Tuesday, August 24, 2004

El inglés paradójico

Cuanto más leo a Chesterton (y lo leo mucho) más me doy cuenta de la tensión interna que respira bajo todos sus argumentos. Chesterton desconfía por sistema de lo que le dice la razón frente a lo que le emociona (y así elige creer en la infalibilidad del Papa o admirar a los patriotas que toman las armas), pero algo en la manera apasionada y contundente que adoptan sus argumentos le indica a mi desconfiado olfato que no acaba de estar convencido, que en la duda opta por continuar la carrera haciendo, para nuestro infinito deleite, trastabillar a la Razón a base de paradojas cada vez que parece a punto de atraparlo.

A mí me ocurre exactamente lo contrario. Una desconfianza instintiva me mantiene siempre en guardia contra los movimientos del corazón y me lleva a buscarle las vueltas a todo lo que me pone los vellos de punta (y de este modo reniego de los mártires, del insidioso atractivo de las hermandades de héroes, de la hermosa patraña del honor). Y cualquier lector de mediana nariz podría, si le mereciera interés, discernir en mis indignaciones virtuosas y mis arrebatos argumentadores una carrera tan ciega hacia adelante como la del gordo inglés (sólo que verme arrojar teorías a mi espalda para que el corazón se entretenga royéndolas no es ni de lejos un espectáculo tan entretenido).

Lo que Chesterton no sabe o afecta ignorar es algo que voy viendo cada vez más claro: tanto si el corazón apunta a un sitio distinto que la cabeza, como si la cabeza nos dicta lo contrario de lo que quiere el corazón, es que somos, a un nivel profundo e irremediable, unos enfermos. No es nada malo, la gente sana no escribe.

Labels: ,

0 Comments:

Post a Comment

<< Home