Wednesday, September 15, 2004

Cartas

En recuerdo del extinto Secreto Epistolar voy a hablar hoy de cartas. Hay un género que Saf, creo, no llegó a tocar: el de las cartas abiertas, las que sin perder el destinatario concreto son escritas para ser leídas por el público. Como criaturas híbridas, son estas cartas objetos extraños, ambiguos y levemente borrosos en los bordes, objetos que uno no sabe muy bien por dónde agarrar y a los que es recomendable acercarse con alguna prevención

En un género que tiende más a lo político o social sobresalen por personales dos cumbres del género, dos textos de retórica venenosa y obsceno impudor, bombas de relojería afinadísimas contra el destinatario, ajustes de cuentas privados cuya lectura provoca ese bochorno no exento de placer del que sin culpa se encuentra asomado a una bronca familiar. Estoy hablando, claro está, de la Carta al Padre, de Franz Kafka, y del De Profundis, de Oscar Wilde.

Una lección inmediata de la lectura de estas cartas es que, si vas a destrozar la vida de alguien, procura que no posea un talento literario deslumbrador o prepárate a ser odiado por la posteridad. Los mismos reproches amargados, las mismas agotadoras listas de agravios que todos hemos propinado o recibido alguna vez y que inevitablemente dejan al acusador (tenga o no razón) en una posición bochornosa y precaria, carne de nuevos desprecios, se transmutan aquí -por obra del equilibrio exacto de la frase, de la insidiosa melodía, de la carga de profundidad que arrastran las palabras elegidas con escrupulosa malicia o las que se silencian en el momento adecuado- en balas de plata, dardos empenachados, estocadas imparables: terminadas de leer una y otra carta, el padre brutal y el adolescente malcriado yacen en el suelo, reducidos a guiñapos odiosos y por siempre inofensivos.

¿O no? Lo malo de la magia verbal es que rara vez opera en el mundo. Y lo malo de la letra impresa es que se puede volver sobre ella, y cada vez que lo hacemos somos más inmunes al hechizo. Al final , si eres un lector inquieto y preguntón, es inevitable que el punto de vista del otro, del destinatario escarnecido, se te acabe dibujando en negativo.

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