Sunday, August 29, 2004

Cosas que hace la luz, en el norte...

La semana pasada, en Copenhage. Estábamos subidos a la torre panorámica que tienen todas las ciudades para que los turistas subamos a verlas desde arriba. Estaba atardeciendo, o eso parecía:



Cinco minutos después, ocurrió algo. El sol se espabiló, o salió de tras unas nubes, o volvió a subir: fue como si se encendieran las luces de repente, y a pesar de la poco congruente arquitectura se hizo inevitable pensar en los belenes de las monjas. Era otra ciudad:


Y poco después, esto:

Tuesday, August 24, 2004

Ser europeos

Andan (andamos) en Europa a vueltas con la cuestión de los valores, ideas, referencias que deben o no invocarse en el prefacio de nuestra Constitución. No tiene por qué ser este un debate de identidades (ya que sería lícito no invocar identidad ninguna, dejar el pasado en su sitio y ponerse bajo el auspicio de los dioses del Porvenir), pero lo interesante, o al menos lo que va a interesar aquí, es que queda planteada la pregunta sobre quiénes somos, y aunque sin duda es esa una discusión más compleja también es cierto que resulta más rica y que presenta menos cortapisas, ya que mientras una Constitución debe suscitar acuerdos casi unánimes y someterse a juicios de valor, la de la identidad es una indagación al margen de la moral y la ortodoxia política que de poco valdrá si empezamos a espigar lo que nos guste y a dar de lado lo que nos parezca feo o anticuado.

Así, mientras que en el debate constitucional resulta pueril y ventajista el empeño de las iglesias cristianas en que se mencione expresamente su religión –empeño que se apoya, en las versiones más civilizadas, en el argumento tan irrebatible como irrelevante a estos efectos de que "Europa no se entiende sin el cristianismo", como si no se pudiera predicar otro tanto de rasgos tan poco deseables como la rapacidad sin límites, el colonialismo, la exclusión racial o el sistema de clases-, en la búsqueda de una identidad que los más pesimistas ven diluirse en la babaza indiferenciada de lo multicultural, mestizo, globalizado o como vayan decidiendo llamarlo los predicadores de nuevo cuño, ningún rasgo importante podrá apartarse sólo porque presente aristas incómodas.

Tenemos, en efecto, antepasados poco presentables en la galería, pero llevarnos sus retratos al desván no sólo es inútil –quedan en la pared huellas delatoras de color más oscuro- sino tan pacato y pobre de espíritu como sólo puede serlo un parvenu avergonzado de sí mismo; y sería patético que acabáramos cayendo en eso, porque si algo tenemos es pasado, tanto pasado que nos cuesta seguir andando. Somos quienes somos, qué carajo, y aunque no se trata de enorgullecerse de Savonarola, Adolf Hitler o el coronel Kurtz, tampoco ganamos nada con olvidar que los llevamos dentro junto a Sócrates, a Teresa de Ávila, a Cristóbal Colón.

Tampoco seamos ingenuos: nadie encarga un retrato en que vaya a salir totalmente desfavorecido. Dejemos a los demás los colores más hoscos (no andarán remisos en usarlos) y busquemos los rasgos de identidad que nos permitan componer una figura digna; para este propósito es necesario, antes que nada, negarse a asumir como propias y específicas las taras que son comunes a todos los seres humanos. En palabras de Chesterton: Los hombres siempre han sido codiciosos y violentos; juzgar por ello a los que cruzaron el inmenso mar desconocido en cáscaras de nuez es como desdeñar la excelente cerveza que fabrica Lord Guinness porque en ocasiones provoca embriaguez.

Siguiendo este sensato ejemplo, no nos fijaremos, de (digamos) Einstein y Böhr, en las barbaridades que se acabaron haciendo con sus descubrimientos (puesto que con todo avance científico se han hecho barbaridades tarde o temprano), sino en el hecho de que nadie más que ellos fue capaz de escudriñar así dentro de la materia, y de que ello fue posible porque Gauss antes, y Pascal y Newton, y Galileo y Pitágoras. Y de que en ninguna otra parte del mundo se puede rastrear hacia atrás una cadena semejante de conocimiento construido por sucesivas crisis de lo que se tenía por cierto, un movimiento tan determinado hacia adelante durante tanto tiempo.

Y al mirar la evolución política no pretenderemos ignorar las atrocidades de las que pocos regímenes son inocentes, ni las corrupciones y bajezas de los gobiernos, pero trataremos de fijarnos precisamente en el impulso -la compulsión, diríamos- de reforma continua que anima desde el interior a las sociedades europeas, y que ha hecho que a lo largo de la historia ninguno de estos regímenes permanezca mientras en otras partes del mundo los sistemas medievales o tribales aparecen enquistados e inamovibles.

Y de la religión misma, sin que la foto esconda o desenfoque las matanzas, las persecuciones, la obscena opresión que en su nombre se ha ejercido históricamente y se trata en ocasiones de ejercer aún sobre las personas (y no como perversión de la doctina, que sería entonces trivial, sino en aplicación de ella), será lícito llamar la atención más bien sobre la paulatina retirada hacia la esfera de la intimidad, sobre la revisión constante (bien que disimulada y nunca asumida) de sus presupuestos, sobre la adaptación continua a los cambios sociales que distingue al cristianismo europeo del Islam violento y aferrado al pasado, del judaísmo literal, incluso de sus propias versiones fundamentalistas tan arraigadas en Norteamérica.

Y pasando como quien no quiere la cosa de los ejemplos a la generalización que ya intencionadamente van apuntando, diremos que lo propio del espíritu europeo nos parece precisamente ese continuo indagar, rebuscar, ir más allá sea con barcos, probetas o códigos legales. Que podemos ser, sí, y con orgullo (el tibio orgullo que se aviene con la mucha edad) guardianes de la tradición, pero que nuestra tradición es antes que nada la de cuestionarlo todo, a sí misma en primer lugar.

Todo esto, claro, ya se había dicho en Grecia, como todo lo importante. Hemos viajado en estas naves hasta Tebas de Egipto, más allá de Troya y la Cólquide, hacia poniente hasta las columnas de Hércules donde todo acaba. Hemos tratado con gentes de todas esas tierras, gentes de lenguas y rostros extraños. Jamás, en cambio, hemos visto una nave extranjera atracar en nuestros puertos bien abrigados.

Somos y queremos ser los que buscan, los que miran a lo lejos, los que no se conforman: ese es el regalo que nos gustaría dejar a nuestros nietos junto a las catedrales y las sinfonías. De modo que a fin de cuentas sí que el discurso identitario podría fundirse en un punto con el constitucional; propongo entregar al encargado del buril, en lugar de los párrafos hinchados que una comisión tras otra estará en estos momentos lijando hasta eliminar de ellos todo posible contenido, una pequeña frase inaugural, tan sólo siete palabras escritas hace dos mil quinientos años: Vivir no es necesario, navegar es necesario.

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El inglés paradójico

Cuanto más leo a Chesterton (y lo leo mucho) más me doy cuenta de la tensión interna que respira bajo todos sus argumentos. Chesterton desconfía por sistema de lo que le dice la razón frente a lo que le emociona (y así elige creer en la infalibilidad del Papa o admirar a los patriotas que toman las armas), pero algo en la manera apasionada y contundente que adoptan sus argumentos le indica a mi desconfiado olfato que no acaba de estar convencido, que en la duda opta por continuar la carrera haciendo, para nuestro infinito deleite, trastabillar a la Razón a base de paradojas cada vez que parece a punto de atraparlo.

A mí me ocurre exactamente lo contrario. Una desconfianza instintiva me mantiene siempre en guardia contra los movimientos del corazón y me lleva a buscarle las vueltas a todo lo que me pone los vellos de punta (y de este modo reniego de los mártires, del insidioso atractivo de las hermandades de héroes, de la hermosa patraña del honor). Y cualquier lector de mediana nariz podría, si le mereciera interés, discernir en mis indignaciones virtuosas y mis arrebatos argumentadores una carrera tan ciega hacia adelante como la del gordo inglés (sólo que verme arrojar teorías a mi espalda para que el corazón se entretenga royéndolas no es ni de lejos un espectáculo tan entretenido).

Lo que Chesterton no sabe o afecta ignorar es algo que voy viendo cada vez más claro: tanto si el corazón apunta a un sitio distinto que la cabeza, como si la cabeza nos dicta lo contrario de lo que quiere el corazón, es que somos, a un nivel profundo e irremediable, unos enfermos. No es nada malo, la gente sana no escribe.

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Tuesday, August 17, 2004

Juegos

El otro día, M. en televisión: en un microrreportaje de relleno veraniego, sobre las Tres Culturas, a ella le preguntan por el mudéjar. Seria, convincente, segura (y guapísima, pero eso no hace al caso), señala alfices y ajimeces en la fachada de una casa noble. Un minuto apenas, pero me da tiempo a distinguirle la sonrisa levemente escéptica, la limpia carcajada contenida.

La amistad es (también) selección natural. No es que nos juntemos sólo con los que son iguales que nosotros, pero sí que hay ciertas afinidades profundas que acaban determinando las elecciones. A mí me gusta (e imagino que será mutuo) la gente incapaz de tomarse del todo en serio. Nos pasamos la carrera riéndonos de lo solemne que se iba poniendo la gente, exagerando incluso la nota de zafiedad y desdén por no parecer "uno de esos"; todavía me cuesta creer que hayamos llegado a hacer cosas de mayores, que la gente nos haga caso: si no es más que un juego...

Sentado en reuniones a cara de perro me he encontrado a menudo estudiando, con más interés que el asunto en cuestión, los vicios verbales del concejal (no voy a acceptar, dice) o el acento raro (¿Madrid Sur, Carabanchel Alto?) del tipo que viene de la Gran Empresa Nacional; aunque eso no quita, claro, para que llegado el momento me ponga hecho una furia defendiendo mi postura, la postura que en el juego me haya caído en suerte. Y me pregunto (porque como confío en que no se me note es lícito pensar que a otros tampoco) si todo el mundo, en todas las mesas de reunión, se sentirá igual, si no bastaría con que uno cualquiera se pusiera a canturrear en voz baja para que otro le siguiera el compás con el bolígrafo en sordina sobre esos portafolios de cuero que ponen siempre y acabáramos todos bailando sobre la mesa I will survive.

Difícil saberlo: creo que hasta el día de jubilarme seguiré alimentando el temor a que se den cuenta de que me he colado en la fiesta de los mayores con un carnet falso. Y rastreando en los amigos el semioculto ademán sandunguero que me diga que están conmigo aún, que aunque los saquen en televisión o los hagan ministros se seguirán riendo por lo bajini de los que no saben jugar.

Friday, August 13, 2004

Esta bendita modorra veraniega... mmmm...

Thursday, August 05, 2004

Manías personales, II

La idea de que una combinación de colores pueda estar mal no existe en la naturaleza. Un paisaje será más o menos bello, pero siempre estará entonado (un psicólogo diría, y seguramente con razón, que es de la naturaleza de donde hemos sacado las nociones de armonía cromática). No importa que las contigüidades sean en ocasiones mucho más abruptas y atrevidas que las que los pintores son capaces de idear: de alguna manera se las arreglan para encajarse en armonía.

Sin embargo hay una excepción que encuentro particularmente irritante: las amapolas. Un campo verde punteado de ese rojo intenso me resulta tan chirriante al ojo como si estuviera cubierto de envoltorios de plástico. Aunque la explicación más sencilla y por tanto probable es que se trate de una manía personal sin mayor fundamento (arraigada, eso sí: me recuerdo de pequeño diciendo a mi madre que no pegaban: anda niño, cómo no van a pegar) el hecho es que del pozo de las explicaciones sencillas no queda mucha agua que sacar. Dando, pues, una vuelta más al torno aventuraremos una respuesta con pretensión de objetiva: es la superabundancia de esta flor lo que la hace antipática, porque en el fondo no se ajusta a su ser.

Perjudica en efecto a la amapola la inadecuación de la corte de adjetivos que suele acompañarla. Considerada humilde, sencilla, portadora de una belleza natural y sin artificios, sería según el tópico el equivalente de la campesina fresca y de buen color frente a, digamos, la orquídea turbadora y dulzona, la dama envuelta en un aura de brillos de diamantes, veladuras de gasas y sabios afeites.

Pero tratemos de examinarla con ojos no contaminados de literatura popular. Nada hay de sencillo en la finísima contextura de sus pétalos, en la calidad soberbia de un material que, como el oro, acumula con tal fiereza su color y brillo propios que incluso reducido al mínimo espesor soportable consigue retenerlos sin atenuación ni transparencia, y frente al cual la carnosidad tropical y comestible de la orquídea se nos aparece de una sensualidad elemental e incluso grosera; ni en el propio color, ese rojo suntuoso e imposible que desdeña por innecesario todo ornamento, bastándole la vibración de la luz que baila resbalando sobre su superficie saturada; ni desde luego en el sutil recogerse de su corola, más despreocupado que el alarde de geometría curva y estricta de la rosa pero desde luego varias vueltas más allá de la evidente, inmediata organización circular que hace de la margarita el prototipo de flor dibujable; ni, finalmente, en una fragilidad tísica más propia de palacios que de alquerías.

Admitámoslo: lejos de pertenecer al imaginario franciscano y pueril de las florecillas silvestres, la amapola es un objeto de lujo, un sofisticado artefacto de rara y orgullosa elegancia. Su tragedia le viene del número: escasa, sería venerada como regalo exquisito, se cantaría la fugaz perfección de su dibujo, la veríamos adornar escotes principescos. Pero del mismo modo que desdeñaríamos un barreño lleno hasta los bordes de Krug o las griferías y picaportes de oro de los yates obscenos, la imagen de estas flores delicadísimas y preciosas desparramadas por cientos sobre una pradera desprevenida nos genera un inevitable rechazo. Una pincelada roja sería sin duda hermosa, su insistente repetición aburre.

Quedemos pues en espera: cuando algún dios no aquejado de clemencias sentimentales arroje sobre los campos moteados una plaga que deje sólo unas cuantas sobrevivientes, empezaremos a buscarlas por lugares alejados e inhóspitos, a pagar por ellas cantidades impropias, a dedicarles madrigales huecos y artificiosos, prosas melancólicas donde lamentaremos que no haya más, que no prosperen en aceras y desmontes, que no invadan el mapa hasta teñirlo de rojo.

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Wednesday, August 04, 2004

Amores a primer oído, VII

La palabra ajena es una manera vicaria e indirecta de acercarse a la música; cuando descubres una canción leyendo sobre ella difícilmente puedes hablar de deslumbramiento, y sin embargo no se me ocurre otra palabra para contar cómo Marcos Ordóñez me llevó a Berlín. En ese batiburrillo genial y fallido que es El signo de los tiempos se le ocurrió meter un apéndice a modo de banda sonora, un índice de canciones. Hasta las banalidades de Talking Heads o Tito Puente sonaban en su verbo hipnótico y radiante como himnos ineludibles, de modo que no es de extrañar que las canciones de Lou Reed adquiriesen un espesor oracular. No tardé mucho en comprar Transformer, y menos en decidir que yo había estado allí, junto al muro, sentado en una terraza de toldos naranja; ¿cómo si no conocía tan bien el aire fresco y delgado de esa noche de mayo?

(Antes de empezar hay una cacofonía de sonido directo, una de esas cosas de moda, me figuro, que envejecen fatal: ignórenla, ya el piano se abre paso, tanteando, sonámbulo).

In Berlin
by the wall.
You were five feet
Ten inches tall.

It was very nice:
candlelight and Dubonnet on ice.

Apenas hay melodía. Lou Reed tararea a media voz, como buscando la palabra que tienda un puente imposible, y de repente, sin que sepamos decir exactamente cómo, ese licor que nunca hemos probado y que imaginamos transparente, helado y seco (más bien dulzón que amargo; ni siquiera nos gustaría) nos catapulta a un instante perfecto como sólo las grandes canciones pueden hacerlo.

We were in
a small cafe.
You could hear
the musicians play.

It was very nice:
oh, honey, it was paradise.

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Monday, August 02, 2004

Ven y dime cómo vives, de Agatha Christie Mallowan

(Publicado en El Lomo)

Cuando, tras un primer matrimonio bastante infeliz, la escritora se casó con el arqueólogo Mallowan, ya era una talludita dama victoriana; también era una mujer que sabía lo que vale un minuto de felicidad: cuando su marido decidió marcharse a excavar colinas en Babilonia no dudó ni un segundo en acompañarlo. "Ven y dime cómo vives" es el relato discontinuo de esos años de expediciones arqueológicas, y uno de los libros más llenos de amor por la vida que me ha sido dado leer.

El título reproduce la pregunta que le hacían, a cada retorno, las amigas que la invitaban a tomar el té en al esperanza de encontrarla agotada, ojerosa y con síntomas de disentería, y veían aparecer por el contrario a una mujer encantada de la vida, rozagante y tan cargada de historias divertidas (inolvidable el relato de las compras en Harrod’s, la contradicción insoluble entre tallas grandes y romanticismo; el desdén milenario –bah, rumi- con que los zapadores locales echaban a un lado las piezas de los romanos, esos recién llegados; o la obra de arte imprevisible en que convertía su criado favorito la mesa del desayuno cada mañana –hoy sólo cuchillos, mañana todos los platos apilados en el centro) como ansiosa por volver al país de sus alegrías a recopilar otras tantas.

Como escritora, la señora Christie alcanza aquí su nivel más alto; libre de las tramas cuadradas y del consabido juego de pistas falsas y piruetas deductivas, la pluma se hace más selectiva e impresionista, más ágil. No sabe uno qué disfrutar más, si la capacidad de calar a las personas de un primer vistazo –aquí aparece inevitablemente Miss Marple, a quien nadie pillaba de nuevas porque en St. Mary Mead siempre había alguien parecido-, la de describirlas con un rápido golpe de pluma, o la habilidad para seleccionar los detalles de manera que al final tres años de actividad caben en un librito manejable sin que echemos nada a faltar.

Pero el disfrute que extraemos del libro es más humano que literario: la autora es una mujer extraordinariamente alegre y animada, uno de esos seres que hacen la vida fácil sin abnegación ni sacrificio, simplemente encontrando razones de disfrute siempre que razonablemente se puede y apechugando sin aspavientos con las malas faenas que nunca se nos ahorran. Además, ama profundamente esa vida y esas tierras, y consigue transmitirlo en cada frase. Cuando cerramos el libro nos domina la nostalgia hipotética de no haber tenido una tía como ella. Dejémosle la palabra:

Escribir estas sencillas notas no ha sido una tarea, sino un parto de amor. No es una evasión hacia lo que fue, sino la contribución, en medio de las durezas y pesares actuales, de algo imperecedero que no sólo tuvimos, sino que todavía tenemos.

Amo ese generoso y fértil país y a sus gentes sencillas, que saben reir y gozar de la vida, que son ociosas y alegres, que tienen dignidad, educación y un gran sentido del humor, y para quienes la muerte no es terrible.

Inshallah, volveré, y las cosas que amo no habrán perecido en esta tierra…

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