Monday, July 12, 2004

El Librero Establecido

He empezado a colaborar en El Lomo, iniciativa del inagotable Hernán Casciari para configurar un corpus de críticas de libros, discos, películas y publicaciones varias, escritas por los colaboradores (lo cual es un arma de doble filo, claro, pero por estas cosas hay que apostar).

Iré pegando aquí las solapas nuevas que escriba (la primera, sobre Kadaré, era material reciclado). Hoy me he dedicado a Yánover, para ver (también) qué me dicen de él los argentinos.


El regreso del Librero Establecido, de Héctor Yánover

No suelo comprar libros sin saber nada de ellos, pero éste me entró por el ojo y me lo llevé sin pensarlo mucho. Seguramente Yánover sea un personaje conocido en la Argentina, pero yo al menos no había oído hablar de él (hace poco me llegó el rumor de que se había muerto). Me alegro mucho de haberme dejado guiar de la intuición, porque encontré una voz con la que puedo entenderme muy bien.

El libro tiene la gracia y los defectos de las cosas fabricadas a base de pegar fragmentos sin ton ni son. Junto a anécdotas de lo burra que llega a ser la gente que compra libros aparecen juicios literarios que consiguen ser breves y certeros sin caer en la tentación del cinismo sumario (tiene el buen gusto de no hablar de lo que le aburre o disgusta). Hay proclamas políticas (algunas obvias, sí, pero otras de una claridad poco común), reflexiones (estas sí, despiadadas) sobre la Argentina y los argentinos, citas importantes, de lector largo y sabio, alguna historia demasiado larga que no debería estar…

Hay también algo que el pudor contemporáneo hace muy difícil de encontrar en un libro de apuntes: metafísica (o religión, esa variante). Hay vueltas y más vueltas (inteligentísimas, reticentes, entregadas, familiares) en la órbita de Borges, que tan difícil debe ser de eludir allá. (¿Es Borges una inteligencia infinita o un piola de Buenos Aires? También).

Y hay sobre todo un amor por los libros irreprimible, asentado, compulsivo, hogareño; una intensa dedicación de largo recorrido a esa actividad rara, imprescindible y adictiva que es la lectura.

Dejo aquí como muestra un texto que me conmovió especialmente; si alguna vez tuviera que hablar del horror (que espero por dios que no) me gustaría poder hacerlo así:

Estaba (yo) tomando un café en la barra del bar cuando alguien comenzó a enumerar desgracias: que perdió Boca, que aumentó la luz, que se apagó la luz, y yo, como un tonto y sin tampoco poderme callar, agregué … "y el miedo".

-¿El qué…?- me pregunta el aludido.
-El miedo- agrego en voz baja ya casi arrepentido.
-¿El miedo a qué…?
-No sé- digo. –No sé.
-Bah…- hace un gesto y sigue hablando con el barman. –Y para colmo -lo escucho decir, -la calle San José estaba llena de tránsito y delante de mí iba una grúa policial a diez por hora.
-Y usted le tocaba bocina todo el tiempo –agrego, aún no escarmentado.
-No- me contesta, -¿cómo le iba a tocar bocina?...
-Bueno, -seguí –eso es el miedo.

Y me fui rápido, lo más rápido que pude.

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