Wednesday, August 04, 2004

Amores a primer oído, VII

La palabra ajena es una manera vicaria e indirecta de acercarse a la música; cuando descubres una canción leyendo sobre ella difícilmente puedes hablar de deslumbramiento, y sin embargo no se me ocurre otra palabra para contar cómo Marcos Ordóñez me llevó a Berlín. En ese batiburrillo genial y fallido que es El signo de los tiempos se le ocurrió meter un apéndice a modo de banda sonora, un índice de canciones. Hasta las banalidades de Talking Heads o Tito Puente sonaban en su verbo hipnótico y radiante como himnos ineludibles, de modo que no es de extrañar que las canciones de Lou Reed adquiriesen un espesor oracular. No tardé mucho en comprar Transformer, y menos en decidir que yo había estado allí, junto al muro, sentado en una terraza de toldos naranja; ¿cómo si no conocía tan bien el aire fresco y delgado de esa noche de mayo?

(Antes de empezar hay una cacofonía de sonido directo, una de esas cosas de moda, me figuro, que envejecen fatal: ignórenla, ya el piano se abre paso, tanteando, sonámbulo).

In Berlin
by the wall.
You were five feet
Ten inches tall.

It was very nice:
candlelight and Dubonnet on ice.

Apenas hay melodía. Lou Reed tararea a media voz, como buscando la palabra que tienda un puente imposible, y de repente, sin que sepamos decir exactamente cómo, ese licor que nunca hemos probado y que imaginamos transparente, helado y seco (más bien dulzón que amargo; ni siquiera nos gustaría) nos catapulta a un instante perfecto como sólo las grandes canciones pueden hacerlo.

We were in
a small cafe.
You could hear
the musicians play.

It was very nice:
oh, honey, it was paradise.

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