Thursday, August 05, 2004

Manías personales, II

La idea de que una combinación de colores pueda estar mal no existe en la naturaleza. Un paisaje será más o menos bello, pero siempre estará entonado (un psicólogo diría, y seguramente con razón, que es de la naturaleza de donde hemos sacado las nociones de armonía cromática). No importa que las contigüidades sean en ocasiones mucho más abruptas y atrevidas que las que los pintores son capaces de idear: de alguna manera se las arreglan para encajarse en armonía.

Sin embargo hay una excepción que encuentro particularmente irritante: las amapolas. Un campo verde punteado de ese rojo intenso me resulta tan chirriante al ojo como si estuviera cubierto de envoltorios de plástico. Aunque la explicación más sencilla y por tanto probable es que se trate de una manía personal sin mayor fundamento (arraigada, eso sí: me recuerdo de pequeño diciendo a mi madre que no pegaban: anda niño, cómo no van a pegar) el hecho es que del pozo de las explicaciones sencillas no queda mucha agua que sacar. Dando, pues, una vuelta más al torno aventuraremos una respuesta con pretensión de objetiva: es la superabundancia de esta flor lo que la hace antipática, porque en el fondo no se ajusta a su ser.

Perjudica en efecto a la amapola la inadecuación de la corte de adjetivos que suele acompañarla. Considerada humilde, sencilla, portadora de una belleza natural y sin artificios, sería según el tópico el equivalente de la campesina fresca y de buen color frente a, digamos, la orquídea turbadora y dulzona, la dama envuelta en un aura de brillos de diamantes, veladuras de gasas y sabios afeites.

Pero tratemos de examinarla con ojos no contaminados de literatura popular. Nada hay de sencillo en la finísima contextura de sus pétalos, en la calidad soberbia de un material que, como el oro, acumula con tal fiereza su color y brillo propios que incluso reducido al mínimo espesor soportable consigue retenerlos sin atenuación ni transparencia, y frente al cual la carnosidad tropical y comestible de la orquídea se nos aparece de una sensualidad elemental e incluso grosera; ni en el propio color, ese rojo suntuoso e imposible que desdeña por innecesario todo ornamento, bastándole la vibración de la luz que baila resbalando sobre su superficie saturada; ni desde luego en el sutil recogerse de su corola, más despreocupado que el alarde de geometría curva y estricta de la rosa pero desde luego varias vueltas más allá de la evidente, inmediata organización circular que hace de la margarita el prototipo de flor dibujable; ni, finalmente, en una fragilidad tísica más propia de palacios que de alquerías.

Admitámoslo: lejos de pertenecer al imaginario franciscano y pueril de las florecillas silvestres, la amapola es un objeto de lujo, un sofisticado artefacto de rara y orgullosa elegancia. Su tragedia le viene del número: escasa, sería venerada como regalo exquisito, se cantaría la fugaz perfección de su dibujo, la veríamos adornar escotes principescos. Pero del mismo modo que desdeñaríamos un barreño lleno hasta los bordes de Krug o las griferías y picaportes de oro de los yates obscenos, la imagen de estas flores delicadísimas y preciosas desparramadas por cientos sobre una pradera desprevenida nos genera un inevitable rechazo. Una pincelada roja sería sin duda hermosa, su insistente repetición aburre.

Quedemos pues en espera: cuando algún dios no aquejado de clemencias sentimentales arroje sobre los campos moteados una plaga que deje sólo unas cuantas sobrevivientes, empezaremos a buscarlas por lugares alejados e inhóspitos, a pagar por ellas cantidades impropias, a dedicarles madrigales huecos y artificiosos, prosas melancólicas donde lamentaremos que no haya más, que no prosperen en aceras y desmontes, que no invadan el mapa hasta teñirlo de rojo.

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