echo de menos.

Quand'ero paggio
del Duca di Norfolk ero sottile,
ero un miraggio
vago,leggero, gentile, gentile...

Labels:

Wednesday, October 13, 2004

Catálogo de envidias, IV

El arte de la enumeración arbitraria es de esos que uno cree sencillos hasta que lo intenta. Después de leer a Sei Shonagon me he propuesto pergeñar una parodia de sus listas, pero no he sido capaz de dar con el equilibrio entre coherencia, poesía y absurdo que las hacen, cuando funcionan, objetos literarios irresistibles. Copio (y salen ustedes ganando en el cambio) una de las mejores entre las suyas:

Cosas que deben ser grandes

Sacerdotes. Fruta. Casas. Bolsas de provisiones. Pinceles para tinteros. Los ojos de los hombres, cuando son muy estrechos parecen de mujer. Por otra parte, si fueran tan grandes como bolas de metal más bien me darían miedo. Braseros redondos. Cerezas de invierno. Pinos. Pétalos de rosas amarillas. Los caballos así como los bueyes deben ser grandes.

Y aunque me propuse en esta sección no citar cosas que de inalcanzables eluden la envidia, no puedo resistirme a traer el célebre ejemplo de Borges que encandiló a Foucault. Hablaba el ciego taimado, seguramente inventándoselo todo, de

…cierta enciclopedia china que se titula "Emporio celestial de conocimientos benévolos". En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.

Labels:

Monday, October 11, 2004

El libro de la almohada de Sei Shonagon

(Publicado en El Lomo)

Hay momentos en que la vida me exaspera de tal modo que no quiero vivir un segundo más y quisiera desaparecer para siempre. Pero si doy con unas hojas de papel Michinoku o de papel blanco decorado, decido que puedo seguir aguantando un poco más. Si me es dado extender una estera verde finamente tejida y examinar el borde blanco con sus bien trazados dibujos negros, siento que no puedo dar la espalda a este mundo y todo me parece precioso.

Sei Shonagon era una dama de la Emperatriz del Japón en el siglo X. En su época era costumbre llevar un cuaderno de impresiones diarias (se guardaba en la cabecera de la cama, de ahí el nombre); este tipo de documento no suele interesar más que a los estudiosos, pero como el suyo está prodigiosamente escrito no ha dejado nunca de leerse. Siempre que se aborda este tipo de literatura íntima, femenina, en forma de epistolarios o notas sueltas, un cierto automatismo nos hace considerarla como la punta de un iceberg, la manifestación casualmente sacada a la luz de unos mundos secretos de sensibilidad que las mujeres han cultivado en sus refugios.

Bien, no sólo creo que es esta una visión distorsionada, sino que la considero un desprecio para las escritoras; la buena literatura es un fenómeno infrecuente y desde luego individual; si el resto de diarios de esa corte donde cada cual tenía uno no ha permanecido es porque no tenían el valor de éste, y si éste entre todos puede llegar a representar un mundo concreto y un cierto tipo humano es precisamente por lo que la autora tenía de ajeno a él, por ese plus de talento y distancia que hacen al escritor.

Los que leyendo el Elogio de la Sombra de Tanizaki, quedamos prendados de la luz atenuada, de las superficies mate, del tacto gastado de los materiales viejos y nobles, y creímos que en ese pudor estético se cifraba todo lo japonés, nos vemos ahora obligados a un ajuste. Aquí la mirada, el oído, el olfato se dispersan, se expanden hacia los colores saturados y brillantes, las impresiones vivas, los contrastes fuertes, con una avidez que la reserva agudiza y afina. Pero a pesar de los casi mil años de separación entre los dos libritos, al lector occidental se le presenta con toda claridad un hilo común, cierta manera japonesa de colocarse frente al mundo: un hedonismo estético voraz; una atención neurótica por el detalle, y sobre todo una voluntad de perfección tan exigente que el menor desplazamiento (un tono virado, un sonido un poco más agudo de lo debido) se percibe como la ruina irremediable del conjunto, provocando tales lamentaciones que el lector incapaz de distinguir matices a ese nivel acaba por incubar un leve complejo de inferioridad estética.

Las normas básicas de esta mirada japonesa son dos: la economía y el sentido de lo adecuado. Shonagon podrá encontrar perfecto sobre el lecho un vestido púrpura intenso bajo una sobrepelliz roja, pero no soportaría una habitación entera en esos colores. En la noche de lluvia, es el repiqueteo de las gotas sobre un cubo vacío lo que conviene, siempre que la hierba absorba el resto: si todo el pavimento resonara, sería fastidioso.

Las leyes de correspondencia estética pueden ser implacables: cuando se trata de satisfacer el ansia de percepciones satisfactorias, ninguna consideración humana se interpone. El impostado cinismo de Wilde o De Quincey palidece frente a la displicencia sincera de esta degustadora de momentos:

Cuando una mujer vive sola su casa debe estar muy descuidada. La pared de barro debe estar cayéndose a pedazos, y si hay un estanque debe estar lleno de plantas acuáticas (...) Me desagrada la casa de una mujer sola cuando se nota que es hacendosa y pone cada cosa en su lugar y cierra bien la puerta.

Hay muchas otras cosas en el librito, claro: una fascinación rayana en la histeria por el Emperador y su familia, un desprecio bastante antipático por los que considera inferiores; conversaciones cortesanas hipersutiles para las que carecemos de código (de modo que uno se queda pensando por qué esa réplica en concreto ha humillado de forma tan certera al capitán Nobukata); una manera sorprendemente fresca, autosuficiente y libre de tratar las relaciones sentimentales; magníficos retratos en dos trazos; enumeraciones arbitrarias (de cosas agradables y desagradables, de lo que está a la vez lejos y cerca, de situaciones embarazosas, del tiempo que conviene a cada fecha señalada...)

Y hay, aquí y allá, fogonazos de verdadera genialidad, momentos en que un sentimiento sutil de melancolía sin tristeza o de delicado amor por la vida cristaliza en un tono de luz, un color del aire, ciertas notas, el gesto de un hombro visto de espaldas...


¿Debe extrañarnos que a Borges le fascinara? De las traducciones suyas que conozco, esta es la única en que consigue hacérseme transparente: en Whitman, en las sagas nórdicas la voz del ciego sale entremezclada de modo irremediable –y placentero- con la original; pero aquí precisamente, cuando al no conocer la lengua y depender de la mediación de María Kodama no sería de extrañar que le hubiera resultado un texto más cercano a la reescritura que a la traducción, consigue en cambio una voz totalmente ajena, una voz que no sé si alcanza a hacer resonar la de Shonagon (quiero pensar que sí, que el milagro es posible), pero desde luego no tiene nada de borgiana.

Labels:

Thursday, October 07, 2004

Facilidad

-Qué suerte tienes de saberte expresar; yo tengo cientos de cosas en la cabeza, pero no soy capaz de ponerlas en palabras...

Cada vez me creo menos ese tipo de declaraciones; me parece, por el contrario, que las ideas y su expresión son la misma cosa, que la Recherche no es la obra de un hábil verbalizador, sino de alguien que se exploró por dentro y vio mucho más que yo, que los delicados laberintos de Borges no existen fuera de su exacta formulación verbal, que si un paisaje te emociona podrás decir que te emociona, pero si lo sabes mirar y distinguir matices, texturas, juegos de luz y sombra, si te surgen analogías visuales, si respiras con él, si consigues captar su vibración propia, sus ritmos, la manera en que se encadenan o funden o recortan los planos, entonces no tendrás ningún problema en que tu descripción tenga todo eso de más, todo lo que tú has sido capaz de ver y otros no.

Y no es por casualidad que me sale el ejemplo del paisaje. Releo las notas de Berchtesgaden y me doy cuenta de que mi mirada no llega más lejos del lugar común, que el paisaje alpino me dejó sin aliento como a cualquiera pero no me entregó ni mucho menos sus tesoros. He aprendido a escudriñar un rostro y leer en él o inventarme lo suficiente para armar un texto, no se me da mal coger teorías y hacerlas girar hasta que den los reflejos que me gustan, de vez en cuando consigo entresacar de los libros que leo, de los cuadros, de los edificios verdades pequeñas pero poco vistas, y de las ciudades me atrevo a decir que soy un buen observador, atento y enamorado. Pero los paisajes no son lo mío.

Por fortuna la palabra no es la única manera de aproximarse a la realidad; el dibujo, aun practicado de higos a brevas, por puro placer y sin pretensión alguna, sigue siendo una disciplina que educa la mirada, una vía de conocimiento no verbal: si algo saco al final que merezca la pena de escribirse será por ese camino indirecto, traduciendo lo que la mano y el ojo aprendieron allí arriba.